Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 19 junio 2011.

Contra el laicismo lacerante

Por Juan Alfredo Obarrio. Profesor Titular. Universitat de València.

“Cuanto más se les consiente y se les soporta –en referencia a los católicos–, peor responden. Sólo entienden del palo y de la separación de los campos”. La frase no es de Goebbels, es del antaño demócrata-cristiano Peces-Barba, personaje que no ha dudado en afirmar que “quien marca el modelo de enseñanza no son los padres, es el Estado”, porque, a su juicio, “los padres no se han preocupado nunca de la educación de los niños”, de ahí que “la Educación democrática corresponde a los poderes públicos”, unos poderes que deben negar a los padres el derecho a reclamar un territorio propio para sí y sus familias, “porque hay que superar la confusión que hay desde sectores católicos extremistas, de que el tema de la educación es cosa de los padres”.

Como lo único que pretendo es subirme a la palestra de la palabra, y cuestionar a quienes sostienen que “el poder es la verdad, y quien lo ostenta, la encarna”, intentaré hacer ver que si aceptamos los planteamientos del laicismo integrista, convertiremos al Estado en el único hacedor de la verdad, de forma que la identidad y la libertad del individuo quedarán vaciados de todo significado, lo que me haría dudar en qué fase de la Historia propuesta por Marx nos encontramos: si en la tragedia o en la comedia.

Con su equivocada arrogancia, su crítica exagerada y su desprecio por la Iglesia católica, Peces-Barba intenta reducir la evolución de Occidente a una concepción maniquea entre el bien y el mal, entre el saber y el creer, entre la Iglesia y la libertad, lo que le lleva, como a su partido, a desconocer que los grandes cambios de la Historia, si bien se producen durante un período reducido de tiempo, suelen ir precedidos de años de oculta germinación y de una difícil cuantificación, en los que el pensamiento cristiano, y, en particular, el católico, han jugado un papel decisivo, no sólo por su valor de brújula en el ámbito de la moral, sino como catalizadora de la cultura, del arte, del desarrollo de la universidades, de buena parte de la ciencia, y de unos movimientos y de unas doctrinas que enseñan, como afirmaba Juan Pablo II en su Homilía a los universitarios, que la “la Iglesia no tiene preparado un proyecto de escuela universitaria ni de sociedad, pero tiene un proyecto de hombre, de un hombre renacido por la gracia”, que no acepta ninguna barrera social ni geográfica, porque, como leemos en la Carta a los Gálatas, “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”, cuyo mensaje se convirtió en la antesala de la propia Modernidad, a la que se llega por el universalismo igualitario, herencia directa de la ética cristiana de la justicia y del amor.

Por esta razón, y como ya hiciera Benedetto Croce en su espléndido, lúcido y vigoroso ensayo titulado “Por qué no podemos considerarnos no cristianos”, publicado en 1942, ni comparto que el Estado sea el único maestro de la virtud –ni maestro, ni virtuoso–, ni defiendo a un relativismo que nos convierte en apátridas de nuestras raíces y de nuestra identidad, de un anti-catolicismo que nos oculta lo que fuimos y que nos enseña lo que no somos, lo que nos lleva en una especie de autofagia, cuya máxima paradoja consiste en ser comprensivos, hasta la inclinación, con algunos fundamentalismos que nos son muy próximos, pero agresivos contra los principios católicos, porque éstos, al defender que el valor de la dignidad humana es previo a toda acción o decisión política, son considerados vestigios de una inmadurez intelectual, lo que los hace antagónicos con una cultura moderna que pretende construir un “hombre nuevo” sobre las cenizas del antiguo; de ahí que se nos diga que un Estado paternalista tiene la obligación, no sólo de velar por nuestros intereses, sino de “re-educarnos” sobre un bien moral, impuesto por decreto y custodiado mediante severas sanciones, que nos enseña que no existe una verdad, ni un vínculo ético común, sino la suma de muchas creencias particulares, ideario que nos conduce, irremediablemente, a una sociedad sin identidad y a una ética sin verdad.

En esta cuestión, quien se encuentre pertrechado de conocimientos y mantenga la serenidad de juicio, que haga su propio balance, porque se trata de una experiencia que requiere de un compromiso intelectual, de un examen crítico y de una reflexión que, en lo que a mí respecta, me ha llevado a conocer la grandeza del mensaje de la Iglesia, y el valor no contingente de su palabra y de su testimonio: el único que me invita a cultivar la esperanza, y a recordar con nostalgia las palabras valientes y veraces de un político de la altura de Schuman, cuando sostuvo –ante el primer Parlamento europeo– que “todos los países de Europa están penetrados por la civilización cristiana. Ésta es el alma que es preciso volver a darle a Europa”. Ésta, y no la de Peces-Barba, es el alma que deseo transmitir a mis hijos, a cuya educación me debo.