Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 5 mayo 2013.

Jerarquías naturales por Carmelo Paradinas. Abogado.

Quienes, de una u otra forma, hemos participado en masters, cursos o sencillas conferencias sobre liderazgo, formación de mandos, estructura de jerarquías u otros títulos similares, sabemos por experiencia que, en esos temas, probablemente más que en otros, la teoría es una cosa y la práctica otra muy diferente. La fuerza centrípeta que se pretende –el mando, en definitiva-, queda casi siempre volatilizada por las fuerzas centrífugas de las santas voluntades de todos y cada uno de los que deben obedecer. Y ello, con independencia de la edad o condición social, intelectual, etc. de esos que deben obedecer, pues la desobediencia es también innata en todo individuo, sea cual sea esa edad o condición.

Pero esto no siempre es así. Existen circunstancias que adaptan ambas fuerzas con la natural eficacia con que el guante se adapta a la mano. Esta fue la reflexión que me vino a la cabeza al asistir hace unos días, causalmente, a la breve pero enjundiosa distribución de tareas domésticas que una joven madre hacía a sus tres hijos, el mayor un muchachito de unos doce años. Me llamó la atención porque me dí cuenta de que seguía, casi punto por punto, las técnicas que se imparten en aquellos masters sobre jerarquías y formación de mandos.

La mujer partía de la base de una cadena jerárquica conocida y aceptada por todos: –“Eso, Jose, a la noche se lo dices a tu padre y él decidirá”-. Establecía medidas preventivas: –“Procura que no pase lo de la última vez”… en evitación de desagradables medidas correctivas : –“Que no tengas que quedarte castigado otro fin de semana…”. Delegaba funciones –“Y tú, nena, vete preparándolo todo para que cuando yo venga bañemos a tu hermana”. Y así un montón de otras cosas por el estilo.

Ciertamente, para dar instrucciones tan sencillas a los propios hijos de corta edad no se necesita ser un estratega de la altura del duque de Wellington, pero, por la firmeza de la madre y la sumisa aceptación de los niños, yo tuve la clara sensación de estar oyendo hablar a un general perfecto conocedor del campo de batalla.

Mi reflexión me llevó a comprender que la facilidad de la situación venía determinada porque se estaba dando sobre una base de gran solidez: la familia. La familia tradicional, habría que añadir en expresión que odio profundamente, porque en realidad no hay más familia más que esta, pero es preciso distinguirla de otras modalidades de reciente cuño, al menos en España. Esta familia que al estar basada, en definitiva, en la propia naturaleza, conlleva aquella cómoda adaptación del guante a la mano a que antes me refería. Su natural estructura es conocida y aceptada por todos los miembros que, a su vez, conocen y aceptan su rol dentro de ella.

No sucede lo mismo en esas otras instituciones, también llamadas familias, pero que no son la tradicional. En ellas, los niños –e incluso, a veces, los mayores-, empiezan por no ver clara la propia estructura en que se mueven. ¿Quién es ese señor que ahora vive con mi madre en nuestra casa? ¿Por qué mi padre vive ahora en otro sitio, con otra señora que no es mi madre y con otros niños que le llaman papá y me sacan la lengua cuando voy los fines de semana? Porque mis hermanos, no son; mis hermanos siguen en casa y Pipo, el pequeño, que acaba de cumplir dos años, ahora resulta que empieza a llamar papá al señor que vive con nosotros y que, por supuesto, no lo es…

Y no hablemos, claro, de las uniones de personas del mismo sexo, en que el niño se pregunta quien de aquellos dos señores es su mamá o quien de aquellas dos señoras es su papá. Porque, a los demás niños del colegio, no les pasa lo mismo…
Y cuando las estructuras jerárquicas están tan destartaladas y los roles tan confusos, jamás podrá darse aquella facilidad que veíamos en la joven mamá de nuestra historia. Todos –los niños, seguro; los adultos, muy probablemente-, acabarán “pasando” de esas estructuras y la aceptación de los roles y sus consecuencias será una tarea ardua y de muy previsibles catastróficos resultados. De momento, acaso no se note, pero dejemos pasar unos años.

La fuerza estructural de la familia es tal que en nuestro ordenamiento jurídico encontramos figuras familiares que trascienden del ámbito habitualmente considerado familiar y se adentran en el laboral e, incluso, el industrial. Con su origen en tiempos remotos, tenemos ejemplos en nuestro Derecho Foral, cual es el caso de la sociedad familiar gallega o la catalana, y, con origen muy reciente y en pleno auge, las Empresas Familiares. Todas ellas se aprovechan de los beneficios de esta estructura natural y sus jerarquías. Con sus dificultades, a veces, pues sigue tratándose de sociedades humanas y donde hay hombres, potencialmente hay problemas.

A quienes adolecemos de familias exiguas, nos encanta –no sin algo de envidia-, ver esas multitudinarias reuniones familiares en las que se afrontan temas de todo orden con una perspectiva que en ninguna estructura prefabricada, y por lo tanto, no natural, se pueden encontrar. Y cuando en el seno de las mismas se producen disensiones e incluso rupturas, por aquello que decíamos de que como hombres somos portadores potenciales de problemas, nos lamentamos de todo corazón porque estamos convencidos de que no saben lo que están echando a perder.

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