Sep 07 2011

Centinelas del futuro

Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 4 septiembre 2011.

Centinelas del futuro
Por Juan Alfredo Obarrio. Profesor Titular de Derecho. Universitat de València.

En la portada de algún periódico de tirada nacional, de cuyo nombre no quiero acordarme, se preguntaba ¿A qué viene el Papa? Por pura coherencia e higiene intelectual hay lectura que no recomendaría ni al más aventajado de mis alumnos, quizá porque con la experiencia que dan los años he llegado a comprobar que el sueño de la sinrazón produce unos monstruos de papel que pueden conducir a nuestros jóvenes estudiantes a una ardiente oscuridad, a una pasividad y a un conformismo que casan muy bien con los ideales del Nuevo Régimen, con esa progresía cada vez más acomodada –en el poder y en el dinero–, pero que, a mi juicio, nada tiene que ver con el espíritu crítico, con ese ansia de conocimiento, de búsqueda de valores y de caminos sobre los que debería transitar nuestra juventud, como así nos lo hizo ver mi admirado Herman Hesse, cuando, en esa novela única e irrepetible llamada ‘Demian’, el personaje de Pistorius afirma: “Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque creen que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Sinclair, el camino de la mayoría es fácil, el nuestro es difícil. Caminemos”.

Ante la pregunta formulada, cabe, únicamente, una respuesta elaborada a tenor de la reflexión de lo oído y de lo sentido, porque, como en la fe, la palabra es lo que une, la que busca y encuentra compañeros de viaje con los que dialogar. A mi juicio, la respuesta está implícita en el temor de quienes formulan la pregunta, de quienes no pueden comprender que, a su juicio, una cuestión aparente superflua e inútil como es la existencia de Dios se convierta en uno de los temas más candentes de la sociedad, hasta llegar a despertar la pasión de millones de jóvenes –lo que ha provocado su decepción y su desencanto–, máxime cuando llevan siglos proclamando su muerte y la de su Iglesia. Es el eterno conflicto entre quienes sostienen que el hombre gira en torno a sí mismo, y quienes confesamos a Dios, la inteligencia creadora, como persona, y, por tanto, como conocimiento, palabra y amor.

A esta defensa de la vivencia de la Palabra y del Amor es a lo que ha venido el Santo Padre. Y lo ha hecho –como lo hiciera Sócrates en su día– en el escenario donde el hombre puede expresar mejor sus razones y sus argumentos, sus aptitudes intelectuales y morales: en el escenario providencial de la Ciudad, allí donde tienen cabida las preguntas y las respuestas que remiten al mundo interior del hombre, porque, como sostuvo el propio Benedicto XVI: “Hay palabras que solamente sirven para entretener, y pasan como el viento; otras instruyen la mente en algunos aspectos; las de Jesús, en cambio, han de llegar al corazón, arraigar en él y fraguar toda la vida. Sin esto, se quedan vacías y se vuelven efímeras. No nos acercan a Él. Y, de este modo, Cristo sigue siendo lejano, como una voz entre otras muchas que nos rodean y a las que estamos tan acostumbrados”.

Por esta razón, a nuestros jóvenes no les tiene que soliviantar las amenazas y las voces amedrentadoras de quienes defienden un agnosticismo dogmático y un laxismo moral – “que nada ni nadie os quite la paz” –, ni les debe perturbar que las cuestiones y los argumentos esgrimidos por el Papa queden desvirtuados y ridiculizados en algunos medios de comunicación –blasfemat quod ignorat–. Este no es un hecho novedoso. En concreto, el escritor y filósofo C. S. Lewis, en su obra “Cartas del diablo a su sobrino”, nos enseña cómo un demonio superior llamado Escrutopo, ante las dudas que le asisten a un principiante sobre el arte de seducir al hombre, y de que éstos pudieran leer los libros de los sabios antiguos, y así descubrir las huellas de la verdad, le tranquiliza con la siguiente aseveración: “la única cuestión que con seguridad nunca se plantearán es la relativa a la verdad de lo leído”. Lo que les debe llevar a pensar a esta generación, a estos centinelas del futuro, es que sus vidas no pueden nutrirse de los eslóganes vacíos y fatuos de la nueva mercadotecnia, sino con aquellos escritos que han enriquecido nuestras conciencias, y que nos enseñaron que nunca puede ser anacrónica la confianza en buscar la verdad, porque es justamente en la Verdad donde resuena la voz de la realidad salvadora y transformadora: “¡Ánimo, yo he vencido al mundo!” (Jn. 16, 33). Esta es la certeza que nos sostiene a los cristianos, esta es la mejor brújula para el camino, la que nos permite vivir el presente con optimismo y fe, la que nos invita a no avergonzarnos del Señor.

Quedan aún días de reflexión, y años para ir comprendiendo y viviendo la invitación que ha hecho el Papa para que las palabras recogidas en los Evangelios sean en nosotros “espíritu y vida”, raíces que alimentan nuestro ser, pero el tiempo vivido en estas jornadas quedará almacenado en nuestras volubles y quebradizas almas como un tiempo en el que comprendimos, en toda su plenitud, que la cruz no fue el desenlace de un fracaso, sino la entrega más intensa y amorosa de una vida: la de Dios hecho hombre.

No responses yet

Aug 23 2011

La JMJ: un espacio público para la verdad

Publicado en el diario Las Provincias. Sábado, 13 agosto 2011.

La JMJ: un espacio público para la verdad
Por Juan Alfredo Obarrio Moreno. Profesor Titular. Universitat de València.

“No le tengáis ningún miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto al Señor” [1 P 3,14.15]

Dostoiewsky, en su novela El idiota, nos presenta a un joven llamado Hipólito, quien, ante su prematura muerte, pregunta al personaje principal: “Dicen que la humanidad se salvará por medio de la belleza, pero “¿qué belleza es la que salvará a la humanidad?”. Éste, turbado ante el interrogante de la vida, sólo puede callar, porque en su vida, como en nuestras vidas, los espacios para la contemplación, la soledad o el silencio se fueron reduciendo, hasta dejarlo encerrado en una apariencia de libertad: aquella que nos invita a secundar los tortuosos caminos de la decepción y del desencanto. Nada lo constriñe, porque todo ha sido liberado para su satisfacción.

Frente a los personajes del relato del Dostoiewsky, frente a la pérdida de la memoria y de la herencia cristiana de buena parte de nuestra sociedad, frente a quienes quieren reducir la fe al cuarto oscuro de la soledad, aún quedan almas que reivindican el poder escuchar aquella Palabra que sostiene y convence en la plaza pública, en los lugares de deliberación y de encuentro, para seguir siendo la expresión viva de una fe viviente, de una fe que ilumina y enseña que Dios siempre es una novedad para el hombre, un hontanar inagotable de vida: la introducción de lo eterno en el mismo corazón del quehacer histórico.

