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PARA UNA NUEVA CULTURA POLÍTICA

PARA UNA NUEVA CULTURA POLÍTICA

Artículo de opinión publicado el 13 de octubre en el diario Las Provincias por Vicente Escrivá. Abogado. Doctor en Historia.

«El otro día decidí seguir el consejo de mi admirado Groucho Marx: «Encuentro la televisión muy educativa. En el momento en que alguien la enciende, me voy a la biblioteca y leo un buen libro». Dicho y hecho. Así cayó en mis manos una obra de reciente publicación cuya lectura sin duda recomiendo: “Para una nueva cultura política” (Catarata, 2019). Se trata de un conjunto de breves ensayos –en su mayoría, publicados hace un tiempo en la tribuna de los domingos de Las Provincias–, amenos, certeros, llenos de sentido común, cuyos autores, filósofos y juristas de reconocido prestigio, analizan y formulan diversas propuestas para llevar a cabo una regeneración política que debe pasar, indefectiblemente, por una regeneración moral que recupere la grandeza y magnanimidad del quehacer político, entendido como servicio a la ciudadanía. Para ello debería primar la noción de «bien común» sobre la de «interés general» porque como señala uno de sus autores «lo común es algo más profundo que lo general, porque presupone un algo que solo puede realizarse en cuanto compartido».

La cultura no es más que un conjunto de conocimientos que nos permite desarrollar un juicio crítico. Para cualquier forma de totalitarismo ha sido siempre una prioridad el conformar y controlar la cultura. Meridianamente claro lo escribió Gramsci: «La conquista del poder cultural es previa a la del poder político y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales […], infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios». Visto el actual panorama mediático y académico español dicha infiltración ha sido todo un éxito. Para la nueva izquierda hoy imperante y para ese nacionalismo tribal y excluyente, la cultura se configura como un instrumento al servicio del poder cuya finalidad primordial es anestesiar las conciencias o conformarlas de acuerdo con el pensamiento que en cada momento se considera como políticamente correcto. Así se validan culturalmente opiniones o modos de vida que rayan en la estupidez, cuando no caen directamente en ella. Su difusión en los medios «los hace virales», como si su mayor propagación les diera más valor o mayor veracidad. Es un comportamiento irresponsable cuyas perturbadoras consecuencias despersonalizan, minan los fundamentos de la democracia y convierten a los ciudadanos en seres desarraigados y amorales. Con el pretexto de defender la igualdad y la libertad, en la práctica, lo que realmente se genera es una imposición de la uniformidad y la homogeneidad que no hace más que favorecer la degradación moral y material de nuestra sociedad. La política se convierte en espectáculo, en mera representación teatral, y los políticos en personajes que sobreactúan cual «polichinelas» y «arlequines».

Sea cual fuere el resultado de las próximas elecciones, se hace necesario acometer una reorientación de la política. El reto no es nada fácil. Y no lo es porque una parte de los actores, los políticos, siguen empecinados en el «erre que erre», en el juego del despiste y en la autocomplacencia de sus egos: «ad maiora natus sum» (nacidos para cosas más grandes). Por tanto, si ellos no están dispuestos a cambiar, nos corresponde a los ciudadanos, el obligarles a ello o al menos, a intentarlo. El mensaje debe ser claro y diáfano: necesitamos una nueva cultura política dirigida a lograr una mayor cohesión social, un decrecimiento de las desigualdades, una convivencia en común que respete la diversidad y pluralidad de creencias, sin denostar al disidente, sin polarizar el sano debate de ideas y pareceres. Para ello, insisto, es imprescindible una regeneración moral centrada en una solidaridad y una justicia que persiga el bien común de la sociedad española. Algunos pensarán que esta aspiración es una «carta a los Reyes Magos». Pudiera ser, aunque en política prefiero ser ingenuo que pecar de cínico. Por ello me resisto a caer en el pesimismo, en el derrotismo, en ese pensar «ya lo arreglará otro», en recluirme en mi «aldea hobbit». Todos y cada uno de nosotros, cualquiera que sea la situación en la que nos encontremos, puede desarrollar su humanidad creando, en la medida de sus posibilidades, mejores condiciones para alcanzar aquellos logros. La verdadera cultura se construye de abajo a arriba: empieza en el ámbito familiar y de ahí pasa a la comunidad. Se trasmite la memoria de una generación a la siguiente (historia, costumbres, folklore). Esa trasmisión exige consciencia y reflexión para no asumir acríticamente la mentalidad dominante barnizada de lo «políticamente correcto», tan proclive a establecer temas tabús (memoria histórica, leyes de género, cambio climático…).

Al mismo tiempo se hace necesaria la existencia de unas minorías ejemplares que influyan positivamente en el ámbito cultural, que con su «auctoritas» ayuden a crear ese caldo de cultivo necesario para alcanzar aquella regeneración moral, desterrando ese nefasto relativismo, ese sentimentalismo que nos invade, paralizando nuestra capacidad de razonar para poder decidir lo que sea mejor para el bien común. En ese contexto hay que enmarcar la publicación en 2017 de la «Declaración de París», firmada por intelectuales europeos (Rémi Brague, Robert Spaemann, Serafín Fanjul o Dalmacio Negro, entre otros), y que los defensores de lo políticamente correcto se han encargado de silenciar. Para los firmantes, la gran amenaza para el futuro de Europa, no son la inmigración musulmana o el aventurismo ruso. El peligro reside en desvirtuar y destruir la cultura europea: «Necesitamos hombres de estado responsables […]. Un buen estadista considera nuestra herencia europea común y nuestras tradiciones nacionales particulares como admirables e inspiradoras, pero también como dones frágiles. No rechaza esa herencia ni se arriesga a perderla por ningún sueño utópico […]. Europa necesita renovar un consenso sobre la cultura moral de modo que el pueblo pueda ser guiado hacia una vida virtuosa». ¡Ojalá nuestros políticos tengan muy presentes estos consejos!»