Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 8 marzo 2014.

Claves para la regeneración de una sociedad civil libre (VIII): Respeto y justicia social

Por Aniceto Masferrer. Profesor Titular de Historia del Derecho. Universitat de València.

Todas las injusticias y corrupciones que se dan en el mundo se deben a la falta de respeto. No existe una sola injusticia que no manifieste una actitud irrespetuosa del sujeto que la haya cometido. No creo que nadie pueda poner en duda esas contundentes afirmaciones. Si esa realidad es irrefutable, es decir, si todos sabemos que el respeto constituye una condición necesaria para una pacífica convivencia en la sociedad, ¿por qué resulta tan difícil ser respetuoso? La consideración que todo ser humano se merece está ausente en las relaciones personales con bastante frecuencia. Demasiado a menudo uno constata que se habla mucho pero apenas se escucha; cuando se escucha, se hace por mera corrección pero sin voluntad de comprender ni de aprender del que habla. Con demasiada frecuencia no se valora a las personas por lo que son, por lo que hacen o por lo que dicen, sino por la concreta posición estratégica (de poder) que ocupan en un ámbito concreto (profesional, empresarial, social, político, etc.). La falta de respeto se aprecia en la esfera familiar, en la escuela, en la Universidad, en las relaciones laborales y sociales, en la calle, así como en el deporte y en la diversión. El respeto es hoy el gran ausente de las relaciones humanas. ¿Por qué uno observa tantas faltas de respeto en la vida familiar, social, política, etc.?

La respuesta es bastante simple: porque la conducta respetuosa no surge espontáneamente, no es algo espontáneo e instintivo, sino que consiste en una actitud que refleja la personalidad de cada uno, no tanto los rasgos exteriores de la persona, sino su interior, su yo más auténtico y real. Aunque las faltas de respeto pueden deberse a razones muy diversas (ignorancia, mala educación, temperamento impetuoso, atolondramiento, falta de fijeza, carácter avasallador, etc.), su raíz fundamental se encuentra en un rasgo característico del hombre y sociedad posmodernas: la hipertrofia del subjetivismo, en esa actitud narcisista que busca satisfacer el ego en todo lo que uno hace, dice o piensa, lo cual le lleva a creer –de un modo más o menos consciente– que él es mejor que los demás, y así lo va confirmando cuando cree entender que lo que hace, dice o piensa suele ser mejor que lo hecho, dicho o pensado por la gente que le rodea. Además, esa hipertrofia del subjetivismo suele manifestarse en una hipertrofia de los sentimientos, como si éstos tuvieran la última palabra, el aspecto fundamental y el principal motor de la propia conducta. De ahí que, para algunos, “herir los sentimientos” constituya el peor agravio o atentado que pueda cometerse contra alguien. Es la tendencia a pensar que el mundo gira alrededor de uno mismo y que los demás deberían rendirme un mínimo grado de pleitesía, con sus favores, agradecimientos, ofrecimientos, reconocimientos, distinciones, etc. Como no es verdad que el mundo gire alrededor de uno mismo, y la realidad siempre termina por imponerse, uno se desconcierta y entra en un infeliz laberinto que produce una insatisfacción y desasosiego permanentes. Hasta que uno no cambia de actitud, y da un giro copernicano, reconociendo que uno no es el centro del mundo –como éste no era el centro del universo, pese a lo que se vino sosteniendo hasta Copérnico–, el vacío y la frustración permanecen, provocando malestar y fricciones en el entorno. Hasta que uno no corrija el divorcio existente entre la realidad y la falseada percepción de la misma, uno no está en paz ni deja a los demás en paz.

La falta de respeto tiene su origen en el descuido o desprecio de la realidad misma, de lo que uno es y de lo que los demás son. La palabra respeto proviene del latín “respectus” y significa “atención” o “consideración”. Se podría describir el respeto como la capacidad de ver a las personas tal como son, tomando conciencia de su carácter único como individuos. El respeto es una relación, un modo de relacionarse con la realidad. Solo se puede dar, pues, en la persona y desde ella. El respeto nace del reconocimiento del valor de la realidad. Pero ¿qué actitud de respeto puede tener alguien cuyo ego le lleva a pensar que es mejor que los demás, y que éstos deben ponerse a su servicio? ¿Qué respeto puede tener alguien que no ve más allá de sus intereses “cortoplacistas” y no busca otra cosa que la gratificación de sus propias ambiciones? ¿Qué actitud respetuosa puede salir de quien cultiva un egocentrismo casi enfermizo que le lleva a buscar el propio interés o la satisfacción de los propios deseos en todo lo que hace? El respeto implica la ausencia de cualquier tipo de instrumentalización o explotación: uno debe favorecer que las personas crezcan y se desarrollen por su propio bien, empleando su propio estilo de hacerlo, y no para el propósito de servirse de ellas o para que secunden o satisfagan mi propio deseo o interés.

En efecto, la principal causa de la carencia de respeto en nuestra sociedad se encuentra en la falta de respeto a uno mismo, así como en la incapacidad por reconocer el valor de la realidad, cuando no en el deliberado desprecio de esa misma realidad, frente a una exaltación de la autonomía de la voluntad que busca la satisfacción de los propios deseos. El respeto es una actitud humana que surge del descubrimiento del valor y que lleva a la elección libre de tratar a las personas y a las cosas desde la consideración de su realidad. La actitud respetuosa es el resultado de un acto de la inteligencia (de discernimiento de la realidad y su valor) y de la voluntad (de elección de la conducta adecuada al ser de las personas y de las cosas en relación a su valor). El respeto es, pues, un acto humano (cognitivo y volitivo) que refleja la calidad ética de una persona. Como tal, exige un esfuerzo constante que, si se mantiene en el tiempo, se convierte en una actitud o hábito que facilita su ejercicio.

Anteponer la satisfacción de los propios deseos e intereses frente a la realidad de lo que uno es esencialmente, de la propia dignidad, conduce a la falta de respeto hacia uno mismo. De hecho, la falta de respeto a los demás suele ser un reflejo de la falta de respeto a uno mismo, merced a la cual uno deja de valorar el modo de tratarse a sí mismo (no cuidando el propio descanso, comiendo mal, abusando del alcohol, haciendo del sexo una actividad morbosa donde los abusos y el placer por el placer primen, etc.). “Ante todo, respetaos a vosotros mismos”, decía Pitágoras. La fuente principal del auto-respeto se encuentra en el propio interior de la persona, no en su exterior o en sus circunstancias externas. De lo contrario, uno tiende a compensar ese vacío exigiendo o mendigando –en el mejor de los casos– la consideración o el respeto de los demás, y emplea criterios erróneos de respeto (raza, color, casta, religión, sexo, nacionalidad, posición social, popularidad, aptitudes, etc.). Cuanto más se mide el respeto sobre la base de algo externo, mayor es el deseo de que los demás tengan un reconocimiento hacia uno. Cuanto mayor es ese deseo, más se es víctima del mismo y más se pierde el respeto hacia uno mismo y hacia los demás.
Sin respeto no cabe la confianza y el diálogo, claves en una sociedad plural y democrática. Y una sociedad que adolezca de un clima de respeto, confianza y diálogo, carecerá también de la paz y la justicia. Es una sociedad enferma. El respeto constituye, pues, una condición imprescindible para una convivencia social pacífica y justa.