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EL HOMBRE EN BUSCA DEL SENTIDO. Juan Alfredo Obarrio

EL HOMBRE EN BUSCA DEL SENTIDO. Juan Alfredo Obarrio

«EL HOMBRE EN BUSCA DEL SENTIDO»

 Juan Alfredo Obarrio Moreno

Profesor Titular de la Universidad de Valencia

Grupo de Estudios Sociales e Interdisciplinares

Publicado en Las Provincias el 28 de Diciembre de 2014

 

Marzo de 1938. Las tropas de Adolf Hitler entran en Viena. Aquella fatídica tarde, Viktor Frankl está dando una clase de psiquiatría. De repente, la puerta del aula se abre con estrépito. Un joven irrumpe vestido con el uniforme del partido nacionalsocialista. Se mantiene erguido bajo el dintel de la puerta. El joven profesor, de origen judío, no se inmuta, continúa su clase como si su vida no corriera peligro: “Como les iba diciendo, he conocido personalmente a S. Freud. Para él el motor de todos los actos del hombre están movidos por el afán de placer, pero yo no estoy de acuerdo. También he pertenecido a la Segunda Escuela Vienesa de Psicología. Según Alfred Adler, el motor de todos los actos del hombre es el afán de poder, pero no estoy de acuerdo. El afán de placer y de poder puede mover a algunas personas cuando están enfermas o locas de remate. Lo que realmente mueve al hombre es la búsqueda del sentido de la vida. Porque el hombre se siente frustrado o vacío cuando no encuentra una tarea que realizar, o alguien a quien amar, incluso por quien sufrir. Lo único que no se debe reprimir es la búsqueda de ese sentido, y llegado el momento: del sentido de la muerte”. Meses después, V. Frankl, su esposa y sus padres fueron conducidos al Campo de exterminio de Auschwitz, donde, en cada fosa, podemos entrever una muerte sin sentido, un dolor oculto y escondido que nos revela que la intolerancia no se puede cubrir con el velo del silencio.

No creo equivocarme en exceso cuando explico a mis alumnos que la historia de un hombre nos la aporta la personalidad que ha transmitido a su tiempo. La mayor parte de nosotros apenas dejaremos una leve huella en las vidas de quienes nos acompañaron; otros, en cambio, llegan a nuestras vidas, las alcanzan, las modelan y nos dejan un surco que permanecerá indeleble en el resto de nuestra existencia. Sin duda, Viktor Frankl es uno de esos hombres. Su vida, como su obra, son un testigo directo de esa violencia homicida contra lo más frágil e indefenso, de esa lucidez perversa que supuso la cultura alemana de los años treinta, pero no la usó para envenenar su pasado, ni para ensalzar su persona, sino para contarnos que no es el sufrimiento lo que hace madurar al hombre, sino el sentido que le damos a ese dolor, a ese inmenso horror que produce visualizar el tormento y la muerte diaria de miles de inocentes, la tristeza de saber “que los mejores de entre nosotros no regresaron de los campos”. No lo hicieron sus padres y su joven esposa, a los que la barbarie no les concedió una nueva primavera de paz. Él lo supo, y vivió con su recuerdo.

Pero como ocurre con gran parte de los autores clásicos, posiblemente V. Frankl sea uno de esos autores de los que todo el mundo ha oído hablar, pero del que es inútil formular pregunta alguna sobre él, y sin embargo, su libro El hombre en busca del sentido es una obra única, de la que es menester salvar de la hoguera de las vanidades. Y lo es porque no nos exime de pensar, ni nos oferta eslóganes envueltos en celofán. Muy al contrario, su contenido nos desvela la gran verdad de la vida: el talante con el que un hombre acepta su ineludible destino y todo el sufrimiento que le acompaña, le ofrece la singular oportunidad de dotar a su vida de un sentido más profundo. Esa libertad interior, que nadie nos puede arrebatar, es la que confiere a cada existencia la razón para vivir. Es en esa decisión personal donde reside la posibilidad de atesorar o rechazar la dignidad moral que cualquier situación difícil ofrece al hombre para su enriquecimiento interior. Nadie puede escapar de esa decisión. Allen Ginsberg, para muchos, el mayor gurú de la cultura pop, lo experimentó en su marchita piel: “he visto a las mejores cabezas de mi generación escupir sobre el crucifijo cristiano en nombre de la razón, para luego terminar dando tumbos, perdidas, entre tinieblas, en busca de una nueva vaca sagrada que les salvase del nihilismo y de la desesperación”.

 

Los años nos enseñan que la vida del hombre, del hombre que se arriesga a conocerse a sí mismo, es una vida de máximos que escapa del reduccionismo y se eleva por encima del plano material en que muchas corrientes de pensamiento nos pretenden encorsetar. Sartre exclamaba que el hombre se inventa a sí mismo. No es verdad. La experiencia nos revela que el hombre no traza el sentido de su existencia, sino que lo descubre. El hombre no es creador de su destino, es su arquitecto. Y lo es porque es capaz de dar las oportunas respuestas a las preguntas que su conciencia le realiza. Viktor Frankl lo experimentó en los campos de Auschwitz y Dachau. Descubrió que el hombre es un ser moral, cuya la libertad interior puede elevarlo muy por encima de un destino adverso. Y más aún si lo hace por la vía del sufrimiento, por la vía de su propio sacrificio. Aprendió que si el hombre no se limita a existir, sino a trazar las líneas de su propia existencia, podrá comprender que posee la libertad para cambiar a cada instante; podrá sentir que la libertad no es la última palabra, sino sólo la mitad del la verdad. La verdad con mayúsculas la halló en esta evocadora reflexión: “Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas para decidir su propio camino”. Y lo supo cuando comprendió que el hombre “Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que inventó las cámaras de gas, pero también es el ser que entró en ellas con paso firme y musitando una oración”. Este es parte de su legado. Ahora nos toca a nosotros decidir el nuestro.