Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 28 marzo 2010.

España: Estado y nación
Por José Sarrión Gualda. Catedrático de Historia del Derecho. Universitat Jaume I.

Durante el sexenio 2008-2014, que está transcurriendo, se celebra el segundo centenario de unos acontecimientos importantes en la historia de España. Entre ellos, cabe destacar el levantamiento del pueblo español contra el invasor francés en 1808 en defensa de su independencia y la aprobación de la primera Constitución española de 1812 por las Cortes de Cádiz.

Convendría que estas conmemoraciones no se quedasen sólo en la celebración de congresos, jornadas…, sino también que sirviesen para reflexionar sobre lo que los españoles hemos sido, somos, y estamos dispuestos a ser o dejar de ser.

Hay quienes admiten o conceden que España (¡perdón! Estado español) es precisamente un Estado, pero en modo alguno una nación. Los partidos nacionalistas reconocen como nación a su parcela territorial y aspiran a constituir un Estado propio.

Bien. Repasemos verdades sencillas de nuestra historia. La unión de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón alumbró un nuevo Estado: La Monarquía española. No obstante, cada reino y territorio de la unión Castilla-León, Aragón, Valencia, Cataluña y poco después Navarra continuaron disfrutando de sus instituciones públicas y privadas y de su propio derecho. Ningún monarca absoluto de la Corona española cambió la estructura de aquel Estado que internamente era un conglomerado de reinos, virreinatos, condados y señoríos de la más variada naturaleza. Ahora dejamos fuera de nuestra atención los intentos o realizaciones parciales para reducir la Monarquía española a una organización más uniforme, como fueron los decretos de Nueva Planta.

Después, el pueblo español, aferrado a su independencia contra la invasión francesa en 1808, alumbró una nueva nación, cuando, entre Carlos IV y su hijo Fernando habían puesto en manos de Napoleón la Corona española. El pueblo español se levantó en armas y en distintas partes del territorio formó las llamadas Juntas Supremas. Cada una de ellas encarnaba una fracción de la soberanía nacional. El pueblo español en uso de su libertad y voluntariamente se constituyó en una sola Nación, la española. Así pues, de abajo arriba se formó la Nación y se recompuso el Estado.

Hace 200 años que los castellanos, gallegos, vascos, catalanes… se autodeterminaron y se reconocieron todos como españoles. Se reunieron en Cortes en Cádiz en 1810 y en 1812 aprobaron una Constitución liberal. Todos los diputados de los distintos rincones de España firmaron la Constitución que en su artículo 1º establecía: “La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”.

Reafirmamos nuestro compromiso de convivencia a través de una nueva Constitución en 1978. La Constitución reconoció la diversidad de las gentes y de la cultura española y le dio expresión política a través de las Autonomías, para que todos los españoles nos encontrásemos, sino a gusto, al menos cómodos dentro del marco constitucional.

Ahora que celebramos el 2º centenario de aquellos acontecimientos que nos constituyeron en un Estado nacional, parece que hemos entrado en un proceso de revisión tanto de la historia como de la realidad española. Queremos que este breve repaso histórico sirva de reflexión pedagógica para rectificar los errores que nos están apartando de la concordia y conduciéndonos a pasos acelerados hacia el enfrentamiento.

Si se apodera de nosotros la sinrazón, qué más da preguntarse quién empezó primero. ¿Favorece la concordia que una empresa retirara una publicidad “blanca” (anunciada por el Real Madrid) porque con ella no vendía sus productos en Cataluña o que ciertos mensajes dirigidos a los programas de las TV animen a no consumir productos catalanes?

Poseemos un himno nacional sin letra, “mudo”, que no incita a segar cabezas ni a regar la sementera con sangre enemiga y, sin embargo, es ensordecido por el griterío irracional en un pabellón de deportes. Siempre acudimos en esas ocasiones a suavizar el incidente, alegando que se trata sólo de una minoría. Pero tal comportamiento nunca sería civilizado, aunque lo practicase la mayoría.

Para finalizar salgamos de la mano de la ironía del abatimiento a que nos conduce estas reflexiones. No podemos negar que somos un País muy divertido. Nos entregamos a cuestionar y poner “patas arriba” todas nuestras Instituciones y al final acabamos por no saber quiénes somos. ¡Qué tristes y aburridos deben de sentirse los suecos con un sol huidizo y entregados sólo a producir acero y coches y fabricar muebles!

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