Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 2 febrero 2014.

El problema catalán
Por Juan Alfredo Obarrio Moreno. Profesor Titular de la Universitat de València.

A lo largo de mis años de docencia siempre he tenido la idea de que mi tarea como profesor en una Facultad de Derecho implicaba algo más que exponer a mis jóvenes alumnos la materia propia de la asignatura que imparto, lo que me ha llevado a explicarla entrelazándola con aquellos textos y autores que han conformado mi bitácora de viaje, lecturas que me han enseñado que hasta el más mínimo suceso puede convertirse en un lección de Historia que cabe analizar e interpretar, y no sólo desde el presente, sino desde el pasado, lo que nos permite contemplarlo sin malquerencia –sine ira et studio-, bajo ese depósito de sabiduría que representa la tan denostada Antigüedad; una Ciencia que nos enseña que la escritura histórica se confecciona de una multiplicidad de voces que dan coherencia a ese trabajo siempre insatisfactorio e inacabado de entrelazar los fragmentos de un pasado que es ya Historia: nuestra Historia.

Uno de esos ejemplos controvertidos sobre el que algunas veces les he hablado a mis alumnos es el nacionalismo. “Como soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles”, que diría don Quijote, les hago ver que el tema no es actual, es algo que ya T. S. Eliot había observado con toda su crudeza en su artículo ¿Qué es un clásico?, de 1945: “En nuestra época está naciendo un nuevo tipo de provincianismo –el nacionalismo- que acaso merezca un nombre nuevo. Es un provincianismo para el cual el mundo es propiedad exclusiva de los vivos, una propiedad sobre la que los muertos no tienen derechos. Y el peligro de esta clase de provincianismo es que todos, todos los pueblos del globo podamos volvernos provincianos; y que todos quienes no se conformen con ser provincianos no tengan otra opción que volverse ermitaños”. ¿Cabe una reflexión más serena, actual y acertada del nacionalismo?

Un supuesto paradigmático de provincianismo es el mal llamado “caso catalán”, en el que cabe observar cómo el ideario vital e intelectual del nacionalismo se abrazó a un vehemente deseo por recuperar un pasado que –como todo suceso que ha acaecido- es irrecuperable, lo que les hizo experimentar un profundo sentido de no pertenencia al único país en el que han habitado y del que son parte esencial. Ese sabor amargo de derrota y de memoria perdida que inculcan a los alumnos en los parvularios, en las escuelas, en los institutos y en buena parte de las Universidades, les ha llevado a confeccionar una “ego-Historia”, conformada por mitos, leyendas o por fundamentos ideológicos que han quedado sacralizados en el imaginario del romanticismo patriótico catalán, y que si se analizan de forma desapasionada y científica, se observa que son escritos en los que sólo late el deseo preeminente de cantar las excelsitudes de una supuesta patria propia por encima del rigor intelectual.

Y así, desde las obras de Pompeu Gener o Valentí Almirall se viene hablando de la “anormalidad española”, de la contraposición entre la Castilla guerrera y estéril, con la Cataluña próspera y comercial, ya que “los catalanes y los vascos son los trabajadores de España”, o, como diría recientemente el aragonés Durán y Lleida, “en otros sitios de España, con lo que damos nosotros de aportación conjunta al Estado, reciben un PER para pasar una mañana o toda la jornada en el bar del pueblo”. No debemos extrañarnos, porque toda gran mentira –y la manipulación sistemática de la Historia lo es- necesita de comisarios políticos que la defienda y la difunda; y en Cataluña, por desgracia, hace ya mucho tiempo que la realidad del pasado se mezcla con buenas dosis de imaginación, de ficción o cuando no, de exabrupto, como el ya enternecedor ¡España nos roba¡

Un buen conocedor de su historia y del devenir nacionalista como Josep Tarradellas, nos dejó estas reveladoras palabras en su introducción a su libro Recuerdo de un retorno: “Los catalanes no renunciaremos nunca a nuestros derechos, a nuestras instituciones y libertades. Y no renunciaremos a ellos dentro de España”. A mi juicio, ésta es la clave del conflicto catalán: la permanente reivindicación de un nacionalismo excluyente que exige que sus instituciones y sus libertades históricas se desarrollen fuera del marco constitucional, aun a sabiendas que en la Constitución se da un amplio margen para encajar y respetar las singularidades históricas, siempre y cuando éstas se integren dentro de la necesaria e imprescriptible igualdad ante la ley, la que llevaría a que los españoles que viven en Cataluña, pero que han nacido fuera de ella, puedan estudiar en su lengua materna o rotular en su idioma sin miedo a ser sancionados o discriminados, tal y como ha sancionado el Supremo y el Constitucional en reiteradas ocasiones.

Leyes que no se cumplen, ni se pueden cumplir, porque para un nacionalista, los supuestos derechos históricos siempre deben primar sobre los del individuo, lo que nos relega –a nosotros, la ciudadanía- no sólo a la marginación legal, sino a un exilio interior, el que deja la ausencia de la libertad y del Estado de Derecho. “En esto consiste la dictadura blanca a la que me he referido en algunas declaraciones públicas”. Tarradellas sabía de lo que hablaba. Quizá por ello su nombre haya tenido el mismo destino que la realidad: simplemente, ha dejado de existir.

Con todo, lo que a este humilde profesor más le entristece es ver cómo los miembros de la supuesta élite intelectual y académica se han convertido, salvo insignes excepciones, en el emblema de una resistencia callada, discreta y genuflexa ante la toda poderosa maquinaria nacionalista, lo que les ha alejado de los latidos de una ciudad, de una sociedad o de un país que sabe, con Camus, que “el intelectual es quien opone resistencia a las corrientes del tiempo”. Pero en Cataluña, las aguas de la cultura bajan turbias para quienes no piensan en una petita pàtria, sino en una patria común, que fue el lar de sus ancestros: la de Maragall, la de Carner, la de D’Ors, la de Pla o la de Gimferrer, autores que se caracterizan por tener una escritura rica y diversa, poblada y sugerente, y no por su discurso doctrinario o por la lengua en que se expresan, ya que, como diría Umbral, “la lengua, más que defenderla, hay que crearla cada día”; aunque para los nacionalistas, como reconociera tardíamente el filólogo Lluís Aracil, “la lengua no es la gente, es la patria”, y esa patria les lleva a levantar muros y aislarse. Por el contrario, en el decurso de una vida consagrada menos a vivir que a leer, aprendí para abrirme, no para encerrarme, para saber, con Rilke, que lo único cierto es que la patria de un hombre es su infancia, y en ella, la lengua, como la ideología, no pueden ser ni víctimas ni verdugos, ni excusa para esta dilatada querella hispánica, para esta doliente España, a la que uno, a solas o “en conversación con los difuntos”, procura servir.