Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 7 abril 2013.

Propuestas para una regeneración de la política (I). Los partidos: la democracia empequeñecida.
Por José Marí Olano. Abogado.

Inicio con este artículo una serie de reflexiones acerca de la democracia española
y, en especial, de la valenciana, con el propósito de que los lectores de Las Provincias
puedan conocer mi opinión (que no es que valga más que la de nadie, pero que acaso
interese a alguien), puedan reflexionar sobre ella y, si lo consideran oportuno, puedan
contradecirme, polemizar conmigo, puntualizar mi parecer o añadir al mío el suyo
propio.

Este primer artículo lo dedico a los partidos políticos y a su papel en nuestra
democracia, y quiero comenzarlo con una afirmación rotunda, sin ambages y sin
matices: los partidos españoles, todos ellos, incluso los que pretenden dar una imagen
antisistema cuando, en realidad, son parte integrante de él (o a ver si es que Rosa
Díez no lleva en esto desde moza, o que la izquierda andaluza de Valderas y Sánchez
Gordillo no ha cobrado de los presupuestos públicos con la misma fruición que
cualquier otro) han empequeñecido do la democracia y han desbordado el papel que les
asigna nuestra Constitución.

El artículo 6 de la Constitución dice que los partidos políticos “‘concurren’ a la
formación y manifestación de la voluntad popular”, no que ‘son’ esa voluntad popular,
y que los partidos políticos son “instrumento ‘fundamental’ de participación política”,
no instrumento ‘único’ de participación política.

La afirmación de que la democracia no puede entenderse sin partidos en los que
se aglutinan y cristalizan las grandes corrientes ideológicas y los intereses plurales de
la sociedad no merece mayor explicación, y es empíricamente comprobable en todas
las democracias occidentales. Sin embargo, en la España del siglo XXI los partidos
han rebasado este rol, y han colonizado –o, al menos, lo intentan con mayor o menor
fortuna–, no ya a las instituciones políticas (la Administración Pública, el Consejo del
Poder Judicial, el Tribunal Constitucional), sino incluso a la entera vida económica
y social (desde las Universidades a las asociaciones de vecinos, pasando por los
sindicatos, las formaciones empresariales o las uniones estudiantiles): quizás el nefasto
caso de las Cajas de Ahorro sea ejemplo paradigmático.

A ello se une que el funcionamiento y dinámica interna de los partidos españoles
es atroz: están dominados por una élite endogámica que se coopta y en la que siempre
hay ‘corchos’ que flotan cualquiera que sea la dirección de la corriente y lo turbulentas
que estén las aguas, con un peso local que, lejos de ser moderno (‘think globally, act
locally’), es empobrecedor por su cortedad de miras, y con una financiación oscura y
nunca resuelta.

Siendo estos defectos importantes, a mi entender el principal es la escasa, sino
nula, preocupación de los partidos por la selección de las personas. No se trata de
que haya que ganar unas oposiciones para dedicarse a la alta política (al fin y al cabo,
George Washington no era más que un terrateniente con algo de experiencia militar y
una escasa formación, muy por debajo de la de Jefferson o Franklin, y es el mayor santo
laico de la democracia estadounidense; y, en la España democrática, Adolfo Suárez o el
Rey Juan Carlos son admirados –yo lo hago– por muchas cosas, pero no creo que una
de ellas sea su producción académica o sus creaciones intelectuales). Sin embargo, de
ahí a permitir que cualquiera, sin ningún mérito mínimamente relevante, pueda ocupar
un lugar destacado en una lista electoral cerrada, bloqueada y aprobada en un reducido
conciliábulo, o que un joven activista con un discreto barniz universitario pueda ser
nombrado director general de educación para pasar, sin solución de continuidad, a ser
secretario de agricultura y acabar como alto directivo de una sociedad pública dedicada
al transporte ferroviario (el ejemplo, desgraciadamente, no es nada exagerado), hay
mucha diferencia.

Soluciones mágicas no las hay, y si queremos preservar nuestra democracia
todas ellas pasan por los propios partidos políticos o, con más precisión, por las escasas
personas que los dirigen. Es esencial sustituir a los profesionales ‘de’ la política
(vividores de la política, los llama un buen amigo mío) por profesionales ‘en’ la
política, e interiorizar que la vocación política puede ser permanente, pero su realización
efectiva debe ser necesariamente transitoria. Es asimismo indispensable reformar el
sistema electoral, permitiendo al ciudadano conocer de verdad a las personas concretas
que aspiran a su sufragio y poniendo coto al poder omnímodo de unos pocos para
decidir quién representa a muchos. Es imprescindible reducir el número de cargos
públicos y, al mismo tiempo, aumentar las retribuciones de los más importantes,
ya que sólo de esta manera los mejor formados se atreverán a dar el paso y asumir
el sacrificio de dedicarse por un tiempo a la noble y digna tarea del servicio a la
ciudadanía. Y es fundamental que los propios partidos políticos premien a los buenos
políticos por su formación, por su dedicación y por su honestidad, y alejen de ellos a los
indocumentados, los vagos y los inmorales.

El Partido Popular, en el que milito, tiene muchísimos afiliados que piensan
como yo, y unos cuantos se sientan en sus órganos directivos. Es hora de que tomen la
palabra, la pluma y el voto para contribuir a la regeneración de la política, porque en
ello nos va a todos buena parte del futuro de nuestra convivencia.