Publicado en el diario Las Provincias. Lunes 26 diciembre 2010.

El principio de laicidad en una sociedad plural
Por Juan Alfredo Obarrio Moreno. Profesor Titular de Derecho Romano. Universitat de València.

Como todo artículo de opinión tiene, entre otros fines, el debate de las ideas, lo que nos sitúa en el ámbito de lo pre-político, debo advertir, de entrada, que mi modelo ideal tiende a reconocer la laicidad del Estado, pero entendida en su vertiente más positiva, aquella que aparece recogida en la Dignitatis humane del Concilio Vaticano II, donde la Iglesia reconoce la separación entre la religión y la política, la neutralidad religiosa del Estado, de un Estado que no se cierra a priori a la dimensión religiosa, por entender que éste no es un hecho abstracto o a histórico, o, si se me permite, porque sostengo en toda su plenitud las palabras vertidas por Habermas en su obra Tiempo de cambio, cuando, tras afirmar que es el cristianismo y no otro el fundamento de la libertad, de la conciencia, de los derechos del hombre, de la democracia y de los cimientos de la cultura Occidental, concluye con la siguiente afirmación: “tomar una conciencia cada vez más clara de nuestras raíces judeo-cristianas, no sólo no es un obstáculo al intercambio cultural sino que es lo que lo hace posible”.

Esta línea argumental me lleva a reconocer que las comunidades religiosas, con independencia de su peso cuantitativo, pueden influir en la formación de la opinión y de la voluntad pública con contribuciones relevantes, ya sean de orden moral o de carácter jurídico-político. Y así, en una sociedad plural como la nuestra, las comunidades religiosas pueden y deben, como cualquier otro colectivo o gremio, intervenir en la política de un mundo secular en polémicas como la legalización del aborto, de la eutanasia, en torno a cuestiones bioéticas de la medicina reproductiva o sobre cualquier otro tema candente, porque en estas cuestiones, el estado de la argumentación es tan intrincado que en absoluto puede vislumbrarse de antemano qué parte puede invocar las directrices morales correctas.

Mayor controversia podría plantearse cuando una o varias comunidades religiosas tienen la pretensión de plantear líneas de pensamiento contrarias a posibles políticas que están en clara contradicción con sus propias creencias. Mi pregunta sería ¿se socavaría así la necesaria y justa separación entre la Iglesia y el Estado? A mi juicio la respuesta no puede ser unívoca, dependería de cómo estos actores religiosos comprendieran cuál es su papel y lo practicaran. Así, si únicamente actuaran como una suerte de “comunidad de interpretación” en el interior del marco constitucional, limitándose a propagar sus argumentos plausibles universalmente a todos los ciudadanos, sean o no creyentes, no se estaría vulnerado la mencionada separación Iglesia-Estado. Lo contrario, el negarles la posibilidad de plantear sus criterios e influir en la sociedad, podría dar lugar al denominado laicismo ideológico del Estado, lo que determinaría que éste abdicara, de algún modo, de su supuesta neutralidad para generalizar una visión laicista del mundo, lo que impediría ese doble proceso de aprendizaje, proceso en el que el punto de vista laico correcto consistiría en no descartar que algo de positivo se alberga en el ámbito sacral, ámbito que acoge, como sostiene Díaz Salazar, los fundamentos pre-políticos del Estado democrático.

Es por esta razón por lo que personalmente no me siento cómodo ante la defensa rawlsiana del Estado neutral. Para el filósofo John Rawls, las creencias morales y religiosas deben quedar fuera del consenso constitucional. En virtud de este criterio, se sostiene que, si bien las doctrinas religiosas constituyeron la base de la sociedad, hoy ésta ha dado paso a principios constitucionales en los que se pueden reconocer todos los ciudadanos, lo que conduce a que los distintos credos religiosos y morales queden relegados del debate público. Ante esta argumentación, mi pregunta sería: ¿censuramos a Martin Luther King, un hombre de fe, que recurrió a su religión para condenar los prejuicios raciales con una gran efectividad? ¿Reprobamos al Arzobispo Desmond Tutu por su lucha contra el apartheid en Sudáfrica en los años 80 y comienzos de los 90, o a la propia Iglesia cubana cuando lucha por la excarcelación de los presos políticos en Cuba? ¿Se censura en los medios oficialistas al premio Nobel de la paz, Barack Obama, cuando, lejos de restringir su fe en la Palabra al ámbito privado, la ostenta públicamente como un rasgo más de su personalidad política, y de la que dio buena cuenta en su discurso de toma de posesión a la Casa Blanca? Y si no lo hacemos con Obama ¿por qué impedimos que un Doctor y un docente universitario –Universidad de Münich-, como Monseñor Rouco Varela, pueda dar una conferencia en una Sede Universitaria?

Por mi parte, lejos de toda descalificación, lo único que pretendo es defender y hacer explícita una línea de argumentación que justifique la existencia de un Estado laico tolerante, de una visión positiva de la laicidad, porque, como afirma Bobbio, “el espíritu laico no es en sí mismo una nueva cultura, sino la condición de convivencia de todas las posibles culturas”. Es por esta razón por la que creo conveniente que se mantenga abierta la aportación jurídico-política en el espacio público para cualquier contribución, con independencia del lenguaje en que se presente. Y esta admisibilidad de expresiones religiosas en la esfera pública no puede fundamentarse sólo en el mero respeto a unas personas que no son capaces, o no desean desdoblar sus convicciones y su vocabulario, dejando la parte sacra en los lares familiares, y la parte profana para el ámbito social, sino que existe una razón ulterior, y es la que me lleva a pensar que no deberíamos reducir precipitadamente la complejidad de la diversidad de las voces públicas. Y en este sentido, el Estado haría bien en propiciar todos los cauces necesarios para que los individuos y las comunidades se pudieran expresar espontáneamente, porque, de no hacerse, a la sociedad se le privaría de unos valores, de una identidad o de un sentido de pluralidad, que nos haría recordar que la visión de Orwell, en su 1984, o la de Ray Bradbury, en su Farenheit 451, aún es posible.

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