¿Quíen vota que…?
Pablo M. Cencillo Abad (Estudiante Lic. Física, Universidad de Valencia)

Es difícil resumir en tan breve espacio, aunque fuera en una lista, todos los ataques dirigidos contra los católicos, que desde varios espacios públicos se lanzan, promueven u organizan.

Podríamos remontarnos varios siglos, pero por mostrar algunos de los más recientes y “sonados”, porque aunque majaderos, estos progres son ruidosos; señalaré el caso de aquella obra de teatro: “Me cago en dios”, que con tolerante actitud, tan echada en falta en otros aspectos, el alcalde de Madrid subvencionó y permitió en un teatro público.

Aquel farandulero italiano, como si no tuviésemos suficientes con los de casa, no era una muestra de valentía y cultura transgresora, sino de chabacanería, blasfemia, hipocresía, insulto y cobardía. Muchos sospechamos en su momento que el valiente cruzado de la farándula no sería capaz de intentar algo similar en un país musulmán, o incluso en el más occidental y ateo con un título ligeramente distinto: “Me cago en Alá”. Eso es lo que llaman, creo, el compromiso social de los intelectuales.

Más recientemente surgió la polémica de los “autobuses ateos”. Quizás sea éste el menos preocupante de los ataques. Así, junto a las ofertas de restaurantes de comida rápida, anuncios de películas, coches, el creciente negocio de la prostitución encubierta…, veremos uno que nos dirá: “Probablemente Dios no exista (…)”; muy del nivel cultural, a fin de cuentas.

Pero la última nos la tenían reservada sus señorías. A la propuesta de cierto grupúsculo secesionista, y por definición anticonstitucional, de reprobar o condenar las palabras del Papa en África, se han sumado dos diputadas del PP: Celia Villalobos y Ana Pastor. Más allá del ataque directo a los católicos, y de la real pretensión que se esconde en esa propuesta, se atisba un grave problema de fondo.

Desconozco si ambas señoras, junto al resto de los votantes favorables, han realizado los correspondientes estudios teológicos como para poder rebatir seriamente las opiniones del Santo Padre, o tal vez las correcciones vengan del terreno moral. No sé si el presidente de su grupo llamará a los católicos a irse al partido católico o papista, como ya hizo con los liberales y conservadores.

Tal vez sea una, dulce para algunos, reminiscencia de la, tan amarga para los católicos, época republicana en España. Cuando en el ateneo madrileño se llevó a votación la existencia o no de Dios. ¿Quién vota que Dios existe?… Tal vez hayan votado sus señorías imbuidas de ese espíritu de superioridad y prurito anticlerical.

Pero lo que nos corresponde, no ya como católicos, sino como ciudadanos, es defender nuestra libertad religiosa y de pensamiento, y recordar nuestra responsabilidad en las urnas, ahora que vienen tiempos electorales, a la hora de votar.

No sé, si como dijo Azaña: «¡España ha dejado de ser católica!», lo que si parece evidente es que España ha dejado de estar cuerda, y que, poco a poco, con parlamentarios como estos, España va camino de dejar de ser España.