Bolonia no es el problema
Juan Alfredo Obarrio Moreno (Profesor Titular de de Derecho romano, Universitat de València).

La crítica a los planes de estudios no es algo nuevo. En efecto, ya en las Instituciones de Justiniano (533 d. C.), en la constitución Omnem, son significativos los reparos a propósito de la metodología docente, a la que califica de imperfecta y discontinua por estar enfocada a un aprendizaje fragmentario, memorístico y poco orgánico. Este anhelo por una educación acorde con una concepción racional y científica del saber fue objeto de un gran debate entre los intelectuales españoles del siglo XX. En concreto, siguen siendo muy lúcidas y actuales algunas de las observaciones de Ortega y Gasset publicadas en Misión de la Universidad, donde, a partir de su compromiso intelectual de transformación de la sociedad española y de tomar a España como problema, llega a la conclusión de que la enseñanza debía conformar el soporte del pensamiento creador, para hacer del hombre, un hombre culto que le sitúe a la altura de los tiempos, por lo que, a su juicio, la esencia de la enseñanza no está en dar a conocer una ciencia, sino hacer que el joven estudiante sienta la necesidad de estudiarla.

A mi juicio esta concepción ética de Ortega y Gasset ha estado presente, con mayor o menor fortuna, en casi todos los Planes de Estudio, así como en las diversas Reformas Universitarias, y sin embargo vemos, no sin cierta perplejidad, cómo éstos se suceden unos a otros sin que el nivel cultural de nuestros jóvenes estudiantes se eleve.

No creo que el Plan de Bolonia venga a ser una excepción. Seguramente, aunque hoy no es el objeto de este breve artículo, planteará líneas estructurales que propiciarán una mayor diversidad de conocimientos, así como el recorte de algunos principios básicos como bien pudiera ser una cierta limitación de la libertad de cátedra en torno a las evaluaciones. Pero no creo que éstos u otros aspectos del mismo sean el problema de la triste realidad universitaria. En mi opinión, la decadencia cultural en que ésta se halla bien pudiera deberse a un cierto relativismo moral y pedagógico que nos ha conducido a desvirtuar valores tan elementales como el esfuerzo, el sacrificio, el anhelo por aprender, el amor por la cultura y el respeto por el profesorado. De nada sirve promover un mayor número de becas, una mayor red informática o facilitar la movilidad estudiantil si antes no se ha formado al alumno en el respeto y en el esfuerzo, en ese propósito de hacerle un hombre culto e íntegro.

Desgraciadamente los planes pedagógicos parece que no entiendan de lógicas, y si, como afirmaba Ortega, la educación es la ciencia de transformar las sociedades, creo que, de seguir así, nos quedamos sin ciencia y sin sociedad.

Artículo publicado en el diario «Las Provincias», Columna Universitas, el 15 de marzo de 2009