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Claves para la regeneración de una sociedad civil libre (I): Libertad y aceptación de uno mismo

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Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 2 junio 2013.

Claves para la regeneración de una sociedad civil libre (I): Libertad y aceptación de uno mismo.
Por Aniceto Masferrer. Profesor Titular de Historia del Derecho. Universitat de València.

Algunos piensan que la anhelada reforma de la política y de las finanzas, tan necesaria para salir de la prolongada crisis en la que nos encontramos, es una quimera, un ideal inalcanzable porque, según ellos, buena parte tanto de los gobernantes como de los banqueros carecen de una verdadera voluntad de reforma. Y sin la contribución de éstos, es difícil cambiar el rumbo de las cosas.

Aunque los colectivos mencionados son, en buena medida, responsables de la crisis que vivimos desde hace ya más de cinco años, pienso que su radical solución no proviene, ni cabe esperarla –principalmente– de ellos, sino de la propia sociedad civil. De esa sociedad civil, que el ‘Estado Providente’ ha dejado anestesiada hasta el punto de renunciar a vivir en libertad, tras el disfrute de un bienestar insostenible concedido por la clase gobernante, y que ahora parece yacer agotada y sin fuerzas, depende la salida de la crisis y el resurgimiento de una nueva sociedad que será capaz de regenerar la política y las finanzas. Y es que, en el fondo, parte de razón tiene la afirmación de que cada sociedad tiene los políticos que se merece, así como resulta ingenuo pensar que si quienes gobiernan y dirigen las finanzas no hacen nada, no hay nada que hacer. Si éste es el parecer generalizado, ¿qué le queda de ‘liberal’ a nuestra sociedad? ¿Dónde se encuentra ese amor y pasión por la libertad que dio origen a una sociedad liberal que hizo posible la democracia moderna?

Fruto de esa preocupación, he decidido escribir una serie de artículos que, bajo el título ‘Claves para la regeneración de una sociedad civil libre’, pretenden abordar algunos aspectos básicos de antropología, sin los cuales la regeneración de la sociedad actual resulta imposible.
El primer déficit que constato en la sociedad actual –y lo compruebo también a diario en la Universidad, y no sólo entre los estudiantes– es la falta de libertad. Hoy día se valora mucho la autenticidad, pero muy pocos la encarnan. Y no se vive de forma auténtica porque no se vive en libertad. No existe autenticidad sin libertad. Muy pocas personas son capaces de mostrarse cómo son, de decir lo que piensan y de expresar cómo se sienten.

Al igual que no existe autenticidad sin libertad, no puede haber verdadera libertad sin aceptación de uno mismo. Y la auténtica libertad, la que proviene del interior de cada uno, requiere de la aceptación del propio yo. Uno tiene que aceptarse a sí mismo: lo que es, lo que piensa, lo que siente, con sus puntos fuertes y sus puntos débiles. La aceptación de uno mismo consiste en un ejercicio personal e interior, que le pone a uno en su sitio, en la verdad (con sus luces y con sus sombras), desde la cual uno puede resistir los envites de una psicología excesivamente marcada por las propias limitaciones o experiencias negativas o, por lo que Jacques Philippe denomina, ‘creencias limitadoras’ (‘no llegaré’, ‘jamás saldré de esto’, ‘no puedo’, ‘siempre será así’): “Afirmaciones de este tipo nada tienen que ver con la aceptación de nuestras limitaciones (…); son, por el contrario, el fruto de la historia de nuestras heridas, de nuestros temores y de nuestras faltas de confianza en nosotros mismos (…), a las que conviene dar salida y de las cuales es preciso desembarazarse. Aceptarse a uno mismo significa acoger las miserias propias, pero también las riquezas, permitiendo que se desarrollen todas nuhestras legítimas posibilidades y nuestra auténtica capacidad. Así, pues, antes de expresarnos en términos tales como ‘soy incapaz de hacer tal cosa o tal otra’, resulta conveniente discernir si esta afirmación procede de un sano realismo espiritual, o es una convicción de naturaleza puramente psicológica que deberíamos desechar” (Jacques Philippe, La libertad interior, Madrid, 2003, pp. 43-44).

