Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 2 diciembre 2012.

2013: A propósito del Año del Ciudadano Europeo
Por Ignacio Ballester Arrieta

La Comisión Europea acordó, hace escasos meses, el establecimiento del Año del Ciudadano Europeo para el año 2013. Un concepto no aislado de polémicas, pues, ¿qué significa ser ciudadano europeo a día de hoy? ¿Somos conscientes de lo que ello conlleva? Cuando se nos pregunta por nuestra procedencia, de dónde somos, ¿podemos decir que somos valencianos, o vascos, o extremeños? También con asiduidad decimos que somos españoles, pero ¿hemos afirmado alguna vez que somos europeos?

El lema de la Unión Europea señala “Unida en la diversidad”, haciendo referencia a que los europeos se han unido, dejando de lado sus diferencias, en pro de la paz y la prosperidad, beneficiándose al mismo tiempo de la gran diversidad de culturas, tradiciones y lenguas que posee la comunidad. Robert Schuman, Ministro de Asuntos Exteriores francés, allá por 1950, pronunció el discurso que a la postre se asentaría como el tratado fundacional de lo que hoy en día es la Unión. En él, sentencia máximas como que “Europa no se hará de una vez ni en una obra en su conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho , […] la paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan…”. Leyendo este discurso me viene a la mente algo que hace no mucho tiempo dijo un alto mandatario de la UE: “Y aun así no hay que olvidar que los europeos hemos pasado de sufrir una guerra cada 20 años, con decenas de millones de víctimas, a discutir sus problemas —inmensos, profundos, a veces de definición y muchas otras de desarrollo— encima de una mesa. Ahora se negocia, no se declara la guerra. Solo eso ya lo justificaría todo”.

Los europeos no somos conscientes –quizá por lejanía, quizá por falta de información, o quizá por falta de interés– de lo que ha supuesto entrar a formar parte del club europeo. Por ejemplo, uno de los aspectos que más nos afectan como miembros de la Unión, es todo ese conjunto de derechos de primera y segunda generación reconocidos en los diferentes Tratados y la Carta de Derechos Fundamentales, incorporados y reconocidos en favor del individuo como si de una auténtica Constitución –como la nuestra– se tratase. Y esto no es todo: el sufragio activo y pasivo reconocido a todos los ciudadanos europeos, el derecho a la educación en la Unión Europea, que se externaliza a la hora de obtener el reconocimiento de cualificaciones profesionales cursadas en otro país, el gran afán por el intercambio universitario a través de las becas Erasmus –con el intercambio cultural que ello supone–, la adquisición o conservación de derechos de seguridad social, la protección consular por parte de un país miembro de la Unión Europea si el país del que eres nacional no tiene oficina consular en dicho tercero país… sin duda, es largo el camino recorrido hasta llegar aquí. Pese a todo, y en particular en estos momentos que está viviendo el continente –y nuestro país de manera especial–, abundan en la opinión pública los ataques indiscriminados hacia las políticas de la Unión, y, sobretodo, de sus principales mandatarios. Justamente ahora es el momento de demandar más Europa.

Hagamos de Europa el continente preferido y preferible, hagamos de ella una Unión verdadera, juntos. O, como dice Javier Solana, respecto al reciente nombramiento de la Unión Europea como Premio Nobel de la Paz, “necesitamos vuestra voz y vuestra acción –la de los europeos-. No nos defraudéis. Mediante el Premio, nos lanzan un reto. ¿Seremos capaces de estar a la altura?”. Estas palabras nos interpelan a todos.

Siguiendo en la línea de los Premios Nobel –en este caso de literatura–, sentencia Mario Vargas Llosa que “La creación de Europa es una utopía democrática y bastante realista y realizable”. Y es que lo que comenzó siendo un primer acuerdo sobre el carbón y el acero entre unos pocos países hace más de medio siglo, hoy apunta maneras, pudiendo convertirse en la primera potencia mundial –con permiso de la emergente China– económica. Pero, a mi juicio, la quimera europea supone mucho más que el aspecto económico. La Europa que hoy conocemos va más allá de los aspectos monetarios y fiscales. Europa se compone hoy en día como una gran amalgama de culturas que la van a configurar como un continente de gran riqueza. Tengamos en cuenta lo que nos une, no lo que nos separa. A veces los viejos argumentos siguen siendo los mejores: una Europa sin memoria no seguirá siendo Europa por mucho tiempo.