La cólera del mal

Juan Alfredo Obarrio Moreno. Profesor Titular de Derecho Romano. Universitat de València.
Los sucesos vividos se miden en el tiempo. Un ejemplo lo hallamos en el relato Deutsches Requiem, en el que Borges, a través de la mirada de Otto Dietrich zur Linde, vierte sobre nuestras frágiles conciencias la tragedia de una vida, la de un hombre, la de un mundo que vivió como murió: en el límite del mal.

Bajo la delicada y sutil superficie de su relato, Borges, al abrir la puerta del recuerdo, nos deja una historia desasosegante, la de una sociedad -la alemana de los años treinta- en la que el único pecado de Zarathustra era la piedad por el hombre, y el único orden posible, el que representaba una nueva raza de dioses ungidos para extender un odio sin pretexto, una culpa que va más allá de toda culpa, de toda Verdad revelada, la que afirmaba que “el mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús”, la misma que nos enseña que cada hombre es único ante Dios y el tiempo.

El aliento de su prosa narrativa hace que la voz de Borges se alce como la conciencia milenaria de un pueblo en el que, en la noche más negra de su historia, creación y destrucción fueron batallas de una misma causa: la de una visión dionisiaca de la vida que invita al individuo a escapar de su conciencia para apoderarse de los pensamientos y de los territorios, de lo eterno y de lo profano, y así poder afirmar la vigencia de la perfecta obediencia, “esa fuerza que –como se afirma en el Mein Kampf- reina en todas partes como única soberana de la debilidad, que te obliga a servirla dócilmente o te destruye”, y con ella, la pérdida de la adecuada síntesis entre el Logos y la ciencia, entre el ser y la nada.

La invocación que Nietzsche dirige, en boca de Zarathustra, a sus discípulos “Muertos están todos los dioses: ahora queremos que viva el superhombre” fue asumida por el nacionalsocialismo en la embriaguez de su triunfo y por el silencio cómplice de un pueblo que no quiso, o no supo, sacrificar la sacralidad de su patria, de su Führer y de su raza a la verdad y a la libertad. Este concepto trágico de la Historia, esa reivindicación del héroe épico clásico que le lleva a sostener que “no hay culpa en mí” porque sólo busqué la plenitud y los placeres de la vida, es el mundo que asume como propio zur Linde, quizá porque, como se afirma en el Aleph, había creído que podía usurpar ese objeto secreto y conjetural que ningún hombre había mirado: el inconcebible universo.

Acabado el relato, el lector siente que ha sido impulsado por unos caminos largamente transitados, aquellos que enseñan que a través de los siglos se pueden cambiar los nombres, las voces y las caras, pero no así los que siembran las entrañas del hombre de penumbra y ocaso, y que llevan a defender –como ya profetizara Spencer- la total intromisión del Estado en los actos del individuo, los mismos que indujeron a un reo de muerte a concluir: “se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima”.

Este es el legado que la Intolerancia ha dejado para las horas y los siglos: “Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir”. El nuestro es pedir la Paz y la Palabra.