Publicado en el diario Las Provicias. Domingo, 23 febrero 2014.

Claves para la regeneración de una sociedad civil libre (VII): ¿Corrupción generalizada?

Por Aniceto Masferrer. Profesor Titular de Historia del Derecho. Universitat de València.

Un informe de Bruselas publicado hace un par de semanas mostraba que el 85% de la sociedad española sostiene que la corrupción es, desgraciadamente, una realidad general, y no algo aislado, marginal o excepcional. Aunque quizá convendría conocer mejor cómo se ha llevado a cabo este informe, ese dato es estremecedor, porque, de ser cierto, sus consecuencias serían tan trágicas como claramente perceptibles. Pensar que la corrupción está generalizada en una sociedad supone creer que la mayoría de las personas que la componen están dispuestas a buscar su propio interés a cualquier precio –siempre que su conducta no termine en los tribunales de justicia–, con desprecio al más mínimo sentido de la justicia, y a costa del interés general. Si de verdad se diera, eso produciría, de inmediato, una quiebra generalizada de la confianza en las relaciones humanas, una tendencia a la afiliación a grupos o hobbies que salvaguardasen los propios intereses, así como un ambiente de permanente enfrentamiento, violencia e injusticia social.

No niego que esto no pueda percibirse en algunos sectores o ámbitos de nuestra sociedad, pero tampoco admito que esto esté generalizado. Existen muchas personas que no solo no son corruptas sino que llevan una vida ejemplar, y su conducta refleja una rectitud interior y un sentido de la justicia y del respeto que difícilmente pueden pasar desapercibidos. Son personas con las que da gusto coincidir, estar y conversar, aunque quizá no tengan una gran cultura ni hayan tenido la oportunidad –por circunstancias diversas – de leer demasiado o de ir a la universidad. Son personas de las que uno puede aprender mucho en muy pocos minutos de conversación, y que dejan un perfume de humanidad y bondad que el paso del tiempo no logra borrar de la memoria ni del corazón.
Hace unos pocos días me encontré con una de esas personas.

Al llegar a Barcelona y tomar un taxi, pregunté si se podía pagar con tarjeta y la taxista me dijo que no, y que podía tomar otro taxi si lo deseaba. Se trataba de una mujer bastante joven, apenas llegaría a los 30. Accedí a pagar sin tarjeta. Iniciado el viaje, le pregunté por qué en su taxi no era posible pagar con tarjeta. Me dijo que para ello habría que tener antena y que prefería no tenerla. “¿Y por qué renuncias a la antena, cuando esto te permitiría tener tarjeta, poder llegar a más usuarios e incrementar así los ingresos?” –le pregunté–. Se quedó pensativa unos segundos, me miró por el retrovisor y me dijo: “Porque si tienes antena, al usuario se le hace pagar cinco euros por el solo hecho de subir al taxi; además, entre los taxistas que tienen antena se dan unos tratos de favor que no me gustan porque perjudican a otros colegas; y como todo esto no me parece justo, no quiero esos ingresos adicionales”.

Su respuesta despertó mi interés y no quise dejar la conversación en ese punto. “¡Así que lo haces por un sentido de justicia!”, repuse. Al constatar que estaba delante de una persona de la que podía aprender, no me resistí a hacerle una pregunta ya más de fondo: “¿Y qué es la justicia?”. “Mira, no sabría dar una definición de ‘justicia’ –me contestó–, y me figuro que cada uno puede tener la suya, pero vivimos en una sociedad en la que parece como si la mayoría buscara su propio interés, sin reparar en el coste o perjuicio que se causa a los demás. Se producen muchas injusticias sociales…”. “¿Me puedes poner un ejemplo?”, le pregunté. “Sí, claro –me contestó–. Me produce una gran tristeza, por ejemplo, ver cómo se trata a las personas mayores, como si fueran un estorbo, después de haber pasado toda su vida trabajando y luchando por sacar sus familias y todo el país adelante”. Me dejó pensativo y preferí no hablar, pues sus palabras rezumaban más bondad y sabiduría que las que yo pudiera pronunciar. Ella, mirándome de nuevo por el retrovisor, y añadió: “Estoy casada y tengo un niño de muy pocos años. Sufro al pensar en él, en los tiempos que le va a tocar vivir, en esa sociedad que estamos dejando a nuestros hijos. Como no puedo quedarme en lamentaciones estériles, hago todo lo posible por darle una buena educación, transmitiéndole el sentido de lo bueno, de lo justo, y de otros valores como el respeto, la constancia, la reciedumbre…”. Llegamos a la calle Consell de Cent, a donde me dirigía. “Son 10.95 euros”, me dice. Le doy un billete de 20. “¿No tiene usted el euro?”, me pregunta. “No, lo siento”, respondo. “En ese caso –me dice– le cobraré 10”, me dice.

Cuando nos despedíamos, le dije: “¿Me permites un comentario?”. “Sí, claro”, me responde. Así que le dije lo que pensaba: “En esa sociedad hay mucha más gente buena de lo que pueda parecer. Gente con una gran rectitud interior, con un marcado sentido de la justicia y del bien. Apenas se las ve, pero esto no significa que no estén. Están ahí y constituyen, sin duda, el soporte de toda la sociedad, aunque generalmente no ocupen puestos de relevancia social o política, ni aparezcan en los medios. Tú eres un ejemplo de ello y aportas a la sociedad muchísimo más de que te pueda aparecer. Te deseo lo mejor y, como dicen los norteamericanos, ‘God bless you’. Muchas gracias y dale un beso a tu hijo pequeño de mi parte”.

Esta vez he querido compartir ese suceso con mis lectores, porque a mí me dejó muy removido. Sostener que todo el mundo es corrupto, además de ser falso, termina legitimando conductas injustas e irrespetuosas con el prójimo, pues uno se justifica con el pensamiento de que ‘todo el mundo lo hace’, de que ‘si no lo hago yo, lo haría otro; luego mejor que sea yo quien saque tajada de ello’, etc. Hay mucha gente buena que merece ser correspondida. No sería justo dejarse llevar por un afán desmedido de búsqueda del propio interés, ignorando el perjuicio que se causa a ancianos, niños, enfermos, personas y familias que pasan serias dificultades, así como a miles de ciudadanos que, como esa joven taxista, llevan una conducta ejemplar. No, no se lo merecen. ¿Corrupción generalizada? No. Hay más gente buena que gente corrupta. Y más habrá si procuramos –yo, el primero– seguir el ejemplo de mi último taxista.