Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 15 diciembre 2013.

Cotizar esperanza por Pilar González Gomis

La nuestra es una sociedad desesperanzada. Existe una profunda y triste desesperanza vital que se extiende, pero es una desesperanza tan moderna que se camufla en unos sueños que tampoco lo son. Samuel Johnson decía que “donde no hay esperanza no puede haber esfuerzo”. Pues bien España no quiere esforzarse más. España no quiere ser España.

La esperanza es virtud cristiana porque va pareja al esfuerzo, actitud cristiana.
La esperanza es hallarse a los pies de un camino estrecho, tortuoso y arriesgado y aun así empezar a caminar porque al final se vislumbra un poco de luz. El esfuerzo sin esperanza no edifica, se queda en una lucha rutinaria que no trasciende.

En los últimos cinco años de crisis se han analizado incesantemente los problemas de la nación, tanto los coyunturales como los estructurales, se han popularizado palabras de enjundia que han pasado a utilizarse en toda conversación de barra de bar que se precie. Todo el mundo ha pontificado sobre los males de España y los ha resuelto con diagnósticos más o menos acertados. Pero esos bares, al final de cada jornada, han cerrado sus puertas y las soluciones han quedado dentro, rondando, dejando ese poso agridulce en las conversaciones.

Y lo cierto es que nadie se ha parado a pensar que España está vacía de esperanzas, sus ilusiones están huecas, son ilusiones que duran un tweet: ese tweet reivindicativo, combativo pero que se agota conforme queda atrás en la lista. Son ilusiones de colorines, de logos, pero a las cuales les falta la trascendencia que las convierte en poderosas, en cohesionadoras, en fuente de espiritualidad.

El ejemplo que desde mi punto de vista ilustra esta dejación en la tarea de esperanzarse es el actual sistema de pensiones, que en un intento kamikaze está intentando salvarse a toda costa.

En primer lugar quisiera matizar que es cierto que no se puede implantar un cambio radical en su capitalización y distribución dejando desamparados a los pensionistas actuales, pero al mismo tiempo, es innegable que los pensionistas actuales están más desamparados que nunca. Se dan ciertos problemas endémicos que están condicionando la sostenibilidad de este sistema: caída en picado de los nacimientos que dirige a pirámides de población invertidas, el aumento desmedido del desempleo que hemos tenido la triste suerte de presenciar estos últimos años, aumentos del IPC que no van de la mano con las pensiones. Y mientras tanto el pensionista español ha dejado a cargo del Estado, cómo, cuándo y porqué ilusionarse con un dinero que sólo él ganó.

Lo que el trabajador aporta se colectiviza en un fondo y eso conlleva la pérdida de derechos sobre el dinero que él generó. Actualmente el trabajador debe asimismo jubilarse a la edad exacta que le dicta el Estado, contabilizando únicamente los últimos quince años cotizados para decidir la suma de la pensión. El pensionista, aparte de que cobrará menos de lo que cobraba cuando trabajaba, recibirá siempre una renta fija y exacta procedente del Estado… Es difícil imaginar un control del Estado más férreo y una injerencia más notoria en la forma de gestionar la vida de cada uno que ésta. En cierta forma es dejar que el Estado juzgue cuál es el precio de toda nuestra vida laboral.

Y sin embargo, y pese a las mayores y más conocidas bondades del sistema privado de capitalización de las pensiones, la omnipresente turba iracunda amenaza las calles cada vez que se plantea una privatización de éstas.

Les es indiferente la mayor flexibilidad a la hora de abonar los pagos y a la hora de recibir la pensión, les es indiferente que el dinero propio siga siendo propio y no se colectivice para sostener un sistema que necesita de más de un parche.

Todo eso a esta muchedumbre sedienta de más Estado le da igual porque lo que importa es que siga siendo el Estado quien te diga qué clase de ciudadano ser. Ya que nos han igualado en las oportunidades de inicio que nos igualen también como súbditos en el momento del ocaso. Como decíamos no hay mayor pesadilla estatista que ésta, en la que frívolamente se juzga tu contribución laboral y se te impone cómo recibir la contraprestación y qué uso hacer de ella. Y por tanto te anulan la decisión de esforzarte y esperanzarte con el trabajo diario de cada uno, en un intento por descollar.

Fue Nietzsche quien dijo que “la esperanza es un estimulante vital mayor que la suerte”. Pues bien de alguna forma esta sociedad ha relegado esa tarea de ser ciudadanos con sentido de la esperanza, esto es, con sentido del futuro, y ha decidido ser una sociedad que se esperanza (y también se enfada) cuando el Estado lo dice.

La esperanza no es algo propio de necios; por algo fue elevada a los altares: por su espíritu de futuro que te convierte en lo mejor de ti mismo. Volvamos, pues, a esperanzarnos y a colaborar por un futuro que no es sólo para nosotros mismos sino para todos.