Y es precisamente en este momento de giro histórico, en este proceso de crisis, de decepción o de desencanto, cuando desgraciadamente vemos cómo pululan unos nuevos censores, escasamente ilustrados, pero convenientemente subvencionados, que nos vienen a recordar las viejas soflamas de antaño: que la religión es algo privado, y, por tanto, subjetiva, y que la verdad es poliédrica, salvo -¡claro está!- que ésta sea laicista, porque, como sostiene mi entrañable Gregorio Peces Barba, “el laicismo es una ideología que, como todas las ideologías, aspira a ser dominante, si es posible, haciendo desaparecer a todas las demás”, y para cuya réplica me viene a la memoria la afirmación de Paul Claudel cuando escribía: “Cada vez que el hombre intenta imaginar un paraíso en la tierra, inmediatamente genera un infierno muy conveniente”.

Ante esta Torre de Babel sobre la que se sustenta la falsa humildad de la razón, presente ya en Kant cuando
sostuvo: “he tenido que destruir la razón para abrir camino a la fe”, hay razones para la esperanza, y entre éstas se halla la invitación que viene haciendo el Santo Padre a dar un sentido más amplio y profundo al sapere aude, al atrévete a pensar Kantiano. Desde su inteligencia y su elegancia conceptual, el viejo catedrático nos enseña que “La razón necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale también para la razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano. La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad” -Caritas in veritate, 56-.
Cuando el Santo Padre defiende ese diálogo sereno entre la fe y la razón, y sostiene que la fe supone la razón -y la perfecciona-, y que la razón, iluminada por la fe, nos sirve de sustento sólido para elevarnos al conocimiento de Dios, está defendiendo la conveniencia de una laicidad abierta al mundo de la religión, la vigencia de una sociedad en la que no puede tener cabida la idolatría de la política y del Estado, porque, de lo contrario, si el Estado-Poder se convierte en el único y supremo criterio de la moral, se llega a esa dictadura del relativismo, a ese laicismo al que Norberto Bobbio caracteriza por su tono beligerante, por un “lenguaje insolente, de rancio anticlericalismo, irreverente, nada laico, emotivo y visceral, que no se expresa con argumentos y, por lo tanto, parece querer rechazar cualquier forma de diálogo…”, y del que el propio Benedicto XVI se ha hecho eco en reiteradas ocasiones, al afirmar que un Estado no debe cerrarse a la dimensión religiosa, porque su postergación al ámbito de lo privado sería una reducción que atentaría contra el principio de igualdad con que deben ser tratadas todas las opiniones.

Corren tiempos difíciles, tanto de vacío económico, como de vacío espiritual. Por esta razón entiendo que la JMJ es un buen momento para que los jóvenes, y menos jóvenes, que no quieran instalarse en la placidez de la incertidumbre, puedan comenzar a tener una concepción crítica -no agresiva-, contra esta postmodernidad que renuncia a la verdad, para privilegiar lo efímero y lo fragmentario, para que se adentren en el corazón de las vigorosas y estimulantes reflexiones de un hombre que desea, con sus palabras y sus actos, invitarnos a contemplar el lenguaje de la Vida y de la Historia, que no es otro que el del Bien Encarnado, aquél que nos enseñó que la caridad no está tanto en dar como en comprender. De lo contrario, si se acomodan a las meras formas, a los usos sociales, puede que algún día, alguno de nosotros tengamos la triste experiencia de ver cómo nuestros hijos repiten la esperpéntica afirmación realizada por David Beckam al diario ‘The Guardian’, cuando, al nacer su hijo Brookkyn, sostuvo: “creo que debe ser bautizado, pero no he decidido todavía en qué religión”.

Grupo GESI

No responses yet

Aug 23 2011

El llanto infantil

Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 7 agosto 2011.

El llanto infantil
Por Carmelo Paradinas. Abogado.

Sobre el silencio tranquilo de la tarde de verano puedo oír, lejano pero claro, el llanto de un niño. Se trata de uno de esos berrinches monumentales que hacen temer que, de un momento a otro, algo se rompa en el interior del chiquillo y caiga fulminado o se quede sin voz para toda la vida.

Para alcanzar el estado adulto, los seres humanos recibimos miles de enseñanzas que van desde cosas tan elementales como sostener una cuchara o abrochar un botón, hasta otras más complejas, como las normas de buena educación y convivencia, por ejemplo. En contrapartida, vamos relegando al olvido una serie de conocimientos instintivos que traemos impresos al nacer, algo así como el software de inicialización de un ordenador nuevo; lo necesario para echarnos a andar por el mundo.

Una de esa especie de herramientas instintivas es el llanto: el llanto infantil, diremos para diferenciarlo de otros llantos que, desgraciadamente, nos acompañarán toda la vida. Coloquialmente, el “berrinche” de los niños. Tan importante, que es la primera habilidad que el ser humano ejercita al nacer. Le obligan a abandonar un recinto en el que se encuentra cómodo y seguro para sujetarlo por los pies y darle unos sonoros cachetes en el culo. Mal empezamos. Y llora desesperada e infructuosamente. Pero poco después siente hambre, vuelve a llorar y esta vez sí le atienden y le dan de comer. A partir de ese momento, la herramienta “llanto infantil” se hace cada vez más eficaz: sirve para que a uno le acunen, le paseen o le cambien los pañales. Y como ha aumentado el número de quienes están pendientes de sus deseos (léase abuelos, tíos, hermanos mayores, etc.), se siente poderoso. Y si no es rápidamente atendido, aumenta la intensidad de sus lloros: en ese momento nace el “berrinche infantil”.

Decía yo hace un momento que estas habilidades naturales se pierden al alcanzar el estado adulto, y es una lástima. Se trata de enseñanzas directas impresas, como su nombre indica, por el mejor maestro: la Naturaleza. Pero si somos observadores, en la mayoría de los casos podremos reutilizar estas enseñanzas con gran provecho para toda nuestra vida. Afortunadamente, tal es el caso del “berrinche infantil”.

