Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 16 agosto 2009.

La cultura del happy life
Juan Alfredo Obarrio. Profesor Titular de Derecho Romano. Universitat de València.

Ya de adolescente me pareció enriquecedora la lectura del Principito. Su autor, a través de personajes como el rey, el vanidoso, el bebedor, el hombre de negocios o el farolero, desgrana sobre el corazón de sus lectores los pecados del hombre: la ambición política, la vanidad, el egoísmo, la ausencia de la voluntad o la avaricia, males que amenazan con anegar la vida y la moral de cristal del hombre, y que sólo la mirada limpia de un pequeño príncipe, el niño que todos fuimos un día, nos hace contemplar que el secreto de la felicidad se halla en lo más humilde: en el corazón y en el espíritu del hombre.

Creo que muy poco hemos aprendido de este librito que se nos abre como un viaje al corazón de nuestra conciencia. Por el contrario, la afirmación de Vaclav Havel “vivimos una ficción y esa ficción se ha tornado inevitable” se hace cada vez más palpable en una sociedad donde un número infinito de maestros en el arte y en la ciencia de la política enseñan lo que se ignora, dibujándonos un paisaje ficticio donde los valores y los principios rectores de la Vida sólo pueden tener cobertura en el ciudadano inteligente que reclama, con plenitud y pasión, la búsqueda de la Verdad por encima de las pasiones efímeras, de las imágenes materiales, de un mundo onírico y lisonjero donde lo inmediato y lo circunstancial sustituyen a los principios y a los valores con los que se ha ordenado nuestra existencia.

Así, no es extraño que a esta juventud nuestra se les enseñe una verdad fundada de espaldas a la Vida, caracterizada por un pathos in crescendo, en un rechazo a todo lo que no es libidinoso, para, de esta forma, saborear el placer de una vida decadente, en la que una nueva teología, la del happy life, se alza para rechazar la Palabra que precede a la palabra, y, desde el resentimiento, empujar al hombre a un mero tránsito, a un gregarismo asfixiante que le lleva a perder la vida sin haberla vivido.

Este intento por espiritualizar la sensualidad y la utilidad, por disociar belleza y verdad, fe y alegría en aras a la exaltación de un relativismo que deshoja al cuerpo de toda alma, diseccionando sin pudor al amor que es comunicación, amistad y palabra hasta relegarlo del Verbo, es lo que me lleva a alzar serenamente mi voz para denunciar que la ausencia de los principios es el exilio al que esta supuesta modernidad nos conduce, y que miles de voces callan, a menudo, por no contraponer su conciencia a la de quienes –como narrara Dickens- han perdido la memoria del corazón.

Es por esta razón que entiendo que quienes hacen del conflicto su única verdad, de la memoria una sombra, y de la vida una deriva, podrán saber que el muro de Berlín cayó hace 20 años, pero desconocen que el suyo continúa en pie.