Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 6 abril 2014.

Comunidad sin ideales, no es comunidad
Por Carmelo Paradiñas. Abogado.

Los pintores impresionistas recrearon ambientes que, alejados de todo detalle, llevaban hasta el espectador una impresión, una sensación conocida y acaso olvidada. Yo quiero recrear la impresión que el españolito medio recibió, y sigue recibiendo, de lo que, originariamente, se llamó “Mercado Común Europeo” y las sucesivas que ha ido teniendo hasta hoy.

Tengo en mi memoria la imagen del entonces presidente Felipe González, firmando en 1985 el tratado de adhesión de España a ese “Mercado Común” en el Salón de Columnas del Palacio Real, en un soberbio entorno que recordaba el glorioso pasado de España. La elección del lugar fue acertada. No creyeran los comunitarios que éramos unos advenedizos, llegados a Europa por una puerta lateral. Nos habían puesto muy alto el nivel económico a superar, pues ahora las glorias pasadas no cuentan y las economías, sí.

Ya circulábamos por esa que se nos aseguraba maravillosa autopista del “Mercado Común”: Nuestra industria y nuestro comercio iban a tener millones de clientes, ventajas e incluso desarmes arancelarios. Viajaríamos libremente por la Europa Comunitaria, podríamos instalarnos en el país de la misma que nos apeteciera y en él ejercer nuestro comercio o profesión. Tendríamos moneda común…

Aceptamos que para circular por esa autopista teníamos que pagar un peaje, pero cuando llegó la factura, tuvimos el primer sobresalto: aquello era carísimo. Desaparecía nuestra querida peseta –el cambio al euro fue una pesadilla-, había que satisfacer un fortísimo impuesto, el IVA – fue una pesadilla aun mayor-, había que remodelar e incluso olvidar algunos aspectos de nuestra agricultura y nuestra ganadería tradicionales…hasta tuvimos que cambiar las matrículas de nuestros vehículos a un comunitario anonimato. Y muchas cosas más.

Al pasar el tiempo, el españolito medio comprobó que aquellas iniciales promesas tenían letra pequeña. Quienes intentaron ir a trabajar a Inglaterra, Alemania o Países Bajos, por ejemplo, lo comprobaron. Se nos advirtió expresamente que no íbamos a cerrar ese paradisíaco mercado europeo a países foráneos, que no se iba a seguir una política proteccionista. Los que, ilusoriamente, pensaron que la unidad de moneda acercaría el poder adquisitivo de los europeos, se desengañaron al ver cómo los turistas alemanes o franceses gastaban a puñados esos nuevos euros que a nosotros tanto nos costaba ganar. Y hasta vimos, perplejos, que cada país tenía sus matrículas de vehículos, que en nada se parecían a las nuestras, ya convenientemente anónimas.

Supimos que algunos sectores habían empezado a recibir cuantiosas subvenciones. Mas cuando resultó que, al suprimir la subvención, esos sectores no podían sobrevivir, todos nos preguntamos qué criterio era ese de subvencionar con dinero público comunitario, actividades que lo que tenían que hacer era reestructurarse o desaparecer por inviables.

La cosa se complicó más. Las naranjas que comíamos en Europa venían de Marruecos, las hortalizas, de países en ocasiones impensables de Africa o América; textiles, utensilios y artículos industriales todos ellos de pésima calidad, de China. Y nuestros agricultores, industriales y confeccionistas, a buscar desesperadamente comercios lejanos e, incluso, ir cerrando unos detrás de otros…¿Eso era el Mercado Común Europeo?

Paralelamente, el españolito contempló como a esa Comunidad se iban añadiendo países económicamente depauperados que aportaban un alud de mano de obra, generalmente sin cualificación, que inundó nuestro ya asfixiado mercado laboral y que, ante la necesidad de subsistir y no tener medios, incrementó el colectivo de mendigos y delincuentes. Curioso contraste: Suiza no solicitó nunca su adhesión e Inglaterra, a la que –yo nunca supe por qué- se permitió adherirse a medias, nunca ha renunciado a esas otras medias que se reservó.

Y resultó que, paladinamente, sin que ese españolito medio llegara a enterarse, lo que nació como una comunidad económica, se pretendía convertir en una comunidad política. Vio que estábamos cediendo parte de esa sagrada pertenencia que se llama soberanía a una compleja autoridad supranacional que ni siquiera habla nuestro idioma. Y que la máxima autoridad alemana, como antes habían intentado sus antecesores Guillermo y Adolfo, estaba consiguiendo hacernos marcar el paso de la oca. Y que un tribunal de aquellas latitudes, había puesto en la calle a nuestros presos más peligrosos, sin que la justicia española pudiera decir ni pío.

He dicho, intencionadamente, que se pretendía convertir en una comunidad política, porque conseguirlo ya es otra cosa. La Historia ha conocido muchos intentos de este tipo, -no todos por las buenas-, con diversos fundamentos pero tres elementos comunes: unos ideales, un líder carismático y un pueblo a ellos entregado. Muchos de esos intentos fracasaron, como el de los antes mencionados Guillermo y Adolfo, o el comunismo, y otros prosperaron, como el Sacro Imperio Romano Germánico, o los Estados Unidos de Norteamérica. De uno u otro orden, acertados o equivocados, todo ellos tuvieron ideales, líderes carismáticos y fervor popular. Y honradamente opino que si los líderes de los que fracasaron hubieran medido bien sus fuerzas, hubieran dado mucho más que hablar… y que padecer.

La Unión Europea, Mercado Común, o como quieran llamarlo, no ha tenido ninguna de las tres cosas. Ni siquiera Konrad Adenauer pudo llamarse líder, porque no había nada que liderar. El tinglado comunitario se ha montado sobre bases estrictamente económicas, exaltación de un capitalismo a ultranza. Y eso no son ideales que propicien la aparición de verdaderos líderes ni movilicen el fervor de las masas.

Eso es lo que en Valencia se llama un “empastre”, sinónimo popular con el que se define algo chapucero, que normalmente se trata de solucionar con huidas hacia delante e imprevisibles resultados.