El llanto del niño se apoya sobre tres puntos: la confianza, la perseverancia y la carencia de prejuicios. Como corresponde a esta “herramienta”, son puntos de apoyo naturales, instintivos. El niño sabe que aquellos en cuyos brazos se encuentra pueden resolver su problema y lo pide, clara, inequívocamente. Y si no es atendido insiste, pertinaz, insolente incluso. Si pueden, ¿por qué no lo hacen? Y persevera en su petición. El niño, en sus primeras épocas, no es consciente de que con sus estrépitos está molestando severamente a su familia y a todo su entorno. Más delante sí es consciente, pero su inmadurez social le hace indiferente a esa molestia. Se dice frecuentemente que los niños son crueles; no lo son más que los adultos, pero carecen de la madurez social necesaria para disimular su crueldad. Estoy en una reunión de trabajo y uno de los asistentes no sólo se muestra disconforme con mis ideas, sino que lo manifiesta de forma desabrida y poco cortés. Tiene una nariz de buen tamaño y pienso para mis adentros: “No te fastidias, el narizotas este…”. Y ahí queda la cosa. Si yo fuera un niño de seis años, me plantaría delante de él y le cantaría: “¡Narizotas!”, y se armaría. Esa es la diferencia. Igual de cruel, pero más prudente. El niño carece de convencionalismos sociales. Es en este momento de consciencia más desarrollada pero socialmente inmadura cuando se hace cierto lo que escribió Wenceslao Fernández Flórez: “Los niños son mendigos por intuición”, expresión algo fuerte pero que, básicamente, se ajusta a nuestro punto de vista.

Al llegar a la madurez, estos tres puntos de apoyo instintivos pueden –deben- convertirse en virtudes morales. Pues bien, si yo tengo una confianza ciega, una tenaz perseverancia y un recto criterio, ajeno a influencias ajenas, puedo obtener tan importantes logros como un recién nacido con su llanto. Como ahora se trata ya de virtudes morales, yo he de saber manejarlas para eliminar aspectos tolerables en su estadio de impronta natural en un chiquillo, pero no en una virtud de adulto.

Confiar es necesario. Nadie puede vivir sin confiar en alguien; si no lo hace así, acabará depositando la confianza únicamente en sí mismo y eso es una aberración. Por supuesto, no me refiero a las confianzas parciales que el hombre va a necesitar a lo largo de su vida cada vez que va al médico, o al abogado o se sube a un avión o a un vehículo público, por ejemplo. Me refiero a lo que podríamos llamar una confianza existencial porque en ella se apoya su propia existencia. Excepcionalmente puede estar personalizada en un solo individuo, como es la confianza en el cónyuge o en un familiar que asume, unilateral o recíprocamente, la convivencia y atención personal. Pero lo habitual es que esa confianza global, vital, se deposite en un concepto trascendente, como puede ser un ideal político, un empeño social o, el más elevado de todos, la creencia religiosa. El más elevado, porque es obvio que la confianza en Dios, un ser omnipotente y bondadoso, es la mayor que se puede tener. El problema está en que para eso hay que tener fe, y aunque todos podemos hacer lo posible por alcanzarla, no todos lo logran.

La perseverancia, por su parte, es una virtud que, en nuestros tiempos, está devaluada. Se vive deprisa y los éxitos parecen mayores si son rápidos. A la vista de sus desastrosas consecuencias, hoy ya nadie habla de la “cultura del pelotazo” pero sigue ahí. Por el contrario, la perseverancia es una virtud silenciosa, prudente, que “caza de largo” y permanece en la sombra incluso cuando sobre ella se ha conseguido un éxito rotundo. Y no nos engañemos: la perseverancia no sólo está al alcance de todos, sino que es el único medio eficaz de que podamos conseguir lo poco o mucho a que, a cada uno según su destino y posibilidades, podemos aspirar. No siempre se ven, en el triunfo de un gran músico, un investigador o un deportista, por ejemplo, las horas de estudio, de ensayo, de entrenamiento, día tras día, sin ceder al desaliento ni a los cantos de sirena que le susurran que lo mande todo al diablo y se entregue a una vida menos sacrificada…Y no son estos cánticos de sirena los únicos que acechan al perseverante, al que nunca faltarán los consejos –más cargados de envidia que de caridad- de no perder el tiempo y ser más directo. He aquí aquellos convencionalismos que el niño no llega a conocer –por eso es eficaz- y que el adulto ha de aprender a ignorar –si quiere llegar a serlo-.

En conclusión, si nosotros, los adultos, depositamos nuestra confianza en algo, somos perseverantes en ello y no abandonamos nuestro recto criterio, podemos alcanzar tantos logros como un recién nacido con sus lloros insistentes. Lo fundamental es que elijamos bien el objeto de nuestra confianza para que nuestra perseverancia y buen criterio no queden desperdiciados.

Grupo GESI

No responses yet

Aug 23 2011

Creer, no creer, siempre respetar

Publicado en el diario Las Provincias. Domingo 31 julio 2011.

Creer, no creer, siempre respetar
Por Carmelo Paradinas. Abogado.

Pocas victorias son tan contundentes como las que se obtienen por el ridículo del adversario. El ridículo destruye la dignidad y quien cae en él, normalmente, lo que quiere es desaparecer, hacerse invisible a los ojos llenos de risa de los demás. Es una victoria aplastante y barata, ya que el vencedor nada tiene que hacer. Caer en el ridículo es algo que, básicamente, se hace sin ayuda de nadie. Pero no es una victoria simpática, si cabe la expresión, probablemente por ser tan barata y por la proclividad del ser humano a sentir compasión por quien se forja su propia desgracia. Corneille lo expresó bien al escribir que “una victoria fácil lleva a un triunfo sin gloria”. Claro que Corneille dijo esto en el siglo XVII, cuando conceptos como gloria y honor significaban algo muy diferente que en la actualidad. Hoy día casi todo el mundo daría cualquier cosa por obtener una victoria de este tipo frente a sus enemigos, con gloria o sin ella.

Pero hay que hacer una distinción fundamental. Una cosa es caer en el ridículo y otra distinta ser ridiculizado. El ridículo es totalmente objetivo, ya que ha de ser visto y valorado por todo el mundo y lo único que, a lo sumo, puede hacerse es señalarlo con el dedo, sin más comentarios. Ridiculizar, por el contrario, es algo laborioso, una tarea dolosa y siempre, en mayor o menor medida, vil, por la que alguien intenta retorcer algunas situaciones para hacerlas aparecer como ese ridículo que le dé una victoria fulminante. Ridiculizar al adversario ha sido siempre una conducta utilizada por contendientes de escasa estatura intelectual y moral que, a falta de sólidos argumentos, intentan encontrar, sea como sea, esa victoria fácil de que venimos hablando.

Desde que los hombres pisamos sobre la tierra, nuestra primera y gran preocupación ha sido la existencia o inexistencia Dios, es decir, de un ser inimaginablemente superior que ha creado todo lo que nos rodea y a nosotros mismos, que mantiene toda esa creación y al que, nosotros, los seres humanos, volveremos de una u otra forma después de nuestra muerte.

