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Claves para la regeneración de una sociedad civil libre (II): Libertad y miedo al fracaso

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Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 7 julio 2013.

Claves para la regeneración de una sociedad civil libre (II):
Libertad y miedo al fracaso

Por Aniceto Masferrer. Profesor Titular de Historia del Derecho. Universitat de València.

Uno de los principales obstáculos que debe superar quien desea vivir en libertad y tener una vida plena es el miedo al fracaso. El miedo a quedar mal y a equivocarse resulta paralizante e impide el libre desarrollo de la propia personalidad, recluyendo a su víctima al ámbito de una masa anónima y amorfa, cuyos miembros no piensan, ni hablan, ni actúan por sí mismos, sino según los dictados de un pensamiento débil, pero protegido por la fuerza –potestas, no auctoritas– que le confiere su carácter mayoritario. Una democracia madura se caracteriza por la capacidad del ciudadano medio de superar esos temores que le impiden sacar de sí su mejor yo. ¡Cuántas personas no se atreven a plantearse proyectos magnánimos por temor a fracasar! Prefieren la seguridad de una vida cómoda y sin sobresaltos, que la incertidumbre y el riesgo de quien se decide por un proyecto que ilusiona y da sentido a la propia existencia. Me atrevería a decir que el miedo en general, y el temor a equivocarse en particular, constituyen el principal obstáculo para vivir auténticamente en libertad, ser uno mismo y vivir en plenitud, alcanzando la felicidad que todo ser humano busca. Controlar ese miedo –pues no se trata de hacer que desaparezca, ni de ignorarlo completamente–, es clave para gozar de una vida plena y feliz.

San Agustín decía que hay dos formas de equivocarse en la vida: una consiste en escoger el camino que no nos lleva a nuestro destino. La otra consiste en no escoger nada porque tenemos miedo a equivocarnos. Sucumbir ante el miedo, dejarse maniatar por él, optando por no perseguir aquello que a uno le ilusiona y le hace mejor por temor al error, al fracaso o al esfuerzo que pueda traer consigo, es probablemente el mayor error que uno puede cometer en su vida:

“El error más grande lo cometes cuando, por temor a equivocarte, te equivocas dejando de arriesgar en el viaje hacia tus objetivos. (…)
No se equivoca el hombre que ensaya distintos caminos para alcanzar sus metas;
se equivoca aquél que, por temor a equivocarse, no camina.
No se equivoca el hombre que busca la verdad y no la encuentra; se equivoca el que, por temor a errar, deja de buscarla.
No se equivoca el hombre que expresa lo que siente y es rechazado; se equivoca el que, por miedo a decir lo que siente, deja de expresar su amor a otra persona.
No se equivoca el hombre que comienza a cambiar dando pequeños pasos; se equivoca el que, por tratar de dar un giro total a su vida, nunca da el primer paso que inicia el camino que lo llevará a dar la vuelta al mundo.
No se equivoca el hombre que pierde su vida por jugarla en serio; se equivoca el que, por temor a perderla, la pierde en vano sin jugarse nunca.
No se equivoca el hombre que cree saberlo todo sin haber buscado dentro. Se equivoca el hombre que no busca dentro toda la verdad que yace en el centro de su ser.
Se equivocan aquéllos que no aceptan que ser hombre es buscarse a sí mismo cada día, sin encontrarse nunca plenamente” (http://mistextos.wordpress.com/2006/11/02/equivocarse/).

Comparto el parecer del autor anónimo, según el cual “quedarse en lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse con vida pero sin vivir”. El problema de dejarse llevar por el miedo es que uno entra en un círculo vicioso, en que los temores van a más: quien, por no pasar un mal rato y no sobreponerse al miedo, huye de lo que en realidad ve que sería lo mejor, logra un alivio que es tan inmediato como efímero y engañoso porque, en el fondo, uno es consciente de que ha claudicado, renunciando a lo mejor, con lo que las olas del temor vuelven a irrumpir con mayor virulencia, y el ámbito de libertad de su víctima se estrecha cada vez más. “¡Cuántas cosas perdemos por miedo a perder!” (Paulo Coelho). No le faltaba razón a Miguel de Cervantes al señalar que “al que mal vive, el miedo le sigue”.

Vistas así las cosas, el hombre se encuentra constantemente ante la encrucijada de afrontar la realidad tal cual es, con sus dolorosas consecuencias (camino angosto, de ascenso y conquista), o de ignorarla y eludirla con sucedáneos varios, a fin de evitar los sufrimientos que, en ocasiones, la realidad de las cosas conlleva (camino ancho, de descenso y condescendencia). A la postre –y con independencia del camino elegido–, el sufrimiento aparece como compañero de camino, pero mientras en el primero se encuentra una personalidad madura porque el sujeto es dueño de su actos, marcando el destino de su propia existencia, en el segundo se aprecia el itinerario de quien, realmente, no actúa en libertad, sino maniatado por el miedo en sus distintas formas (al esfuerzo, a quedar mal, a equivocarse, al fracaso, a la incomprensión, a la soledad, etc.).

En definitiva, sólo afrontando la verdad, esto es, la realidad de las cosas, uno se hace más libre y capaz de controlar ese instintivo temor al dolor y al fracaso que todo ser humano siente en su interior, y experimenta que no todo sufrimiento es nocivo: “No tengas miedo a la verdad: puede doler mucho, pero es un dolor sano” (Alejandro Casona). Hay quienes jamás logran sacar de sí su mejor yo por miedo al fracaso, prefiriendo pasar por la vida sin pena ni gloria, y renunciado a aquellos retos, sueños e ilusiones que dan sentido a la propia vida, con sus alegrías y sinsabores. No se percatan de que “sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar” (Paulo Coelho).
En esta línea, se ha dicho –y con razón – que “los problemas que nos acucian son de varias clases. No sé lo que quiero. Sé lo que quiero, pero no sé cómo conseguirlo. Sé cómo conseguirlo, pero no me atrevo. Me he atrevido, pero he fracasado” (José Antonio Marina, El vuelo de la inteligencia, Barcelona, 2000, p. 42). En definitiva, el miedo al fracaso puede lastrar considerablemente el pleno desarrollo de la vida de una persona.

Vencer el miedo constituye, por tanto, una condición necesaria para vivir en libertad. Y “conseguimos ser libres cuando obedecemos las órdenes inteligentes que nos damos a nosotros mismos” (ibidem, p. 56). Pensar de una manera y actuar luego de otra por falta de gallardía o entereza, por no superar los temores que nuestra psicología nos presenta, nos lleva a perder las riendas de la propia vida, a dejarnos llevar por la situación. Por el contrario, “nos liberamos del determinismo de las ganas o de la situación cuando mantenemos abierta la capacidad de dirigir nuestra conducta a valores pensados” (ibidem, p. 65).

La democracia de un país depende, en buena medida, de la madurez de la sociedad civil. Y esa madurez depende, a su vez, del grado de libertad de quienes la componen (libertad entendida no sólo como autonomía de la voluntad –en su dimensión descendente–, sino también como conquista –dimensión ascendente–). Superar los temores en general, y el miedo al fracaso en particular, constituye una condición necesaria para una sociedad libre y madura. Espero, querido lector, que disculpes mi atrevimiento si termino deseando que este artículo contribuya, siguiendo a Pedro Salinas, a “sacar de ti tu mejor tú”.