Aceptarse a sí mismo no es fácil, pues consiste en adoptar una actitud realista sobre uno mismo que permita deslindar lo real de lo imaginario, rompiendo con todas aquellas quejas estériles que, a menudo, están más en nuestra imaginación que en la realidad de lo que uno es. La tarea de aceptarse a uno mismo es bastante más difícil de lo que parece, porque “el orgullo, el temor a no ser amado y la convicción de nuestra poca valía están firmemente enraizados en nosotros. Basta con constatar lo mal que llevamos nuestras caídas, nuestros errores y nuestras debilidades; cuánto nos pueden desmoralizar y crear en nosotros sentimientos de culpa o inquietud” (ibid, p. 37). En ocasiones, lo que impide el progreso de una persona para vencerse y superarse no son tanto los propios errores y limitaciones como esa falta de aceptación de lo que uno es, con sus luces y con sus sombras, de la propia debilidad, generándose un sentimiento de rechazo más o menos consciente de lo que se es o de la propia situación. En definitiva, para ser auténticos y vivir en libertad, primero hay que aceptarse. Deseo de progreso y aceptación de uno mismo son dos caras de la misma moneda, pese a que pueda resultar un tanto paradójico. Pero es innegable que no se puede transformar lo real de forma efectiva y fecunda si no se empieza por su aceptación.

Además, la vida muestra que resulta difícil ser capaz de amarse y aceptarse sin una mediación, si no se cuenta con la mirada de alguien que nos conoce y nos quiere. ¿Cuántas personas habitualmente no hacen ni dicen lo que piensan por un afán desmedido por mendigar la aceptación y afecto de los demás? Y, por el contrario, ¡qué seguridad y estabilidad reporta contar con la mirada afectuosa y la comprensión de las personas que verdaderamente nos importan! ¡Y qué doloroso –y, en ocasiones, trágico– resulta perderlas!

Esta aceptación de uno mismo, pues, se facilita notablemente con la existencia de una mediación, de esa mirada afectuosa, que nos permite no tener que estar excesivamente pendientes de la aceptación y el afecto de los demás. En realidad, la experiencia muestra que, no pocas veces, una parte importante de las tensiones interiores provienen del temor a no responder a las expectativas que los demás han puesto (o pensamos que han puesto) en nosotros: “En nuestra vida social sufrimos frecuentemente la tensión constante de responder a lo que los demás esperan de nosotros (o a lo que nos imaginamos que esperan de nosotros), lo cual puede acabar resultado agotador. Nuestro mundo ha desechado el cristianismo, sus dogmas y sus mandamientos bajo el pretexto de que es una religión culpabilizadora, cuando nunca hemos estado más culpabilizados que hoy en día: todas las jovencitas se sienten más o menos culpables de no ser tan atractivas como la ‘topmodel’ del momento, y los hombres de no tener tanto éxito como el dueño de Microsoft…” (ibid, pp. 40-41).

Por otra parte, no hay que olvidar la estrecha relación existente entre la aceptación de uno mismo y la aceptación de los demás. En efecto, existe un vínculo –de doble dirección– entre la aceptación de sí y aceptación de los demás. El uno coadyuva al otro. Dicho en otras palabras: a quien no se acepta a sí mismo le resulta difícil aceptar a los demás; y quien no se esfuerza por aceptar a los demás tampoco logra reconciliarse consigo mismo: “A veces no llegamos a aceptar a los demás porque, en el fondo, no nos aceptamos a nosotros. El que no está en paz consigo mismo, necesariamente estará en guerra con los demás. Mi no-aceptación de mí crea una tensión interior, una insatisfacción y una frustración que con frecuencia volcamos sobre los demás, convertidos así en cabeza de turco de nuestros conflictos interiores” (ibid, pp. 45-46).

Autenticidad, libertad, aceptación de uno mismo y vencimiento personal son, por tanto, realidades inseparables. En este sentido, la libertad es más una conquista que se logra con el vencimiento personal, que no el mero goce de un marco de autonomía personal que permite hacer elecciones a mi antojo. Para ejercer y disfrutar de la libertad se requiere esfuerzo y vencimiento personales, y no la búsqueda inmediata del goce o la gratificación. De lo contario, ni se ejerce auténticamente la libertad ni se goza al ejercerla, hasta el punto de que uno puede vivir una vida sin sentido, llegando a despreciarse a sí mismo, y pensar –como Sartre– que ‘el hombre es una pasión inútil’.