No será suficiente…
Javier Guardiola García (Profesor de Derecho Penal de la Universitat de València)

La muerte de Marta del Castillo ha reabierto un debate recurrente y quizá justificado pero, me temo, plagado de equívocos.
Puedo comprender que los padres de Marta reclamen un endurecimiento de las penas, la cadena perpetua, la mayor contundencia posible en respuesta al sinsentido que les ha dejado sin su hija. Lo comprendo, y en cierto sentido (sólo en cierto sentido) lo comparto: quien pierde un hijo, un padre, un amigo, nunca podrá ver ‘suficiente’ el castigo que se imponga a quien ha segado una vida preciosa que ya no volverá. Por más años de cárcel que haya de cumplir, no nos devolverá a quien se ha ido; y en definitiva eso es lo que deseamos… que se dé marcha atrás. Pero esto no puede conseguirlo ni una pena de cárcel ni ningún poder humano; ningún castigo nos parecerá suficiente si pretendemos acallar con él nuestro dolor.
Comprendo, pues, este sentimiento; pero no comparto el discurso que lo acompaña. Sobre todo, porque casi siempre confunde –quizá con la mejor intención, pero con graves consecuencias– dos cosas distintas. Cuando se afirma que ‘la cadena perpetua habría evitado muchas muertes’, se mezclan dos cuestiones muy diferentes: qué pena merece un hecho, y qué efecto preventivo tiene una pena.
Una cosa es que una pena nos parezca más o menos adecuada a la gravedad del delito por el que se impone (y esto depende de nuestro sentido de la Justicia, y resulta opinable), y otra muy distinta que sea o no eficaz –o que incrementarla resulte más eficaz– para evitar que se cometan estos hechos (y esto no es mera cuestión de opinión: puede contrastarse y existen estudios fundamentados sobre este tema). Lo que a menudo sucede es que estos estudios apuntan la conveniencia de castigos mucho más leves de los que nos parecen proporcionados al hecho cometido; y no quiero decir que sea ilegítimo de todo punto castigar más allá de lo estrictamente necesario para prevenir… pero lo que no podemos es justificar ese castigo diciendo que así evitaremos delitos. Incrementar castigos puede parecernos más justo, pero resulta a veces ineficaz, y quizá incluso contraproducente.
Nuestro país ha conocido, en los últimos tiempos, varias reformas del Derecho penal de menores y de adultos, siempre incrementando la dureza de las penas, a menudo de la mano de casos con gran eco en los medios de comunicación (y no pocas veces de forma precipitada y técnicamente poco depurada, se ha hablado incluso de legislación ‘a golpe de telediario’). Este endurecimiento de penas no ha evitado el caso de Marta, ni otros muchos; y es cuestionable que seguir endureciéndolas lo consiga.
Comprendo y comparto el sentimiento de impotencia ante una muerte injusta, pero creo que debemos tener la serenidad de no confundir argumentos. Y creo, también, que la grandeza está en la capacidad de admitir, en el sentimiento de Justicia, más consideraciones que el deseo de vengar la injusticia. Quizá precisamente porque es, de hecho, imposible: por más que castiguemos, no será suficiente…