Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 19 mayo 2013.

La Iglesia y el mundo
Por Juan Alfredo Obarrio Moreno. Profesor Titular de Derecho. Universitat de València.

“Me limito al aserto de que una gran parte de la maquinaria de la vida moderna es simplemente una sanción de fines no Cristianos, que no sólo es hostil a algunos pocos que quieren vivir cristianamente, sino también al mantenimiento de cualquiera sociedad Cristiana del mundo. Debemos abandonar la noción de que el Cristiano debe contentarse con la libertad de culto y con no sufrir menoscabos del respeto debido a su fe”. Seguramente, quien esté leyendo estas palabras habrá pensado que su autoría se corresponde con la de algún miembro de la actual Curia eclesiástica, o de algún librepensador no sujeto a las prebendas gubernamentales. Nada más lejos de la realidad. Esta reflexión fue escrita en 1938 por el poeta y premio Nobel, T. S. Eliot, siendo recogidas en una obra hoy descatalogada: La idea de una sociedad cristiana; un pequeño opúsculo en el que el autor nos advierte que la Verdad, la Institución que la alberga y su lenguaje, son concebidas, en una sociedad secularizada y materialista como la nuestra, como una experiencia traumática, fruto de la institucionalización de un pensar impropio, que admite como única verdad el pensamiento que calcula, y no el que es camino o cauce para conocer sobre la cuestión del ser, del hombre en su sentido más pleno. Por esta razón, Eliot nos advierte con serena lucidez: “Y en cuanto al Cristiano que no tiene conciencia de este dilema, se está descristianizando más y más debido a toda clase de presiones inconscientes, pues el paganismo conserva la mayor parte del valioso espacio de la propaganda”. Y lo está porque, como diría Mounier, el hombre que se ha despojado del misterio y del amor, es sólo un cristiano sin inquietud, un incrédulo sin pasión.

Por desgracia, estas proféticas palabras se han visto corroboradas por la propaganda actual de los nuevos volterianos, quienes, inasequibles al desaliento, lanzan una consigna mil veces repetida: la fe no tiene cabida en la esfera pública, por lo que debe quedar relegada al ámbito familiar, de lo contrario, interferiría en el devenir de las políticas y de los gobiernos. Es la vieja crítica de Celso, quien acusaba a los primeros cristianos de utilizar sus profesiones para sembrar la semilla del Evangelio. Una vocación y una misión que llevó a afirmar al autor de la Carta de Diogneto que “los cristianos son en el mundo lo que el alma al cuerpo… Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, que no les es lícito desertar”.

En virtud de este criterio, se nos dice que la Iglesia no tiene derecho a intervenir en la vida pública, ni siquiera en aquellas cuestiones de índole moral o social que le son propias. Se nos indica que seamos sólo cristianos en nuestras devociones, pero que no opinemos como lo que somos: hombres de fe, porque la fe, como la conciencia, ya no cotiza al alza ni en Wall Street, ni en los mentideros políticos en los que se reparten las lisonjas del poder. De esta forma, se nos exige vivir un tiempo entre dos tiempos: uno para Dios y otro muy diferente para el mundo, lo que nos llevaría a vivir de espaldas a una fe que nos conduce a ver que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro personal con Cristo.

Este odio anti-teológico, como lo definiría Unamuno, ha llevado a la Iglesia a una difícil tesitura: será reconocida –aunque no aclamada- cuando defienda cualquier causa que tenga apoyo secular: su defensa de la paz o de los más necesitados; pero será lacerada hasta el infinito cuando censure sin tibieza algunas políticas o legislaciones que no defienden la vida en su integridad o que reducen la condición del ser humano a una mera estadística de género. Pero reconocer este hecho, no significa admitir que la Iglesia deba adentrarse en el proceloso mundo de la política, o la reivindicación de un estado confesional. Muy al contrario: la propia Iglesia es defensora de la laicidad del Estado, pero entendida en su vertiente más positiva, la que aparece recogida en la Dignitatis humane del Concilio Vaticano II, donde se reconoce la separación entre la religión y la política, la neutralidad religiosa del Estado, pero de un Estado que no se cierra a priori a la dimensión religiosa, tal y como se halla contemplado en el artículo 16 de nuestra Constitución, muy citada, pero, por lo que se ve, muy poco meditada, y escasamente asumida en esta cuestión.

Admitida esta sana laicidad, cabe sostener que la Iglesia no debe temer que sea perseguida, vilipendiada o injuriada, está en su esencia –“en mi nombre os perseguirán”-, ni debe caer en la tentación de ser la cara amable de una ONG, haciendo ver a la sociedad que su importancia radica en que aporta una base moral o un beneficio social, y no una Verdad universal, porque no es la moral, sino el dogma lo que diferencia una visión cristiana de la vida de una secularizada. Esa ha sido y debe ser la función principal de la Iglesia: defender la verdad de una fe que sigue siendo escándalo para los judíos y locura para los gentiles; de una fe que nos enseña, como diría San Agustín, que Dios y la verdad habitan en el hombre y lo lleva a su redención y a su salvación; de una fe que nos revela que la cumbre del progreso se ha dado ya: es Cristo, alfa y omega, principio y fin.

Por este conjunto de razones, entiendo que –en el ámbito temporal- la misión de la Iglesia no puede ser otra que la de querer que la mirada de Dios reine en las estructuras y en los ambientes del mundo, de tal forma que las relaciones sociales estén presididas por el amor y las virtudes de Cristo, y no viciada por la violencia o la injusticia, lo que no lleva a imponer la fe católica, sino el necesario respeto a la libertad de las conciencias, que no es otro que el derecho a la libertad social y civil en materia religiosa.

Dotar a la sociedad de estructuras conforme a una concepción cristiana de la vida tiende a asegurar a todos los ciudadanos los medios para vivir de acuerdo con su dignidad. Así lo reconoció Albert Einstein en una entrevista concedida al Time Magazine, el 23 de diciembre de 1940: “Siendo un amante de la libertad, cuando llegó la revolución a Alemania miré con confianza a las universidades sabiendo que siempre se habían vanagloriado de su devoción por la causa de la verdad. Pero las universidades fueron acalladas. Entonces miré a los grandes editores de periódicos que en ardientes editoriales proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las universidades, fueron reducidos al silencio, ahogados a la vuelta de pocas semanas. Sólo la Iglesia permaneció de pie y firme para hacer frente a las campañas de Hitler para suprimir la verdad. Antes no había sentido ningún interés personal en la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que lo que antes despreciaba ahora lo alabo incondicionalmente”. Este es el legado que la Iglesia trae al mundo: el respeto por la libertad y la dignidad del hombre.