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Arqueología ficción

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Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 3 noviembre 2013.

Arqueología ficción
Por Carmelo Paradinas. Abogado.

Amigos o enemigos de la televisión, todos hemos de reconocer que las retransmisiones que efectúa de eventos sociales, artísticos y deportivos, son de excepcional calidad. Como aquellos pecadores de la antigüedad que redimían sus desmanes con manifestaciones de desagravio, la televisión es capaz de redimirse de sus atroces programaciones mediante dos ofertas: las referidas retransmisiones y sus magníficos documentales.

La información que nos da sobre arqueología, en particular, no tiene precio. Detallada, rigurosa, nos permite ver, con un detalle reservado a selectos profesionales, lugares, ambientes, objetos e incluso personas –lo que de ellas queda-, que vivieron hace miles de años. Todo ello con los comentarios de los mejores especialistas, que tienen la amabilidad de sentarse en nuestra sala de estar, y dárnoslos a conocer, mirándonos a los ojos y con una perfecta traducción simultánea. No se puede pedir más.

La primera conclusión que yo alcanzo a partir de estas informaciones parece, dicha de repente, una enorme perogrullada: aquellas gentes de épocas pretéritas eran como nosotros. Situados en épocas y ambientes muy distintos, pero, básicamente, idénticos. Unos, buenos, generosos, trabajadores y otros… no tanto. Dedicados a los suyos en sus afanes cotidianos, como en nuestros días y en ocasiones impulsados, también como en nuestros días, por pasiones y ambiciones poco o nada encomiables. Y eso en épocas y culturas tan diferentes como los árabes que vivieron en Granda hace seiscientos años, los judíos de Massada o Qumrán hace dos mil, aquel solitario cazador de Özi de hace tres mil o los faraones egipcios de hace más de cuarenta siglos.

Esa igualdad se manifiesta, ante todo, en la aceptación de unos mismos valores de base: adoraban a su Dios, vivían en una familia, respetaban un orden social y unas tradiciones en cuyo seno estaban integrados.

Se produce un curioso fenómeno. A medida que nos alejamos en el tiempo, esos fuertes valores comunes son cada vez más fuertes y nos sentimos más identificados con ellos. Las diferencias empiezan a aparecer, cada vez de forma más importante, a medida que avanzamos en el tiempo. El fenómeno puede parecer lógico. La distancia difumina los detalles; la proximidad, los resalta y, con ello, también las diferencias. Pero yo prefiero otra explicación. Las raíces y el viejo tronco de la Humanidad son comunes, sólidos auténticos e inmutables. Sólo las ramas más recientes y la hojarasca aportan diversidad y dispersión.

Al socaire de todas estas impresiones, mi imaginación, en ocasiones y a pesar mío un tanto calenturienta, ha creado un escenario de “arqueología ficción”.

Dentro de cinco mil años, hacia el siglo LXX, superados tremendos acontecimientos de diverso orden, la Humanidad encontrará vestigios de nuestra actual civilización en yacimientos arqueológicos descubiertos en lo que “antaño” fue Centroeuropa, Estados Unidos o Australia. Los arqueólogos verán, perplejos, hasta qué punto sus antepasados de los siglos XX y XXI dependieron de aquella repugnante sustancia, ya desaparecida, llamada petróleo. Se compadecerán de cómo la gente se moría de una enfermedad llamada cáncer, porque su ignorante dieta alimenticia se basaba en sustancias que lo provocaban, cosa que ellos desconocían. Y se maravillarán de que sus antepasados de aquellas épocas llevaran su dinero a unos lugares, llamados “bancos”, cuyo exacto funcionamiento aun no eran capaces de entender.

Los sabios arqueólogos de aquel momento descubrirán que sus antecesores de los siglos XX y XXI, al igual que ellos mismos, adoraban al Dios verdadero, vivían en familia y se integraban en unas sociedades políticas estables. Y se sorprenderán al observar, como yo acabo de hacerlo, que a medida que retrocedían en el tiempo, los puntos en común eran más fuertes y las diferencias empezaban a surgir en la cercanía.

La íntima comunicación de nuestros días entre las diversas civilizaciones no existía en las épocas pretéritas que encuentran nuestros actuales arqueólogos. La distancia entre la civilización de los faraones de Egipto y sus contemporáneas chinas de las dinastías Xia o Chang era tan grande como la que hoy nos puede separar de una hipotética civilización de la estrella Ganímedes. Nuestros ficticios arqueólogos del siglo LXX tendrán una información global, unitaria, muy diferente de las parciales, “domésticas” que recogen sus colegas de nuestros días. Eso les dará información precisa de cómo y por qué se produjeron determinados acontecimientos de importancia universal o qué errores se cometieron para llegar a catastróficos sucesos.

Pero, en definitiva, acabarán llegando a la misma conclusión que nosotros. Que las raíces y el viejo tronco de la Humanidad siguen estando ahí, sólidos, inmutables y que solamente las ramas y hojas van aportando diferencias. Algunas se consolidarán, integrándose con el viejo tronco, pero otras, la mayoría, caerán sin dejar constancia de su paso.

Y entenderán, como debemos entender nosotros, que esa solidez creciente de raíces y tronco es obra, más que de grandes acontecimientos mundiales, de los insignificantes granitos de arena que todos y cada uno de nosotros aportamos a esa inmensa estructura que es la Humanidad.