Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 20 abril 2014.

Claves para la regeneración de una sociedad civil libre (IX): De la primacía del deseo a los ‘derechos’ inhumanos.
Por Aniceto Masferrer. Profesor Titular de Historia del Derecho. Universitat de València.

En mi último artículo afirmaba que la sociedad posmoderna en general, y la nuestra en particular, tiene un rasgo característico que dificulta el ejercicio de la libertad y constituye una fuente permanente de violencia e injusticia social: la falta de respeto hacia los demás. El respeto, que constituye una condición imprescindible para una convivencia social pacífica y justa, es hoy el gran ausente de las relaciones humanas. En efecto, vivimos en una sociedad en la que el respeto brilla por su ausencia, tanto en las personas como en las instituciones, tanto en la vida pública como en la privada. Es como si uno viviera en un mundo en el que todo vale, en el que todo –o casi todo– es posible si se tiene el poder y la fuerza necesarios para convertir el deseo en realidad.

Erigir la satisfacción de los propios deseos en el bien supremo que garantiza la realización personal supone precipitarse por una pendiente que lleva a la falta de respeto de uno mismo y de los demás, los cuales se perciben como seres que coartan el ejercicio de mi libertad, una libertad auto-referencial, desvinculada de la realidad. “El enemigo es el otro, el extraño”, señala Friedrich Meinecke. El problema es que esta es precisamente la consigna fundamental de la sociedad posmodernista en la que vivimos, cuyo Ordenamiento jurídico tiende a elevar los deseos –incluso espurios– a la categoría de derechos subjetivos. Hace varias semanas, el exalcalde de Paris, Bertrand Delanoë, intentando defender o justificar la relación amorosa de Hollande, el presidente de Francia, reivindicó el derecho a “la pasión y al arrebato”. No se refería a un arrebato sentimental o platónico sino sexual. En efecto, si la realización personal pasa por la satisfacción de los deseos, qué menos que reivindicar un derecho a satisfacer las pulsiones de los propios deseos sexuales. Además, la garantía del ejercicio pleno y placentero de ese ‘derecho’ debe primar sobre otro tipo de vínculos personales como el existente entre madre e hijo engendrado (en el caso del aborto), o el de fidelidad entre los cónyuges (en el caso del matrimonio). Se trata, en definitiva, de romper con cualquier vínculo o realidad que pudiera impedir el ejercicio de ese ‘derecho’.

Son las denominadas políticas del deseo, cuya fuerza y presencia en Europa y Estados Unidos resultan patentes. Según ese enfoque, ningún vínculo ni realidad debieran impedir la satisfacción de los propios deseos, como el de una madre a tener un hijo o a ‘deshacerse’ de él, el de un cónyuge a poder divorciarse de inmediato si las cosas no le van como había imaginado, el de una persona mayor a dejar de vivir si la vida no le ofrece el mínimo de bienestar, el de un homosexual a contraer matrimonio…

Además, la primacía del deseo sobre la realidad de las cosas y sobre la misma naturaleza parece carecer de límites, llegando incluso a prevalecer frente al valor de una vida humana en periodo de gestación. En efecto, el aborto constituye, probablemente, la prueba más clara de que la satisfacción del deseo no tiene límites, prevaleciendo incluso frente a la vida humana. En este sentido, conviene subrayar que el origen del aborto no está en el embarazo, sino en un acto previo y necesario, esto es, en la relación sexual, que es la culminación de una de las pulsiones físicas más fuertes del ser humano. La concepción del aborto como derecho es el precio o la consecuencia de garantizar la posibilidad de gozar del placer sexual en cualquier momento y sin límite alguno (salvo en el supuesto de violación, pues ahí la relación sexual tiene lugar contra el deseo de la persona violada). El aborto es la muestra más clara de la primacía del deseo sobre el sentido de la mesura y de la responsabilidad. Desde esa perspectiva, el aborto no se concibe ya como un mal menor, sino como una condición necesaria para una supuesta ‘realización’ personal mediante la posibilidad de satisfacer el deseo sexual sin vínculos ni responsabilidades que lo pudieran restringir. Como la práctica de la pasión del deseo debería carecer de consecuencias, se pone el Derecho al servicio de este objetivo, con la consiguiente implicación del Estado y los poderes públicos.

¿Cómo puede subsistir una sociedad democrática que pone la satisfacción de los propios deseos por encima de aquellos vínculos sobre los que debería sustentarse esa sociedad? Una sociedad que desprecia realidades y valores tan importantes como la fidelidad, el compromiso, el deber, el dominio de sí mismo, la capacidad de darse a los demás, etc., es una sociedad enferma. Y si esa sociedad llegara al extremo de despreciar la vida humana en proceso de gestación, aprovechándose de su vulnerabilidad, con leyes que dejaran desprotegido a los más vulnerables, estaríamos ante una civilización de la muerte.

Esa cultura de la primacía de la satisfacción del deseo, una vez inoculada en la sociedad, tanto en las personas como en sus instituciones, no es fácil de erradicar. Además de cerrar los ojos ante la muerte de miles de seres humanos inermes y de presentar el aborto como una conquista y un derecho, quienes defienden esta postura no admiten el disentimiento de quienes discrepan de esa visión de la vida, pues entienden que sus premisas no son discutibles, y acusan de intolerantes y dogmáticos a quienes no comparten su parecer, así como de querer imponer sus creencias.

Como se trata de garantizar el pleno goce de los propios deseos, no sólo conviene deshacerse del fruto natural de la relación sexual, sino también de aquellos que no piensan como ellos, pues esa postura podría llegar a poner en peligro la supuesta ‘realización’ personal lograda al margen de la misma naturaleza y realidad de las cosas. Eso lleva a la gradual –pero perceptible– restricción de dos derechos fundamentales: la libertad religiosa y la libertad de conciencia. Quien está acostumbrado a dar rienda suelta a sus deseos sin responsabilidad ninguna (incluso a costa de vidas humanas) lleva muy mal que alguien no piense como él (¿tendrá que ver con un sentimiento de remordimiento?), y se exaspera sólo con pensar que pueda llegar un día en el que no pueda hacer lo que le plazca. Para evitar esa posibilidad, se han venido restringiendo aquellos derechos individuales cuyo ejercicio en el marco de una sociedad plural y democrática podrían propiciar un cambio en la opinión pública. De ahí la visión de la libertad religiosa como un derecho cuyo ejercicio se recluya en el ámbito privado, y de una libertad de conciencia con unas limitaciones que impiden ver satisfecho el sano deseo de pensar por uno mismo, mientras que el Derecho sí permite satisfacer –sin límite ni responsabilidad alguna– otros deseos…