La otra crisis
Pablo M. Cencillo Abad (Estudiante Lic. Física, Universidad de Valencia)

Que la crisis es algo reciente, es una evidente mentira. Crisis en España existe, más allá de la visión pesimista –obligada casi por el contexto- de intelectuales y escritores del siglo de Oro, de la edad de plata o ilustrados, desde el momento en que los valores tradicionales y universales que fundamentaban nuestra coexistencia y relación social fueron quebrados o apartados del normal proceder.

Algo que demuestra que esta crisis viene de largo y no es una suposición, es el hecho alarmante de que los políticos y analistas de esta nación, sólo se fijan en el hecho económico, monetario y material. Este es uno de los problemas de esa crisis humana que padecemos: el materialismo.

Remontarse en la búsqueda de los culpables, o caer en vacuos debates en torno a la culpabilidad de lo que ahora se padece es algo que se aleja mucho, demasiado, del objetivo final: la solución al problema. No obstante, el estudio en la historia de los factores que han derivado en esta situación se hace indispensable.

La crisis real, la más cercana a nosotros, la intrínseca humana, es una crisis humanista, una crisis de valores. Un problema educativo que nos condena a la decadencia. Decadencia en que estamos involucrados, decadencia y perversión, perversión de las formas y las ideas.

Y es que, quienes dominan o dirigen esta crisis saben bien que en la inercia en que nos encontramos lo más difícil es plantarse, frenar en seco, decir basta. Basta a este sistema de perversión, atrocidad y muerte. Basta a la cultura materialista, basta al relativismo, basta a la perversión moral.

Tenemos que plantarnos quienes formaremos la nueva sociedad, quienes continuaremos la obra nacional. Los jóvenes tenemos la responsabilidad de oponernos y solventar este problema. La juventud es la base para el futuro. Nosotros seremos los que estemos mañana.

La pobreza que crea esta crisis va más allá de una carestía material, es una carencia de valores y guías de nuestra acción. Y esto, a diferencia de la crisis económica, no es coyuntural, sino estructural. Un cáncer destructivo que amenaza, y cumple, con romper la familia, el orden normal, la patria y la vida.

No debemos echar balones fuera, la responsabilidad y fuerza para invertir este proceso e introducirnos de nuevo en el camino del verdadero progreso, la tenemos los jóvenes. Nosotros debemos luchar, enfrentarnos a la dictadura de lo políticamente correcto. Aceptar y enorgullecernos de aquello que somos, de aquello de lo que formamos parte y que nos forma. Hemos de plantarnos, decir basta y redirigir nuestro camino.

Y es que la crisis, por mucho que se empeñen algunos en verla originaria de EE.UU., del petróleo o de la especulación, proviene de la falta de educación. Hace falta educación. Educación, moral e intelectual, herramientas con las que enfrentarnos al mal que acecha en cada rincón. Para crecer, para renacer, para progresar. Hace falta la educación para hacer frente a la otra crisis, la verdadera, la importante, la oculta: la crisis de valores.