Respuestas positivas, más o menos explícitas, a esta “pregunta de preguntas”, las encontramos en paredes de cuevas prehistóricas, sepulcros faraónicos, palacios y –obvio es- templos de todas las civilizaciones primitivas. Ante esta unánime preocupación, el que fuera cardenal primado, don Marcelo González Martín, en su etapa de profesor de la Facultad de Derecho de Valladolid, repetía sin cesar: “La universalidad del hecho religioso es, probablemente, la mayor prueba de la existencia de Dios”. Lo decía en un aula abarrotada de alumnos y profesores de todas las facultades y escuelas especiales que, con su presencia masiva y variopinta, eran demostración práctica de esa universalidad que don Marcelo predicaba.

Con el devenir de los siglos, aquel planteamiento inicial adquirió complejidad. Los mejores cerebros de la Humanidad entraban en liza para intentar demostrar la existencia de Dios, para fijar sus límites y características o, sencillamente, para negarla. Y ojala esas discusiones se hubieran mantenido en el ámbito de los incontables libros que se escribieron, los claustros, las tribunas de una u otra naturaleza y, por supuesto, en la propia práctica popular. Pero la realidad fue que a su socaire, y avivadas por la ingerencia de intereses extraños, guerras, persecuciones y barbaridades de todo orden, fueron triste secuela de la afirmación o negación de la existencia de Dios, del hecho religioso, en definitiva.
En una cuestión de tan universal trascendencia, no parece haber lugar para el ridículo, pero al hecho religioso, menos aun que a otros, nunca le han faltado contrincantes que han echado mano de la ridiculización para denigrarlo y, con él, a la religión y, en definitiva, a Dios. Se han apoyado para ello en personas o situaciones particulares, más o menos lamentables, que se han querido generalizar por el viejo engaño del sofisma: Juan es malo, Juan es hombre, luego los hombres son malos. El siguiente paso es ridiculizar a Juan por sus maldades y el daño está hecho.
Ironía y sarcasmo son armas dialécticas aceptadas, si se utilizan con moderación, en toda discusión filosófica, política, jurídica e incluso religiosa. La ridiculización directa, no. Y si con ella se trata de elevar a general algo que no es más que particular, mucho menos.

El problema de la cuestión religiosa es que a ella solamente se accede por dos puertas: la de la fe y la de la ciencia. La primera lleva a la aceptación de Dios; la segunda, a una discusión, normalmente seria, que a unos llevará a la aceptación y a otros a la negación. Quien no tiene ni fe ni conocimientos para abordar esa discusión, recurre con frecuencia al insulto, la palabra soez y el intento de ridiculizar. Lo hicieron en la Edad Media aquella especie de patéticos monjes renegados que fueron los Goliardos, intentando criticar los fallos de la Iglesia mediante su pública conducta licenciosa, amen de las payasadas de los bufones y algunos cánticos y romances de juglares y trovadores. Han pasado muchos siglos y los Goliardos han desaparecido, pero los bufones y los juglares de poca monta, no.

Uno se pregunta el porqué de esa conducta. Porque si una cosa no te gusta lo lógico sería apartarse, “pasar”, no encararse con ella con la rabia de quien recibe un ataque personal. Puede que la respuesta esté en que quienes así actúan experimentan un profundo sentimiento de inquietud al que no se sabe dar otra salida que la rebelión incontrolada.

No responses yet

Aug 23 2011

La deshumanización del Derecho y el aborto

Publicado como Tribuna Libre en el diario ABC. Jueves, 28 julio 2011.

La deshumanización del Derecho y el aborto
Por Aniceto Masferrer. Profesor de Historia del Derecho. Universidad de Valencia.
Presidente de la ‘European Society for Comparative Legal History’. Vicepresidente de la Fundación Universitas.

Se cumple el primer aniversario de un hecho lamentable: la entrada en vigor de una ley que otorga a la mujer plena capacidad –hasta las primeras catorce semanas– para terminar con la vida humana que lleva en su seno, lo que –a mi juicio– constituye “el episodio histórico más negro y vergonzoso de la tradición jurídica española” (en “5 de julio de 2010: un día tristísimo”, Las Provincias, 4.VII.2010). Con motivo de este triste aniversario, no me resisto a dejar de escribir de nuevo al respecto, saliendo al paso de un malentendido tan extendido como falso, auspiciado en ocasiones por quien –en pura teoría, por su supuesta formación– no cabría esperar tal dislate.

Hay quienes sostienen que la completa despenalización del aborto es la lógica consecuencia de la secularización del Derecho, como si sólo los cristianos defendieran –o pudieran defender– los derechos del no nacido, lo cual no parece cierto ni creo que el cristianismo jamás haya pretendido monopolizar la protección y la defensa del ser humano en su fase inicial de desarrollo y gestación.

Es cierto que, históricamente, el cristianismo contribuyó en buena medida a la protección del no nacido desde el Imperio romano hasta nuestros días, pero esa influencia no tiene su origen “en la hostilidad [del cristianismo] contra la sexualidad”, debido a que “si sólo se pudiera ejercer para tener hijos, apenas se podría disfrutar de ella”, según sostiene –a mi parecer, erróneamente– un conocido penalista español (en “La secularización del Derecho y el aborto”, El Mundo, 6.I.2008). Esta concepción mezcla dos planos que, si bien resultan conexos, jamás deben identificarse y –menos aún– confundirse en el ámbito jurídico. Una cosa es que la moral cristiana defienda que las relaciones sexuales deben estar abiertas a la vida (lo cual no significa que no pueda gozarse del sexo), y otra cosa bien distinta el que, merced al influjo del cristianismo, el aborto haya sido una conducta castigada penalmente. Que yo sepa, en nuestra tradición Occidental jamás se ha castigado penalmente el que los cónyuges no tuvieran relaciones conyugales abiertas a la vida, así como muchas otras conductas consideradas pecado desde una óptica estrictamente moral. En este sentido, pudiera resultar sorprendente que, en no pocos territorios europeos, existiera una legislación que no castigara la fornicación. Y los estudiosos de la tradición penal en Europa han demostrado que el adulterio se castigaba más con el fin de proteger a la familia como institución fundamental de la sociedad que como medida de mero control moral. En esta línea, sostener que en nuestra tradición penal existió una identificación entre delito y pecado denota un conocimiento superficial o sesgado de la historia del Derecho penal. Defender esta opinión supondría perder de vista uno de los rasgos distintivos de la tradición jurídica Occidental, que la distingue además de otras tradiciones como la musulmana: la separación entre el poder secular y el religioso; entre el Estado y la Iglesia.

