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El barrio, convivencia natural

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Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 26 febrero 2012.

El barrio, convivencia natural
Por Carmelo Paradinas. Abogado.

Los españoles soportamos –a duras penas-, el peso de cinco administraciones públicas: local, provincial, autonómica, nacional y comunitaria. Contrasta este dispendio con una frase que últimamente se está oyendo mucho: ‘las mejores cosas de la vida son gratis’. Ni la frase puede tomarse al pie de las letra ni se puede pretender que la administración de un país sea, no vamos a decir gratis, sino ni siquiera barata. Pero entre la filosofía de esa frase y la de aquel dispendio administrativo, parece haber un inquietante desajuste. Lo que parece innegable es que las cosas naturales y sencillas siempre acaban resultando mucho más baratas que las artificiosas y complicadas.

En el terreno de los ámbitos territoriales con que –no por azar, claro está- he iniciado este artículo, tenemos un ejemplo paradigmático de una cosa buena, no gratuita pero sí muy barata: el barrio. El barrio, en singular, no “los barrios”, que puede sonar a estudio urbanístico, cosa fuera de mi intención. De hecho, las anteriores menciones a las administraciones públicas, costes y carestías, no son más que puntos de referencia para presentar a nuestro protagonista, como cuando Cervantes nos presenta a Don Quijote antes de adentrarse en sus andanzas y sus locuras.

Yo vivo en la misma zona hace más de cuarenta años, pero confieso que hasta hace relativamente poco no he cobrado conciencia de lo que mi barrio es y lo que para mí significa. Ha sido un descubrimiento por fases; si me permiten la vulgar comparación, como quien come una alcachofa. Vas quitando hojas hasta llegar al corazón, suculento, insospechado.

Primero percibes su utilidad práctica. Las personas nos movemos en las ciudades con un intuitivo sentido eurístico. Aprendemos que lo razonable es buscar en nuestro barrio lo que necesitamos, sin necesidad de desplazarnos a la otra punta de la urbe. Él colabora en ello viniendo a nuestro encuentro con servicios optimizados, con establecimientos cada vez mejor surtidos y con una atención personalizada, porque todos nos conocemos. Y, primer hallazgo, ‘te encuentras cómodo’.

Pero un día empezamos a percibir, desde nuestra propia ventana, el encanto de los rayos del sol poniente llegándonos dulcemente sobre las terrazas de las casas fronteras, el brillo de las calles en un día de lluvia o los gritos lejanos de niños que juegan en un jardín. Y se repiten, siempre iguales, siempre fieles, un día y otro y acabas por comprender que son algo tuyo. Y, segundo hallazgo, ‘sientes que estás en tu hogar’.

Por fin, otro día, con la inesperada y explosiva luminosidad de las grandes revelaciones, descubres a la gente que contigo lo comparte: ‘y ese día has llegado al corazón del barrio’, que es, ante todo y sobre todo, convivencia, una convivencia tan natural que pasa desapercibida.

El hombre es animal social, pero no gregario. La moderna psicología ha cuantificado unos círculos de tolerancia. A partir de determinados metros, solamente toleraré a personas a las que me unan ciertos lazos. En distancias más cortas, solamente los más íntimos se librarán de mi rechazo, matizado de repugnancia e, incluso, de violencia. En el escenario de la vida cotidiana, el barrio está situado, de forma natural, en el círculo óptimo de tolerancia. Ni tan cerca que los demás me agobien ni tan lejos que me resulten ajenos. Pienso que ahí está su éxito. Una frase muy apropiada para describir esto es la famosa “cada uno en su casa y Dios en la de todos”, que no es tan egoísta como puede parecer, porque si Dios está en mi casa, siempre habrá en ella un hueco para los demás. Te das cuenta de que ese hueco existe cuando te enteras de la enfermedad o fallecimiento de alguien de tu vecindario a quien solamente conocías de vista, y lo lamentas sinceramente, como algo tuyo. O cuando ves que, víctima de la situación económica, desaparece un establecimiento que conocías desde siempre y te sientes como si alguien se hubiera metido en tu casa y te hubiera robado un apreciado recuerdo de familia.

La naturaleza, además de hacernos envejecer desde el mismo instante de nuestro nacimiento, suele, a partir de cierta edad, agriarnos el carácter y endurecer nuestro gesto. Vemos reflejada nuestra propia imagen y no asustamos. Labios apretados, entrecejo fruncido, mirada desafiante…¿Pero ese soy yo? Pues probablemente no, pero es la imagen que ofreces. Hay animales letales que avisan de su gran peligrosidad con colores o aditamentos corporales de uno u otro orden. Junto a ellos, otros animalillos inofensivos han aprendido la eficacia de esas “pinturas de guerra” y las han copiado, precisamente, para defenderse de los que son más fuertes y peligrosos. Opino que, de alguna manera, esa ferocidad de gesto puede tener ahí su origen a pesar de que en nuestro barrio, no necesitamos defendernos de nadie con esas “pinturas de guerra”. Pero, como antes decía yo, es cosa de la naturaleza…Deberíamos hacer un ejercicio de buena convivencia y echarnos a la calle con el propósito de dulcificar nuestro gesto. Sería una pequeña aportación en beneficio de nuestros vecinos y nuestro barrio, además de ámbito natural de convivencia, se convertiría en un lugar aun más cálido y acogedor.

Finalizaré este artículo opinando que el barrio del siglo XXI necesita, para conservar su sentido real y su buena salud, mantenerse totalmente al margen de la política. Los anarquistas no tendrán otras virtudes, pero hay que reconocerles cierto gracejo en las pintadas con que ensucian las paredes de nuestras ciudades. Hace unos años, leí una muy simple: “De la política sólo viven los políticos”. Afortunadamente, por el momento, la irrupción de la política a nivel de barrio solamente se ha manifestado en agrupaciones o asociaciones detrás de las cuales se veía tan patente la oreja del partido o tendencia política que los propiciaba, que han carecido de mayor trascendencia fuera de su propio ámbito.

Y así es deseable que se mantengan las cosas para evitar que el barrio caiga en manos de grandes organizadores como los que han creado las cinco administraciones públicas con que empezábamos, de las que, por lo menos, sobra la mitad.