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Voluntariado médico en Filipinas 2015

Voluntariado médico en Filipinas 2015

 Un grupo de ocho alumnos de Medicina de la Universidad Católica de Valencia ha realizado un voluntariado de cooperación sanitaria durante el mes de agosto de 2015 en Filipinas. El voluntariado se ejerció en dos localidades, en Marinduque, una pequeña isla al sur de la capital, y en Quezón City, una de las ciudades con máyor densidad demográfica tras la capital, Manila. El proyecto ha sido muy instructivo e innolvidable para los  estudiantes a quienes les gustaría volver a repetir un nuevo voluntariado., tal como queda recogido en el resumen del viaje:

«15:10 p.m. Sale nuestro AVE con destino Madrid para el comienzo de la aventura. Tras un largo viaje con escala en Abu Dabhi, llegamos al fin a nuestro objetivo: Manila, Filipinas. El voluntariado se dividió en dos partes; la primera en Marinduque, una pequeña isla al sur de la capital, y la segunda en una de las ciudades más populares de Filipinas, Quezón City. Fueron dos experiencias muy diferentes.

En el primer destino, nuestro horario comenzaba a las 8.00 a.m. Nos dispusieron un polideportivo con distintas mesas para poder organizarnos en diferentes secciones. El paciente hacía un recorrido que consistía en pasar por triaje, para más tarde ser diagnosticado y tratado, y finalmente se le dispensaban los medicamentos. Estos últimos fueron donados por la ONG y por varias farmacias a las que pedimos ayuda. En esta semana solo disponíamos de nuestros conocimientos y la ayuda aportada por tres médicos de la ciudad. No podíamos mandar ningún tipo de prueba diagnóstica y los pacientes no tienen el suficiente dinero como para realizárselas. La mayor frustración que teníamos era la falta de recursos, ya que un enfermo para poder acudir al hospital y pagarse las pruebas diagnósticas debía dejar sin comer a sus hijos. Había población de todas las edades, desde niños recién nacidos hasta ancianos. La clínica que veíamos abarcaba una gran variedad de afecciones, desde cifras hipertensivas muy elevadas, pasando por pacientes diabéticos con una enfermedad avanzada, hasta infecciones de todos los tipos, tanto bacterianas como parasitarias y fúngicas. Uno de los problemas que tuvimos fue el idioma, teníamos traductores y nos comunicábamos en inglés pero se perdía mucha información por el camino.

El último día, cuando estábamos recogiendo el material, nos llegó una paciente que nos marcó el paso por Marinduque. Le traían dos perdonas casi a rastras, estaba sufriendo un ictus en ese mismo momento y no teníamos buenos medios para poder atenderla. Quisimos llamar urgentemente a la ambulancia pero esa isla no tenía servicio, por lo que finalmente acudió la policía, tras convencerles, 40 minutos más tarde. Una lástima no saber cómo termino esa historia. ¡Ojala hubiésemos podido ayudar mucho más durante esos 10 días!

 

Nuestro segundo destino nos esperaba tras un largo viaje en barco y furgoneta: Quezón City. Esta parte estuvimos con las Siervas de María, un grupo de monjas que tenían una pequeña clínica donde atendían a los “barangays” (barrios pobres) de la zona. Estos días fueron inmejorables, nos trataron como si fuésemos sus hijos. La jornada comenzaba también a las 8.00 a.m. y acabábamos cuando ya no había pacientes. Las enfermedades que vimos eran similares a la de Marinduque, pero aquí teníamos más medios a nuestra disposición. Recibimos pacientes con una gran variedad de clínica dermatológica, pediátrica, infecciosa, cardiaca etc. Durante nuestra estancia estuvimos acompañados por una ginecóloga de Almería que nos ayudó en todo lo posible. Además, esta asociación tenía contratados a algunos médicos de diversas especialidades que acudían uno o dos días a la semana como un oftalmólogo, un dentista y una dermatóloga. Las monjas tienen varios programas para algunas enfermedades. Un ejemplo de ello es la tuberculosis, una de las enfermedades más comunes de allí. Les realizan una reunión informativa y, si el paciente se compromete, ellas les aportan el tratamiento, donado por distintas asociaciones cada semana. El problema del programa recae en la mala educación sanitaria del paciente, ya que cuando se encuentra mejor lo abandona pensando que está curado, lo que empeora la situación, ya que genera resistencia y se lo transmite al resto de la familia por las malas situaciones higiénicas en las que viven -pueden dormir fácilmente 8 personas en la misma habitación-. Donamos allí muchas de nuestras pertenencias, cosas que para nosotros son comunes pero para ellos tienen un gran valor. Abandonamos la clínica con la esperanza de que en un tiempo esta gran familia pueda recaudar lo suficiente como para convertirse en un hospital. Nos despedimos de esta segunda parte con la sensación de que podíamos dar más de nosotros y con ganas de volver a ofrecerles todo lo que podamos.

Ha sido una experiencia inolvidable. Ninguno de nosotros ha salido inmune a lo que hemos visto y nos ha ayudado a valorar la suerte que tenemos. Al final del viaje, nos dimos cuenta que ellos nos habían ayudado más de lo que nosotros les hemos podido aportar».