Esto no significa, sin embargo, negar que el castigo de algunas conductas hundiera sus raíces en los valores morales imperantes en la sociedad de cada época histórica, debiéndose algunos de ellos al influjo de un cristianismo que, en ocasiones, se hizo notar excesivamente en el Derecho, procurando crear en la sociedad un clima que estimulara y facilitara al individuo una vida virtuosa. Y el objetivo del Derecho no es hacer hombres virtuosos sino establecer un marco justo que permita una coexistencia pacífica. De ahí que, a mi juicio, pueda hablarse en nuestra tradición penal de un proceso de secularización, consistente en la despenalización de ciertas conductas que, con el paso del tiempo, se entendió que su punición carecía de sentido: es el caso de la blasfemia, la brujería, la sodomía, etc.

A mi modo de ver, la despenalización del aborto no responde a ese proceso de secularización del Derecho, si bien admito que en una sociedad en la que se pierde el sentido de la trascendencia no resulta fácil poner límites al ejercicio de una insaciable autonomía de la voluntad individual, pudiendo conculcarse los derechos de aquéllos que no están en condiciones de hacer valer su voz, a no ser que el Estado lo haga por ellos con una legislación que les proteja mínimamente.

Percibo, además, en quienes entienden la punición del aborto como una interferencia inadmisible del cristianismo una animadversión y actitud de rechazo notorias hacia quienes disienten, denostando y descalificando la Iglesia católica sin piedad, hablando de la “nefasta influencia de la Iglesia en la legislación penal”, lo que denota un conocimiento muy parcial o sesgado de tal influencia; de la existencia de “numerosos grupos cristianos integristas que desarrollan una campaña permanente”, porque quizá se piensa que debieran permanecer pasivos y recluidos en las antiguas catacumbas, mientras otros sí pueden hacer campaña y defender sus ideas (y –por supuesto– con dinero público); “de la perniciosa influencia que durante tantos siglos ha ejercido la religión católica, consiguiendo que los legisladores declararan delito lo que no era más que una conducta que dicha religión consideraba pecado mortal”, cuando de hecho, que yo sepa, históricamente –y algo sé sobre nuestra tradición penal–, jamás se ha castigado una sola conducta por el simple hecho de ser pecado mortal, empezando por el aborto. Habría que ser un tanto estúpido para pensar que la tradición penal ha castigado el aborto por el simple hecho de ser un pecado mortal, pues lo mismo cabría decir del homicidio, el asesinato, el parricidio, el genocidio, etc., y no parece que sea ese el caso. El problema no es, por tanto, de estupidez sino de falta de respeto, no tanto hacia las ideas como hacia las personas que las defienden.

Se descalifica a la persona antes de que hable, estigmatizándola de entrada e impidiéndole que pueda participar en el debate público a causa de su posible creencia religiosa, la cual constituye el moderno “pecado civil” que, de no enmendarse, conduce inexorablemente la “muerte civil”. De ahí que muchos no se atrevan a decir lo que piensan, a ‘salir del armario’, pues para esto se requiere un valor encomiable.

Siempre he pensado que es preferible exponerse a la condena a una “muerte civil” que ser cómplice –con el silencio y la inhibición– de la muerte –por no emplear otra expresión, acaso más certera– de millones de vidas inocentes e inermes, a quienes les corresponde pagar el coste del disfrute del ejercicio de una autonomía de la voluntad caprichosa, irresponsable e irrespetuosa con los derechos de los más débiles, pero amparada por una desafortunada legislación que ha perdido el norte, confundiendo los derechos con la satisfacción de los propios deseos. Que cada uno haga lo que quiera con su vida (también sexual), pero no con las ajenas, y menos con la de aquellas que se encuentran inermes. La historia se encargará de mostrar que la despenalización del aborto constituye un signo de deshumanización del Derecho, y no de secularización.

No responses yet

Jul 17 2011

La razón y la ciencia acusan al aborto

Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 17 julio 2011.

La razón y la ciencia acusan al aborto
Por José Sarrión Gualda. Catedrático de Historia del Derecho. Universitat Jaume I.

Casi todo contra el aborto está dicho y también un amplio abanico de argumentos está escrito. Los partidarios del aborto suelen argumentar que los contrarios al mismo lo son por razones ideológicas o religiosas. No sólo la Iglesia católica y otras confesiones religiosas condenan el aborto, sino también muchas organizaciones, movimientos e innumerables personas, no necesariamente religiosas, lo consideran un atentado a los derechos humanos. Y precisamente para rechazar el argumento de la vinculación exclusiva de la condena del aborto a concepciones religiosas, vamos a apoyarnos sólo en argumentos de razón, en los descubrimientos de la ciencia y en fundamentos de carácter científico.

La primera constatación palmaria es que desde el momento mismo de la fecundación o concepción se inicia un proceso unitario e inescindible que, normalmente, y si no interviene la mano interruptora del hombre, desemboca y corona en el nacimiento de un nuevo ser humano. ¿Cómo puede entenderse que algunas legislaciones admitan la división de ese proceso unitario en fases y despenalicen la eliminación del feto durante cierto periodo y, transcurridas 24 horas más, tal acción se convierta en ilícita y criminal? ¿No son soluciones legales faltas de coherencia? No hay ningún argumento racional ni lógico para empezar a proteger la incipiente vida humana desde un punto de su desarrollo, fijado arbitrariamente.

A la razón ha venido a sumarse la ciencia. Desde las primeras semanas de gestación, la vida propia del feto es visible y audible. La ecografía ha venido a demostrar con gran nitidez la existencia desde las primeras semanas de un nuevo ser perfectamente formado.

La legislación histórica española siempre castigó el aborto. Pero en su excusable ignorancia establecía una pena más leve para el aborto del feto no formado o todavía no vivo. No hubiera hecho tal distinción ante una ecografía.
Se alega a favor del aborto el haberse admitido por la legislación de los países de “nuestro entorno.” Primero, hay principios, verdades y valores que están por encima de la libertad humana y no pueden someterse su validez a ninguna votación, por tratarse de derechos humanos. Segundo, podemos acudir a exponer ejemplos históricos de errores generalizados. Durante gran parte de la historia se ha admitido la esclavitud como una institución natural (Roma, por ejemplo). Una mente tan preclara como la de Aristóteles la justificó. Hoy casi ha desaparecido y no hay quien la defienda racionalmente ¿no estaban equivocadas aquellas sociedades?

