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Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 2 septiembre 2012.

Volver a empezar
Por Isabel Santos.

Estos días he vuelto a esos paisajes calcinados del interior de la provincia de Valencia. El pueblo ha quedado rodeado de un perímetro verde de monte bajo y bancales cultivados salvados de las llamas y, poco más allá, tierra cenicienta irrecuperable por décadas. Consuela y es esperanzador ver que aún siguen en pie almendros, vides, olivos… tanto como descorazona que de paseo por alrededores de eras y pajares, uno se encuentra tirada por los campos y ribazos, la misma basura de siempre. Y, a pocos metros, los contenedores. ¿De verdad nos interesa el medio ambiente?

Los incendios en la Comunidad Valenciana entraban dentro de lo posible, no tanto por los factores reiterados y propios de las fechas de tierra seca, viento cambiante, altas temperaturas y escasez de lluvia, sino por la falta de una planificación consecuente de atención y protección a un patrimonio que estamos perdiendo hectárea a hectárea. Y en esa planificación entran todas las esferas: la política, la económica y la ciudadana.

Ahora nos toca hablar del monte, pero igualmente podría decirse de las playas y del mar, o de la intangible atmósfera. ¿Quién no se ha tropezado con las colillas en la arena de la playa o ha visto en las noticias a submarinistas voluntarios sacando trastos y restos de todo tipo del fondo del mar? ¿Quién no ha visto el cielo de una gran ciudad oculto por una nube de contaminación? Pero, por ahora, no hay nada tan visible, espectacular y de destrucción masiva como el fuego.

Los incendios más trágicos de este verano han sido provocados por un descuido humano. Falta educación cívica en todos los niveles y también en el cuidado de la naturaleza, con unas trágicas consecuencias de las que no somos del todo conscientes. Y la responsabilidad humana sigue estando ahí, sea el resultado la quema de diez, cien, mil, diez mil o más hectáreas.

Estamos en un punto, en que la responsabilidad personal individual pareciera evadirse del cuidado de lo que es de todos, del bien común. Y esto sirve para cualquier ámbito. El político tiene su responsabilidad, la autoridad municipal la suya; también cada ciudadano tenemos la nuestra, y no menor que la de los anteriores. Y la tenemos para cuidar a nivel particular lo que es de todos y para pedir a quienes tienen competencias para ello, acciones coordinadas preventivas, serias y eficaces que no queden al albur de coyunturas políticas y económicas. Si queremos proteger con rigor el bien común, también debemos pedir que el medio ambiente no se convierta en arma arrojadiza, para la fácil reivindicación efectista.

Por otro lado, está visto que acabaremos teniendo que declarar protegido todo el patrimonio natural, si no queremos perderlo en un puñado de décadas. Será necesario blindarlo por ley con declaraciones de áreas naturales protegidas, en todas sus modalidades. Aún así, como está comprobado, no estarían a salvo de la imprudencia humana. Es desolador ver un paisaje ya recuperado de incendios anteriores, vuelto a ser arrasado por el fuego con un coste ecológico incalculable en fauna, flora… Otros treinta, cuarenta o hasta cien años de espera, para recuperar un patrimonio que nunca volverá a ser igual. Esto, cuando no también y para mayor desgracia, con un coste en vidas humanas. ¿Lección no aprendida?

Un paso necesario para el cambio sería recuperar la capacidad perdida de observar la belleza de la naturaleza y de disfrutar de ella sin esperar nada a cambio, salvo que nos siga dejando que la admiremos. Si las cosas no sirven a nuestro interés o utilidad inmediatos, ni las apreciamos, siendo tal el utilitarismo que, por regla general, aplicamos a todo, incluida la creación. Solo cuando ésta nos sirve como espacio para descargar estrés o para pasar un fin de semana rural, nos acordamos de que está ahí y de que me merece un cuidado.

La naturaleza es un don recibido, puesto a nuestro servicio y disfrute que hay que preservar porque no es patrimonio de una generación, sino de todas las generaciones, de toda la humanidad. Es un legado que pasa de padres a hijos y en un país como el nuestro, todavía es una herencia cargada de vida. ¡Cuántas vivencias ligadas a la tierra contadas por los mayores, se han quedado enterradas en las yermas cenizas! Muchos de esos parajes de historias heredadas, referentes para contar ilusiones y vicisitudes de ahora y de otros tiempos, han dejado de ser reales y palpables; simplemente, ya no existen.

Como hemos oído reiteradamente a los viejos de cada lugar que seguirán contando esas historias, “los incendios se previenen en invierno”… y cada día del año, entre todos.