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UNA NUEVA POLÍTICA: MÁS ALLÁ DEL PODER Y DEL TEATRO

UNA NUEVA POLÍTICA: MÁS ALLÁ DEL PODER Y DEL TEATRO

Artículo publicado en el diario Las Provincias del domingo 31 de julio del 2016 por Pedro Talavera, Profesor Titular de Filosofía del Derecho (Univ. València).

“Cuando contemplamos, con cierto estupor, nuestra actualidad política y a quienes la protagonizan, resulta muy difícil no dar la razón a Frederick Nietzsche, calificando este panorama como una gran ‘mascarada’. El reputado profeta del nihilismo postmoderno que padecemos, ridiculizaba la democracia en El caso Wagner (1888) acusándola de estar fundada sobre ‘el primado del teatro’: la democracia no es otra cosa que ‘teatrocracia’: actores con máscaras que representan una tragicomedia.

Robert Musil en sus Essays calificó nuestra época como una era dominada por comediantes y bufones. Una máxima que se verifica diariamente en el espectáculo televisivo y radiofónico donde hoy se representa la mascarada política, convertida en una pura representación escénica. Actores y actrices de escaso talento y diversa condición, escudados tras sus máscaras de maquillaje, declaman en los platós eslóganes prefabricados ajustándose al formato y al guión prefijado por las grandes cadenas. Y todo ello sometido al imperio del mercado y del consumo, de la mano de una publicidad extenuante.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué entendemos hoy por política? Desgraciadamente, nada o muy poco queda de la concepción clásica que la entendía como proyecto humano compartido, dirigido a la consecución de objetivos (bienes fundamentales) que solo en común pueden alcanzarse porque trascienden al individuo.

¿Cuándo murió esta magnánima concepción de la política? Fue Maquiavelo quien le asestó una primera puñalada mortal, cuando propuso al Príncipe deslindar la política de la ética, provocando la absoluta transmutación del concepto de virtud. Maquiavelo no concibió como virtud aquello que perfecciona al sujeto, sino el dominio de los medios que mejor permiten alcanzar un fin. Y en el ámbito público no concebía otro fin que la adquisición, conservación e incremento del poder político. Con ello la política se convirtió en una actividad puramente instrumental: dejó de ser la tarea más noble del ciudadano en la consecución del bien común y pasó a ser la más sibilina de las técnicas (estrategias) para conseguir el poder y mantenerse en él. Ya no tenía sentido hablar de ética; lo único procedente era obtener el éxito político. Maquiavelo escribió: “si consigue el príncipe mantener el poder, todos alabarán los medios que haya utilizado” (hoy podríamos traducirlo así: si ganas las elecciones todos aplaudirán lo que hayas hecho, aunque sea mentir, manipular o robar). Incluso llega a decir que un príncipe que pretenda guiar éticamente todas sus acciones sería muy peligroso, porque su debilidad podría acabar disolviendo el Estado. En definitiva, Maquiavelo transformó la política en un juego de poder, en el cual, para sobrevivir, el príncipe no tiene otra alternativa que ser más hábil y más astuto que quienes pretenden derribarlo. De ahí la importancia capital que en ese juego tienen las apariencias. “No es indispensable que un príncipe posea virtudes –afirma- pero es indispensable que aparente poseerlas. Tenerlas y practicarlas es siempre perjudicial, pero el aparentar tenerlas, resulta lo más útil”.

Poder y apariencia son los dos pilares que han venido sustentando desde entonces la política, cuya decadencia se acrecentó sin remedio al ceder su primado y protagonismo a la economía. Enriquecerse constituye el objetivo político por excelencia. Por supuesto que el progreso económico es fundamental y que debe buscarse, pero cosa distinta es otorgarle la categoría de fin último y estructurar en función de él toda la acción político-social. Con ello, el poder ha sido asumido por el capital, relegando la política a mero instrumento al servicio del mercado. La consecuencia última de este planteamiento, como ya afirmó Hannah Arendt, ha sido la profunda crisis de nuestra cultura, porque supone recortar el horizonte del ser humano, desconocer y oscurecer su grandeza, reducirlo a lo que en él es más elemental.

El definitivo sepelio de la política acontece con la crisis de la modernidad y el triunfo del nihilismo postmoderno. Situado el poder en las finanzas, a la política sólo le queda la apariencia, de ahí que acabe convertida en espectáculo: pura mascarada al servicio de los intereses financieros. Entretenimiento carnavalesco que se produce en tertulias matinales o nocturnas, programas de telepromoción de líderes, estridencias mitineras, argumentarios de supina estolidez repetidos hasta el colmo en declaraciones y ruedas de prensa… Una gran pantomima. Jean Baudrillard afirmó que la política y el arte son las dos grandes representaciones que se producen en el espacio público. Decía que el arte es lo único decente, porque se presenta abiertamente como ficción, como pura invención. A la política, sin embargo, le atribuía un carácter esencialmente engañoso y fraudulento, porque siendo un teatro se presenta con apariencia de verdad. Poder financiero y teatro mediático constituyen hoy el eje de la política postmoderna.

La decadencia de la política, consecuencia de la crisis de civilización en la que estamos sumidos, impone con urgencia acometer un cambio de rumbo. Ese cambio debe comenzar, liberando a la política del yugo del poder, la apariencia y la economía. Devolviéndole (me remito de nuevo a Hannah Arendt) su grandeza, la capacidad de soñar con empresas dignas de ser narradas. Recuperar en la acción política la memoria (el recuerdo de las grandes gestas de la humanidad) y, con ella, el sentido de la virtud, de la magnanimidad. Sólo de este modo –concluía Arendt- el ser humano consigue vencer la fugacidad del acontecer pequeño y cotidiano. He ahí la senda de la verdadera política: capacidad de convocar a todos en la consecución de un gran proyecto (una gesta) en el que todos se sientan realmente implicados. La Unión Europea era una gran gesta política, el ‘Brexit’ una  mezquindad postmoderna.

Por otra parte, la grandeza de una empresa no depende de su magnitud o dificultad, depende de su grado de humanidad, de su radicación en ese núcleo de verdad y de valores que hacen que el hombre sea hombre. El pie en la luna de Neil Amstrong fue una gesta para la humanidad, pero nunca comparable a la que se produjo con la declaración universal de derechos humanos. Una Europa unida en torno al valor supremo de la dignidad inalienable de toda persona es una gran gesta política, reducirla a un espacio económico sometido a los intereses financieros, un triste fracaso.

En definitiva, recuperar la grandeza y magnanimidad de la acción política supone reinventar la noción de bien común (con su referente moral cualitativo) superando la de interés general (con su referente material cuantitativo). Lo común es algo más profundo que lo general, porque presupone un algo que sólo puede realizarse en cuanto compartido. No es algo de lo que pueden beneficiarse todas las personas que integran una sociedad pero permaneciendo ajenas unas a otras, se trata de algo que sólo puede alcanzarse en común y que, por tanto, une y exige de todos una implicación constitutiva para alcanzarlo.

Así pues, el primer paso en la regeneración de la vida política de nuestro país debería ser, sin duda, establecer cauces para la comunicación y el encuentro de nuestros líderes. Y de esa comunicación debería surgir una gran empresa común capaz de convocarnos a todos, tal y como sucedió en la transición política. Que nuestros líderes no puedan ni siquiera sentarse a hablar constituye uno de los peores síntomas que confirman el fin de la política y nuestra disolución como sociedad”.