Descendamos ahora al ámbito jurídico. En Roma el “paterfamilias” tenía un poder omnímodo sobre el grupo familiar. Hoy día esta sociedad patriarcal (en su versión moderna, machismo) va desapareciendo de nuestras sociedades liberales y la mujer se ha ido equiparando al hombre. Así, el varón y la mujer tienen los mismos derechos, pero también las mismas limitaciones ligadas a los derechos humanos. El hombre y la mujer son libres para concebir un hijo, pero una vez que el acuerdo de tenerlo ha cuajado en un nuevo ser, se levanta una barrera infranqueable que representa el respeto a los Derechos humanos. Ni conjunta ni unilateralmente los progenitores pueden decidir la interrupción del embarazo. Aquel poder omnímodo que tenía el varón en Roma, no debe encontrar una versión moderna y contraria en el feminismo radical que concede un derecho absoluto sobre el feto, que es el fruto de la voluntad (amorosa, añadiría yo) de los dos progenitores. La voluntad de la mujer no puede pasar por encima de la del otro progenitor ni tampoco atropellar los Derechos humanos. Lo que lleva en sus entrañas es un nuevo ser, con vida propia, sobre el que no tiene ningún derecho, sino la obligación de traerlo a este mundo.

Para los embarazos no deseados, para las situaciones límite o casos de extrema necesidad en que pueda encontrarse la mujer, siempre hay instituciones que apoyan y solucionan estos casos y siempre habrá brazos amorosos que acojan a la nueva criatura.

Nuestra legislación, que consideraba el aborto como un delito y lo despenalizaba en los tres conocidos supuestos, ha dado desgraciadamente el paso terrible y equivocado de convertirlo en un derecho de la mujer, durante un tiempo de la gestación: una ley de plazos.

Avanzar hacia un precipicio no es progresista, cuando se cae en la miseria moral y en la indignidad. Esta cuestión es tan grave que, cuando un médico abortista se convence de la maldad intrínseca del aborto, no se queda sólo en reconocer su error sino que se convierte en un activo antiabortista y no siempre por razones religiosas.
Hoy nos hemos sensibilizado hacia la humanización de la vida animal (supresión del maltrato a los animales, protección de ciertas especies de aves y reptiles desde el propio huevo) y nosotros nos deshumanizamos con la legalización del aborto.

¿La vida de un niño no vale un huevo? ¿Merece alguna especie mayor protección que la humana? No, el aborto repugna a la razón y a los derechos humanos

Grupo GESI

No responses yet

Jul 06 2011

¿Disciplinados o autómatas?

Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 3 julio 2011.

¿Disciplinados o autómatas?
Por Carmelo Paradinas. Abogado.

En las grandes catástrofes que, unas veces por causas naturales y otras por la intervención del propio hombre, azotan a la humanidad, se producen maravillosos actos de abnegación. El maremoto de Japón del pasado mes de marzo y el subsiguiente desastre nuclear de Fukushima, nos han ofrecido dos ejemplos de ello. En primer lugar, la abnegada, heroica actuación de bomberos y técnicos de la central. Ellos conocen, antes y mejor que nadie, las grandes probabilidades que tienen de contraer cáncer, a causa de su continuada exposición a la radioactividad. El segundo ejemplo ha sido la ejemplar actuación del pueblo japonés, siempre obediente a las indicaciones de las autoridades, disciplinado, comedido. Algunos medios informativos han contrastado esta actitud con la de otros países en situaciones similares –Estados Unidos, entre ellos-, con disturbios, vandalismo y pillaje.

Tenía yo totalmente asumido lo que antecede, cuando hace unos días, comentándolo con un amigo, me descabalgó sólo con dos palabras:
- ¿Abnegados?… ¡Autómatas!

Y me puse a reflexionar.

Hace unos años, por motivos profesionales, hube de adentrarme en el mundo de la “TQM”, “Total Quality Management”, calidad total, la perfección en el trabajo, la excelencia en el producto. Y allí me encontré con los japoneses, considerados los maestros en estas técnicas, que ellos no han inventado, como tampoco han inventado la fotografía, el reloj o la automoción…pero ahí están.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial fueron implantadas en Japón unas técnicas, revolucionarias y rigurosas, diseñadas en Estados Unidos por especialistas como Deming, Crosby o Stewart, para alcanzar, no solamente la plena satisfacción de los consumidores de un producto, sino la perfección del mismo. Ningún teórico de estas nuevas técnicas hubiera podido imaginar un ambiente social, laboral y psicológico más adecuado para esta tarea como el japonés. ¿Quién podría soñar con trabajadores que llegan a anteponer la empresa a su familia, que valoran más un reconocimiento público ante sus jefes y compañeros –profusión de reverencias incluida- que un ascenso, un aumento de sueldo o un despacho más grande? Unos trabajadores que antes de iniciar cada día el trabajo cantan el himno de la empresa con unción monástica y que puestos en trance –supongo que para ellos agónico- de promover una huelga, adoptan la insólita medida de fastidiar el mecanismo de la compañía por exceso en vez de por defecto, o sea… trabajando más y más aprisa.

Llegados a este punto, he de conceder a mi suspicaz amigo que autómatas no son, pero da la impresión de que quizás les encantaría serlo. Echando una ojeada a los diagramas de producción de empresas japonesas con implementación de TQM, uno cree estar ante aquel utópico, casi enloquecedor “Mundo Feliz” de Aldous Huxley.

Japón comparte con Rusia el triste puesto de ser los dos países con mayor índice de suicidios del mundo. En el primero de ellos, que es el que nos ocupa, se producen más de treinta mil al año, lo que se traduce en más de uno cada media hora. Pero, en mi opinión, acaso un aspecto más dramático que el cuantitativo, en Japón, es el cualitativo. Siempre he pensado que quien, bajo presiones angustiosas, es capaz de vencer el instinto más primario de todo ser vivo, cual es conservar la propia existencia, tiene un tremendo, trágico defecto de funcionamiento. Pero otra cosa es el suicidio frío, casi institucional, como los rituales para lavar un deshonor o los escuadrones de kamikazes de la Segunda Guerra Mundial. Aquí el suicida actúa de forma premeditada y planificada. Y, en este campo, los japoneses tienen también un triste record.

Se equivocaría quien, a estas alturas, pensara que yo pretendo, de alguna forma, denigrar o mermar el mérito del pueblo nipón. Ni mucho menos. Lo que pretendo es convencerme a mí mismo y convencer a quien me lea, de que quien intente juzgar a la ligera la conducta de un pueblo, a favor o en contra, emitirá una opinión desenfocada, cuando no totalmente errónea.

Los pueblos tienen su pasado histórico, religioso, moral, político o cultural, del que no pueden desprenderse ni para mal ni para bien. Y los individuos que dan contenido a ese pueblo tienen su idiosincrasia, amalgama de elementos que van desde la propia constitución física hasta arraigadas convicciones, recibidas por impregnación secular de aquel pasado histórico, religioso, moral, político o cultural. Y a la hora de emitir ese juicio, hay que intentar –probablemente nunca conseguir- una buena actitud de empatía para entender el porqué de una, a nuestro criterio, buena o mala conducta. Y, por supuesto, jamás intentar trasplantar esa conducta de un pueblo a otro, sin más. Los japoneses son como son e intentar comparar sus actitudes con las de un norteamericano de Nueva Orleans o un haitiano es un perfecto ejercicio de inutilidad.

