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Exilio promocional

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Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 20 enero 2013.

Exilio promocional por Carmelo Paradinas. Abogado.

Cuando Goya pintó sus “Desastres de la Guerra” tuvo que ceñirse, claro está, a las limitaciones de su arte y dejar fuera de su obra algunos “desastres” imposibles de llevar al lienzo o al aguafuerte. Uno de ellos es el exilio, forzoso o voluntario -para evitar males mayores- a que se ven obligados no sólo los derrotados contendientes, sino algunos que no fueron contendientes directos, sino simpatizantes, afines… y en ocasiones ni eso.

Esto no debía suceder ni siquiera en el caso de los que fueron contendientes, excepción hecha de quienes utilizaron la contienda para cometer delitos comunes o exista peligro real de que en el futuro puedan cometerlos. Estos deben ser perseguidos, castigados y alejados, al margen de que se encuentren entre los derrotados o los victoriosos. Y, obviamente, jamás en el caso de personas que solamente mostraron una tendencia ideológica o una simpatía, de una u otra naturaleza, hacia el bando perdedor.

Cuando eso sucede tras una guerra civil, el drama adquiere matices terribles, porque nada hay más trágico, tanto en la propia contienda como en sus posteriores consecuencias, como una guerra fraticida. Finalizada la guerra civil española que nos asoló ente 1936 y 1939, el exilio de participantes directos, ideólogos y simpatizantes comprobados o presuntos del bando perdedor, ha sido un doloroso tema. Recordar esto para evitar repetirlo en el futuro, es bueno. Recordarlo para utilizarlo con afanes revanchistas o como apoyo a ideas y perspectivas políticas ya caducas como tales ideas e inexistentes como tales perspectivas, es malo, muy malo, porque es preparar el terreno para, antes o después, con guerra o sin ella, repetir el error. Pero ese ya es un tema situado fuera de este artículo.

Los que hemos nacido una vez finalizada dicha guerra, es decir, la inmensa mayoría de los españoles, no hemos dejado de tener noticia de científicos, literatos, músicos, etc., que, obligados al exilio para evitar represalias, ejercieron en países lejanos, con diversas suertes, su ciencia o su arte. Algunos de ellos tuvieron oportunidad de regresar a España y otros, aun teniéndola, prefirieron quedarse para siempre en su país de acogida. Todos nos hemos lamentado de habernos visto privados del trabajo de algunos de esos exiliados de gran valía, cuyos frutos se han quedado en los países en que se vieron obligados a rehacer su vida o han llegado a nosotros tarde y con escasez.

Pero últimamente he empezado a detectar algo que antes se me escapaba, seguramente por falta de percepción mía, no porque no esté sucediendo probablemente desde hace mucho: entre todos esos exiliados de gran valía a que acabo de referirme, mezclados con intención o sin ella, hay científicos, intelectuales y artistas, digámoslo con diplomacia, de nivel muy inferior, pero que se nos quieren presentar como de valía excepcional. Valía, claro está –nos siguen diciendo-, malograda por culpa de la persecución ideológica practicada por el bando ganador. A esto lo llamo yo exilio promocional de valías escasas e incluso inexistentes.

Cuando el socialismo tuvo acceso al poder en España, tomó una serie de medidas reivindicativas para personas que, de una u otra forma, por estar situadas durante el conflicto bélico en la zona republicana, se vieron privadas de derechos que hubieran mantenido de haber “caído” en el otro bando. Digo bien, caído, como si se tratara de una lotería, porque, en muchísimas ocasiones –la mayoría, probablemente-, el estar en uno u otro bando fue más cuestión de suerte que de partidismo político. Sin entrar en el detalle, como medida general, opino que fue acertado restituir a esas personas derechos que en su momento adquirieron legítimamente. Y entre esas acertadas restituciones se encontraron las de esos científicos, literatos y artistas a que al principio me he referido. Pero, con el entusiasmo, a alguien se le fue la mano y, de forma paladina, se ha pretendido incluir en ese mismo paquete reivindicativo, sobre todo, a literatos y artistas sin más mérito que el de ser exiliados, lo cual, a estos efectos, no es mérito alguno. Y empezamos a leer literatura, oír música y ver pintura, de categorías oscilantes entre lo mediocre y lo malo, procedente de estos que yo denomino “exiliados en promoción”.

Hay una piedra de toque definitiva para evaluar la valía real de estas personas: el éxito que han alcanzado en su país de exilio. En realidad, si ese éxito ha existido, ha de haber llegado hasta nosotros, precediendo a su autor, a pesar de obstáculos, barreras, filtros y censuras establecidos por sus antagonistas políticos en el poder. De hecho, en los casos de auténtica valía, así ha sucedido. Que ahora, más de setenta años después, se pretenda reivindicar la obra desconocida o casi desconocida de un exiliado de la guerra civil, suena, como diría un “futbolero” a querer meternos un gol por debajo de la red.

El tema de las reivindicaciones consecuentes a nuestra guerra civil ha llegado a ser especialmente antipático –por no utilizar un adjetivo más fuerte- por su más que partidista aplicación. Partidismo que, obviamente, alcanza al tema de este artículo.

No ya por un exilio, sino, lo que es muchísimo más triste, por un asesinato –caso de Federico García Lorca- o por una muerte en prisión vergonzosamente tolerada –caso de Miguel Hernández-, España se vio privada de dos literatos de talla excepcional. Pero aunque toda esa misma España se viene regocijando durante más o menos ochenta años con la genial “Venganza de Don Mendo”, desde esos mismos estamentos públicos reivindicadores no se ha oído una palabra sobre su autor, Pedro Muñoz Seca, también asesinado…por el otro bando. Y como él, tantos otros, de los que nada oiremos hablar a pesar de su valía,

Claro que todos somos humanos y podemos equivocarnos como, según resolución judicial, le sucedió al señor Garzón, a la hora de evaluar las maldades cometidas en dicha guerra y subsiguiente postguerra y, aun con buena intención, considerar a unos criminales de guerra y a otros ni siquiera llegar a verlos.