Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 19 enero 2014.

Relatividad e incertidumbre por José Franco Chasán.

No hace mucho tiempo que un viejo amigo volvió de EE.UU., donde pasó un año estudiando. Como es natural, todos los compañeros queríamos hablar y pasar lo poco que nos quedaba de verano con él para que nos contara cómo le había ido, cómo fue su experiencia, etc. Gran amante de la política y las controversias, recuerdo que lo que más le gustaba tratar conmigo eran temas al respecto de las mismas. Esto era así, puesto que entre ambos existía una polarización política (que no ideológica) importante: mi amigo, fiel defensor de la política estadounidense (acentuada, más si cabe, por su estancia en USA), y yo, un europeísta comedido.

En su afán por desmitificar el mito social europeo, me recomendó un libro: No, they can’t (literalmente, No, ellos no pueden; donde se lee “ellos”, debemos entender “el Gobierno”). El libro versa sobre la incompetencia del Gobierno para tratar los asuntos de la sociedad y, todavía mayor incompetencia, para lidiar y resolver los problemas de la misma. Aunque se refería al gobierno de los E.E.U.U., esa idea (antigubernamental, si se quiere) era extrapolable a todos los gobiernos. Libre mercado simple y llanamente, capitalismo sin control alguno, abajo el intervencionismo característico de la sociedad europea, son algunas de las características que este autor juzga indispensables para el desarrollo económico-social. Un liberalista de la vieja escuela… Un John Locke a la americana, al fin y al cabo.

Cuando leí el libro, después de soportar unos ataques al tan opuesto ordoliberalismo europeo y habiendo escuchado algunas propuestas (muy interesantes) de que nuestro Viejo Continente se halla excesivamente legislado, di con una frase que llamó poderosamente mi atención: “Por cada estudio que dice que X es malo para ti, otro estudio discrepa. El citar estudios que no dejan de contradecirse comienza a ser como una interminable lucha de bolas de nieve”.

¿Nos es familiar esta afirmación o, por lo menos, el trasfondo que encierra? En innombrables ocasiones, cuando hemos ido a tomar una decisión lo primero que sentimos es alivio al habernos enterado de una afirmación que nos anima a tomarla, aunque inmediatamente después (apenas unos segundos), la angustia se apodera de nosotros al saber que otros sostendrán lo contrario. Un niño consigue su ansiado oso de peluche después de haberse portado muy bien durante todo el año por los reyes magos y de repente, se lo quitan. Algo así, pero en lugar de años, segundos.

No es de extrañar, que (lo que nos ocurre a una mayoría) una vez tomada esa decisión, no se quiere saber nada más de nadie, ni de un estudio, ni de la opinión de un célebre erudito… ¿Por qué? Porque descubrimos la incertidumbre que da paso a, valga la redundancia, una incierta angustia.
Acusar la falta de una certeza más o menos, ya no absoluta, sino relativa, es tangible en nuestra sociedad. A ver Jaimito, ¿cuánto mide el Everest? Respuesta automática 8.848 metros. Mal, Jaimito; el Gobierno Chino establece la altura en 8.844 y la National Geographic Society junto con el Museo de la Ciencia de Boston sostiene que ésta es de unos 8.850 metros. Jaimito, que se consideraba muy culto por saber la cifra oficial, se queda pasmado y con la impotencia de tener que contestar en el examen final que la altura del Everest ha sido discutida por muchos expertos y que mide entre X e Y metros… Rico en fuentes de investigación, pobre en certeza.

Por otro lado, ¿cuántas veces se ha cambiado la tasa de colesterol por encima de la cual, eras clasificado e incluido en los grupos de riesgo? Mi padre ha estado 28 años con una tasa de colesterol casi constante, pero desde el punto de vista de los últimos estudios, ha ido empeorando, y ahora tendría que hacer años que estuviese muerto.

Un día unos amigos me pasaron un vídeo donde se ponía de manifiesto que Justin Bieber no se sabía los continentes. Empecé a verlo para reírme y al final acabé medio angustiado, pues si yo hubiese estado en su lugar, habría metido la pata. Según la concepción que se tiene en América, no hay cinco continentes (como hemos estudiado toda la vida), sino 7… Asia, Norteamérica, Sudamérica, África, Antártida, Europa y Oceanía. Amén de que muchos otros consideran Europa y Asia el mismo (Eurasia), mientras que otros llegan incluso a hablar de Eurafrasia; Europa, África y Asia juntas.

Señores, esto se nos va de las manos. Al igual que en Derecho existe un principio de seguridad jurídica, en la sociedad y en nuestra cultura también necesitamos ese tipo de certeza. No pretendo ir en contra de la era de la información, sino sentar las bases del entendimiento sobre las que se asienta el sentido común.
¿Quién diría que una cosa va en contra de la otra? ¿Por qué no podemos contestar a la pregunta de quién descubrió América empezando por “Colón” y luego añadir que las últimas investigaciones parecen indicar que los vikingos ya estuvieron allí? ¿Por qué no clamar con total seguridad que Gutenberg inventó la imprenta, y luego comentar que en China eso ya se usaba?

El quid de la cuestión radica en contestar con algo común a toda la sociedad. ¿Estamos realmente en una relatividad tan absoluta como acusamos en más de una ocasión? Pues eso… Blanco y en botella… leche… ¿U horchata? ¿O actimel?