Pero, además, si ese juicio que queremos emitir se encuadra en el ámbito de lo que denominamos “heroísmo”, creo que el empeño se hace poco menos que imposible. Ni siquiera el concepto de heroísmo es fácil de alcanzar ya que concurren en él lo absolutamente subjetivo, lo extremo y lo variable. Lo que unos entenderían como heroísmo para otros sería, sencillamente, cumplimiento del deber y para otros, acto de demencia. Si un acto heroico se pusiera en la máquina del tiempo y se repitiera como en una moviola media docena de veces, idéntico, con los mismos protagonistas y situación, ¿en cuántas aparecería de nuevo la heroicidad y en cuántas no? Los propios héroes, puestos en esta tesitura, dudan muy seriamente de que volvieran a repetir.

Yo creo que la mayoría estamos de acuerdo en que la verdadera heroicidad es la que se prolonga en el tiempo, normalmente de forma callada, sin alharacas, viéndose coronada la mayoría de las veces por el éxito pero otras, sin dejar por ello de ser heroicidad, no. Y, con certeza, ahí va a ser donde los japoneses demostrarán –llamémosle como queramos-, su verdadero temple. Ya lo han hecho una vez y lo volverán a hacer.

Grupo GESI

No responses yet

Jun 19 2011

Contra el laicismo lacerante

Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 19 junio 2011.

Contra el laicismo lacerante

Por Juan Alfredo Obarrio. Profesor Titular. Universitat de València.

“Cuanto más se les consiente y se les soporta –en referencia a los católicos–, peor responden. Sólo entienden del palo y de la separación de los campos”. La frase no es de Goebbels, es del antaño demócrata-cristiano Peces-Barba, personaje que no ha dudado en afirmar que “quien marca el modelo de enseñanza no son los padres, es el Estado”, porque, a su juicio, “los padres no se han preocupado nunca de la educación de los niños”, de ahí que “la Educación democrática corresponde a los poderes públicos”, unos poderes que deben negar a los padres el derecho a reclamar un territorio propio para sí y sus familias, “porque hay que superar la confusión que hay desde sectores católicos extremistas, de que el tema de la educación es cosa de los padres”.

Como lo único que pretendo es subirme a la palestra de la palabra, y cuestionar a quienes sostienen que “el poder es la verdad, y quien lo ostenta, la encarna”, intentaré hacer ver que si aceptamos los planteamientos del laicismo integrista, convertiremos al Estado en el único hacedor de la verdad, de forma que la identidad y la libertad del individuo quedarán vaciados de todo significado, lo que me haría dudar en qué fase de la Historia propuesta por Marx nos encontramos: si en la tragedia o en la comedia.

Con su equivocada arrogancia, su crítica exagerada y su desprecio por la Iglesia católica, Peces-Barba intenta reducir la evolución de Occidente a una concepción maniquea entre el bien y el mal, entre el saber y el creer, entre la Iglesia y la libertad, lo que le lleva, como a su partido, a desconocer que los grandes cambios de la Historia, si bien se producen durante un período reducido de tiempo, suelen ir precedidos de años de oculta germinación y de una difícil cuantificación, en los que el pensamiento cristiano, y, en particular, el católico, han jugado un papel decisivo, no sólo por su valor de brújula en el ámbito de la moral, sino como catalizadora de la cultura, del arte, del desarrollo de la universidades, de buena parte de la ciencia, y de unos movimientos y de unas doctrinas que enseñan, como afirmaba Juan Pablo II en su Homilía a los universitarios, que la “la Iglesia no tiene preparado un proyecto de escuela universitaria ni de sociedad, pero tiene un proyecto de hombre, de un hombre renacido por la gracia”, que no acepta ninguna barrera social ni geográfica, porque, como leemos en la Carta a los Gálatas, “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”, cuyo mensaje se convirtió en la antesala de la propia Modernidad, a la que se llega por el universalismo igualitario, herencia directa de la ética cristiana de la justicia y del amor.

Por esta razón, y como ya hiciera Benedetto Croce en su espléndido, lúcido y vigoroso ensayo titulado “Por qué no podemos considerarnos no cristianos”, publicado en 1942, ni comparto que el Estado sea el único maestro de la virtud –ni maestro, ni virtuoso–, ni defiendo a un relativismo que nos convierte en apátridas de nuestras raíces y de nuestra identidad, de un anti-catolicismo que nos oculta lo que fuimos y que nos enseña lo que no somos, lo que nos lleva en una especie de autofagia, cuya máxima paradoja consiste en ser comprensivos, hasta la inclinación, con algunos fundamentalismos que nos son muy próximos, pero agresivos contra los principios católicos, porque éstos, al defender que el valor de la dignidad humana es previo a toda acción o decisión política, son considerados vestigios de una inmadurez intelectual, lo que los hace antagónicos con una cultura moderna que pretende construir un “hombre nuevo” sobre las cenizas del antiguo; de ahí que se nos diga que un Estado paternalista tiene la obligación, no sólo de velar por nuestros intereses, sino de “re-educarnos” sobre un bien moral, impuesto por decreto y custodiado mediante severas sanciones, que nos enseña que no existe una verdad, ni un vínculo ético común, sino la suma de muchas creencias particulares, ideario que nos conduce, irremediablemente, a una sociedad sin identidad y a una ética sin verdad.

En esta cuestión, quien se encuentre pertrechado de conocimientos y mantenga la serenidad de juicio, que haga su propio balance, porque se trata de una experiencia que requiere de un compromiso intelectual, de un examen crítico y de una reflexión que, en lo que a mí respecta, me ha llevado a conocer la grandeza del mensaje de la Iglesia, y el valor no contingente de su palabra y de su testimonio: el único que me invita a cultivar la esperanza, y a recordar con nostalgia las palabras valientes y veraces de un político de la altura de Schuman, cuando sostuvo –ante el primer Parlamento europeo– que “todos los países de Europa están penetrados por la civilización cristiana. Ésta es el alma que es preciso volver a darle a Europa”. Ésta, y no la de Peces-Barba, es el alma que deseo transmitir a mis hijos, a cuya educación me debo.

No responses yet

May 29 2011

Crisis económica y la urgente reforma del sistema hipotecario español

Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 29 mayo 2011.

Crisis económica y la urgente reforma del sistema hipotecario español
Por Javier Plaza Penadés. Catedrático de Derecho Civil. Universitat de València.

