Todos estos años escuchaba, casi impasible, los datos oficiales y oficiosos de la inmigración clandestinas en nuestro país. Las pateras, luego los cayucos, se habían ido apoderando de nuestro panorama televisivo como las tertulias de fútbol o de política. Únicamente, nuestro cómodo corazón se enternecía ante el drama de la desnutrición, el frío y la angustia de los pobres africanos que llegaban a nuestras costas. De los que no llegaban, ni preguntábamos.

Un día, todo cambió cuando empecé a colaborar con la Fundación Universitas. Entre las distintas actividades solidarias que la Fundación propone, me planteé colaborar en unos cursos para enseñar castellano a inmigrantes. Allí, entre otros, conocí a Issa Murare. Es un joven de Ghana, tímido y muy aplicado. Cada día viene a clase puntualmente. Me ve y me dice: buenas noches, profesor. Apenas habla en clase, pero redacta correctamente sus ejercicios y ayuda a sus compañeros en las dudas que van surgiendo. Con el tiempo, pregunto a mi compañera en docencia sobre su vida. Lleva un año en España, y apenas tiene trabajo. Su familia, a la que él dejó con la esperanza de poderla traer en breve, le tiene que enviar dinero para poderse mantener.

Pero Issa nunca se queja, sonríe tímidamente, y, cuando termina la clase, se despide con un plácido hasta mañana. Hoy le he querido ayudar económicamente dándole una pequeña cantidad, y he visto como un hombre de treinta años se desmoronaba ante mí, lloraba y me daba las gracias. En ese momento, muy duro, comprendí que todos llevamos un Issa muy dentro de nuestro corazón, que los datos no son nada, sólo las personas, y, sobre todo, aquellas que sufren y sienten viva la necesidad de que se las ayude.

J. Alfredo Obarrio Moreno.