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«EL SUPERFICIAL» Carmelo Paradinas (Las Provincias, 02.11.14)

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«EL SUPERFICIAL»

Carmelo Paradinas (Abogado)

Grupo de Estudios Sociales e Interdisciplinares (GESI – Fundación Universitas)

Publicado en Las Provincias el 02 de Noviembre de 2014

 

  El adjetivo “superficial”, aplicado a un ser humano, tiene carácter peyorativo. Una persona superficial se queda en las apariencias, sin ir más allá. Es inconsistente, sus juicios carecen de valor y, en consecuencia, no es tenido en cuenta.

    La superficialidad es, qué duda cabe, un grave defecto. Pero suele suceder que quien lo padece, si llega a ser consciente de ello, intente corregirlo enérgicamente, con lo que el remedio puede ser peor que la enfermedad. En esta clase de decisiones, los humanos somos pendulares, pasamos de un extremo al opuesto, bruscamente, sin solución de continuidad. “¿Qué soy superficial? A partir de ya mismo voy a ser el tipo más profundo que se pueda imaginar”. Y esto no es como dejar de fumar. Esa tajante decisión, aunque loable en sí misma, puede conducir al desastre.

   En todos los aspectos de la existencia, pasar de la superficie a la profundidad es un proceso delicado que ha de abordarse con gran prudencia.

   Un hombre pasea por el campo un luminoso día de primavera. Todo invita a gozar de una Naturaleza esplendorosa. Oculta entre unos espesos matorrales, descubre una hendidura en la roca. Nuestro hombre piensa que se encuentra ante una gruta, probablemente inexplorada. Su optimismo le hace aventurarse en ella; no sabe apreciar que está penetrando en una dimensión diferente… y le cuesta la vida.

    La sabia Naturaleza ha hecho que los seres vivos tengamos nuestro más delicados mecanismos bien protegidos en la intimidad. Adentrarse en ellos sin el debido conocimiento es una insensatez que puede conducir incluso a la muerte del sujeto. Y si esto, en el aspecto puramente físico, fisiológico, es innegable, más lo es aun en los terrenos psíquico y moral, porque el hombre tiene, normalmente, un conocimiento muy superior de los mecanismos de su cuerpo que de los de su espíritu. Una persona de cultura media conoce suficientemente el funcionamiento de su corazón, de sus pulmones, de su aparato digestivo. Tiene, por el contrario, escasa o nula idea de como funcionan sus procesos psíquicos, morales o espirituales. Como decíamos en el caso de aquel desafortunado que se aventuró en una sima desconocida, esa es una dimensión diferente.

    Nunca he acabado de digerir el concepto de “autodidacta”. Acepto que personas superdotadas alcancen, por pura intuición, niveles que normalmente  sólo se consiguen por el conocimiento, análisis y asimilación de lo que otros han alcanzado y verificado. Pero el techo de estos autodidactas siempre será bajo. Ni Mozart habría creado su música, ni Einstein alcanzado su ciencia ni Gaudí o Gehry sus maravillosas construcciones, sin el aprendizaje, el estudio concienzudo del saber ajeno. En el mismo sentido, tampoco puedo entender que alguien pueda considerarse autodidacta en los terrenos psíquico, moral o espiritual.

    ¿Qué hacer, pues? ¿Quedarse en la superficie aun sabiendo que es un defecto? Si aventurarse en el interior sin los debidos conocimientos es una insensatez, ¿cómo puedo yo adquirir el conocimiento que haga segura mi decisión de ser profundo?… ¿es, incluso, aconsejable intentar conseguir esa sabiduría? Quizás no. Porque yo podré adquirir la sabiduría necesaria para mi caso, pero nunca la objetividad necesaria para aplicarla. Acabaré siendo un autodidacta bien informado, un  “autodidacta ilustrado”. Y acaso eso resulte aun peor que antes, pues mi ego sustituirá su ignorancia por su soberbia. 

    La solución es tan simple que se viene practicando, espontáneamente, desde los albores de la sociedad. “Yo no sé cazar, pero tengo gran habilidad fabricando utensilios de hueso y madera. Te cambio todos estos por la mitad de ese venado que tú acabas de cazar”. Es la profesionalidad, la especialización. Yo quiero adentrarme en los entresijos de mi espíritu, pero no sé cómo hacerlo y temo perderme. Recurro a quien sí conoce ese camino en que pretendo adentrarme y podrá guiarme con seguridad.

    El efecto de ponernos en manos del experto es doble. El principal, por supuesto, hacer seguro nuestro recorrido -ya no pendular, sino tranquilo y meditado-, desde la superficialidad a la profundidad. El segundo efecto consiste en ir desarrollando en nosotros un recto criterio que nos permita, poco a poco, tomar por nosotros mismos decisiones adecuadas. A esto le llamamos formación.

   La elección del guía es fundamental y, por muchas vueltas que queramos darle a su proceso, siempre acabará siendo una decisión rigurosamente personal, como todas las importantes de la vida: elección de profesión, de estado, de lugar de residencia, de pareja…Cuando estas elecciones se hacen concienzudamente, con honradez, sin precipitaciones ni prejuicios, suelen estar coronada por el éxito. No exento de algún tropiezo, del que ninguna actividad humana está exenta, pero al fin, se conseguirá.