Es curioso que en este año 2011, en plena celebración del ciento cincuenta aniversario de la Ley hipotecaria de 1861, se haya puesto en evidencia las debilidades y carencias de nuestro sistema de ejecución hipotecaria, basado en un sistema de realización de valor del inmueble mediante subasta judicial, que tiene como singularidad dejar igualmente insatisfechos a acreedores y deudores.

Efectivamente, el aumento de las ejecuciones hipotecarias y el hecho de que muchos ciudadanos no hayan podido liberarse de la carga que para ellos suponía la devolución del préstamo hipotecario mediante una dación en pago de la vivienda hipotecada, unido a que tras la ejecución y consiguiente pérdida de la propiedad de la misma siguen siendo deudores de buena parte del préstamo y del resto de deudas, y a las dificultades del acreedor de cobrar el total importe de la deuda, pone en serio entredicho todo el sistema.

El lector debe saber que nuestro sistema hipotecario se basa en la prohibición del pacto comisorio, esto es, del pacto por el cual se faculta al acreedor para quedarse directamente con la propiedad del bien en caso de incumplimiento de la obligación, y ello es así para proteger al deudor frente a prácticas que en Derecho son tenidas por abusivas, ya que cuando se da un inmueble en garantía de una obligación (p.e. de un préstamo) lo habitual es que el bien hipotecado (p.e la vivienda o el inmueble en cuestión) tenga más valor que la deuda garantizada (p.e. el préstamo). De ahí que nuestro sistema hipotecario obligue a la ejecución o subasta del bien en caso de impago de la deuda, para que con el importe obtenido con la realización del inmueble se pague al acreedor y el remanente vaya al deudor.

Pero el problema radica en nuestro sistema legal de ejecución hipotecaria, ya que es un sistema de concurrencia limitada y muy cerrada, lo que hace que sean muy pocas las personas y entidades que de facto acuden a la subasta de los inmuebles hipotecados o embargados y, además, la falta de concurrencia y la urgencia de la propia ejecución les permite satisfacer su legítimo interés de pagar un precio mínimo por un inmueble de un valor muchísimo mayor. Eso genera una disfunción entre el valor real del inmueble y el valor pagado por él en subasta, que además legitima al acreedor para proseguir la ejecución contra el resto de bienes del deudor.

Por tanto, y en mi modesta opinión, la reforma legal más urgente y necesaria sería aquélla en la que la ejecución hipotecaria se saque del Juzgado y se ponga en el Mercado, ya que con ello se solucionaría en buena parte el problema del escaso importe que se obtiene en las ejecuciones hipotecarias y esto, además, se puede conseguir de forma sencilla, con un portal electrónico o sede electrónica nacional de ejecución hipotecaria, de tal forma que cualquier ciudadano tenga cómodo y fácil acceso a todas las ejecuciones que se realizan en todo el territorio nacional.
Paralelamente se debe fomentar como producto financiero las hipotecas de responsabilidad limitada al valor del inmueble garantizado, posibilidad que ya se contempla en el artículo 140 de la Ley Hipotecaria, pero que en la praxis son inexistentes para el consumidor, y una buena forma de generar ese tipo de productos sería incrementando los derechos y deberes de información de los consumidores, promoviendo así la diversificación de la oferta, y en este ámbito cualquier Comunidad Autónoma tiene competencias para ello.

Ahora bien, ¿puede una Comunidad Autónoma regular en España sobre la hipoteca? Pese a que son muchos los que han opinado que no, yo simplemente informaré al lector que Cataluña ya lo ha hecho en su Código Civil Catalán, regulando ex novo hipotecas que no tienen su origen en ninguna institución de su derecho propio, sin que nadie, y mucho menos el Tribunal Constitucional, haya dicho nada.

Pero no es un problema de “poder” sino de “deber” y, en ese sentido, el siempre sufrido ciudadano debe entender que “la dación en pago del bien hipotecado con efecto liberatorio” es hoy absolutamente inviable por las consecuencias económicas que esta decisión tendría, ya que podría colapsar el sistema bancario y financiero español, pues las entidades bancarias cambiarían buena parte de las cantidades prestadas, y de las que se tendría la absoluta certeza de que no se recuperarían, por un montón de inmuebles aquejados además de deflación.

Grupo GESI

No responses yet

May 18 2011

“Como voluntario, uno se siente más útil, en una sociedad demasiado individualista”

Published by isabel under Mejorando juntos

Mathilde Gallou
Estudiante Erasmus de 4º curso de Derecho en la Universitat de València.
Voluntaria de Mejorando Juntos.

Mathilde ha venido desde Brest en la Bretaña francesa hasta Valencia para estudiar un curso completo de Derecho. No conocía nuestra ciudad pero había oído hablar de ella y se la habían recomendado para venir. Afirma que le gusta ‘todo’: el clima, la gente, el ambiente y lo bonito de la ciudad.
A través de uno de sus profesores de la Facultad, supo de Universitas y de su voluntariado. “Tenía tiempo libre y me pareció una buena ocasión para convivir con españoles y practicar el idioma” afirma.

En Francia, durante tres años, los fines de semana ha sido voluntaria de una asociación que atiende a jóvenes entre 11 a 14 años. Con ellos organizaban deportes, manualidades, fines de semana y campamentos de verano.
En España, además de la convivencia con otros compañeros, Mathilde valora el sentido del voluntariado en Mejorando Juntos y el compromiso que los jóvenes han de tener con los demás.

¿Cómo estás viviendo el voluntariado en el Hospital La Fe?

La labor que se realiza en La Fe me parece esencial. Ver la sonrisa de los enfermos después de haber estado con ellos es gratificante. No es fácil estar en un hospital encerrado y ver solo médicos y enfermeras. Lo que se oye no son siempre buenas noticias y los pacientes tiene ganas de hablar de otras cosas y ver a gente ajena al equipo médico.
¿Cómo es el voluntariado universitario en tu país?
Los estudiantes franceses también pertenecen a organizaciones de voluntariado. Existen de todo tipo, por ejemplo de atención a niños, a personas indigentes en la calle, a jóvenes o a presos en las cárceles.

¿Crees necesaria estas actividades como parte de la formación? ¿Por qué?

Los actividades de voluntariado son a mi parecer importantes para todos los jóvenes. Se aprende mucho. Te encuentras a personas que necesitan ayuda, necesitan hablar, cualquier cosa que podamos regalarles.
Además ves el mundo de otra manera porque al ser voluntario, ya no buscas tu propio provecho sino satisfacer a los demás. Intentamos ser menos egoístas. Dar un poco de tu tiempo no cuesta nada y haces feliz a ciertas personas.

De esta manera, uno se siente más útil en una sociedad demasiado individualista. En cualquier caso, alguien que hace voluntariado necesariamente crece como persona.

No responses yet

« Prev - Next »