Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 30 diciembre 2012.

Somos supervivientes. Saldremos a flote por Vicente Graullera Sanz.
Profesor Titular (jubilado) de Historia del Derecho. Universitat de València.

Recuerdo que decía a mis alumnos: “Nosotros somos supervivientes, no descendemos de aquel Neanderthal que se enfrentó al oso de la caverna, sino de aquel otro que supo eludirlo”. En aquel tiempo lejano de mi juventud alguien se dolía de que Portugal se hubiese separado de España, rompiéndose la unidad territorial peninsular, que ya nunca se podría recuperar. Otro le contestó que la solución era muy fácil, debíamos de declararles la guerra a los lusitanos y dejarnos ganar, luego ya nos iríamos acomodando, sin rencores.

La verdad es que somos acomodaticios, siempre hemos sabido adaptarnos a las circunstancias. En un intento de rastrear en los orígenes de nuestra manera de ser, propongo algo que quizás no sea exclusivo de los valencianos. Pienso que nuestros antepasados casi siempre fueron dúctiles, hábiles para superar la derrota, fueron supervivientes. Si repasamos la historia nos daremos cuenta de que su mérito no fue el de ganar batallas, supieron hacer frente al enemigo, mostrando su independencia ante el invasor, pero a la vez fueron realistas y ante un pacto supieron acomodarse a la realidad, y cuando les convino se dejaron absorber, de forma que quien pretendía dominarlos se acomodó a su idiosincrasia. Fueron y somos un pueblo receptor, que sabe escoger su futuro, sacando ventaja de los infortunios.

Aunque siempre hay alguna excepción a lo que podría ser la regla más generalizada. Hago una revisión acelerada del pasado de la ciudad, buscando una imagen contraria a esta propuesta y tan sólo la localizo en dos momentos: en la Valencia romana del año 218 antes de Cristo, con el sacrificio de los saguntinos ante el acoso de Aníbal, y durante la segunda Guerra Púnica, o cuando los partidarios de Sertorio, allá por el año 75 antes de Cristo, arrasaron la ciudad de Valencia, porque se había manifestado partidaria de Pompeyo.

Tras estas experiencias los dioses lares debieron aconsejarnos ser más dúctiles y mirar con mayor cuidado las ventajas e inconvenientes de someterse a quienes venían de fuera. Sabemos muy poco de los visigodos, de cómo nos invadieron y ocuparon la ciudad, pero no debió ser de forma violenta ya que nada recoge la historia, ni las leyendas o los mitos de la época. Sí sabemos de los árabes, que entraron mediante pacto con Teodomiro, convivieron con los entonces valencianos durante quinientos años en armonía. Cuando el Cid vino a Valencia, asedió la ciudad durante meses hasta que se rindió. Dice la crónica que puso cerco a la ciudad durante nueve meses cabales y, al décimo mes, se sometieron. Los valencianos musulmanes, vencidos por los castellanos del Cid, sufrieron la represión de los vencedores cristianos durante nueve años, y al retirarse asolaron la ciudad.

Doscientos años más tarde llegó el rey don Jaime que también se limitó a asediar la ciudad durante cinco meses, y el 22 de septiembre de 1238 capituló el rey moro, evitando con ello el saqueo. La ciudad se vio libre de guerras durante quinientos años si no tenemos en cuenta la guerra de los dos Pedros (1357), que no llegó a la ciudad; tampoco las Germanías se excedieron, tan sólo alguna revuelta.

Durante la Guerra de Sucesión la ciudad se rindió dos veces la primera en 1705 a las fuerzas del General Basset, que fue recibido con júbilo por la población, y la segunda en 1707 con la entrada de los ejércitos de Felipe V, que fueron recibidos con temor, pero en ambos casos, salvo en supuestos aislados, no hubo saqueo general de la población.
En 1810 la ciudad se enfrentó al general francés Moncey, quien esperando una fácil victoria, mermado de fuerzas, prefirió retirarse, esperando mejor ocasión. Dos años después llegó a Valencia el mariscal Suchet que puso cerco a la ciudad y tras dos días de intenso bombardeo, consiguió la rendición del general Blake; la ciudad se salvó del saqueo una vez más. No sigo la historia por prudencia, pero creo que nos repetimos.

Aunque no todos los conflictos bélicos tienen las mismas consecuencias, debemos tener en cuenta que los enfrentamientos civiles no son de poblaciones distintas sino de hermanos mal avenidos. Podemos constatar que siempre que los valencianos se han visto asediados, con la excepción de Xátiva, han sabido adaptarse a las directrices del vencedor, sacando el mejor partido de las circunstancias. Somos, y lo digo en el buen sentido, un pueblo que sabe amoldarse a los hechos. En Valencia, entre el siglo XV y XVI, calculo que los mercaderes trajeron a Valencia más de 20 mil esclavos, negros de África, y muchos de ellos fueron libertos y absorbidos por la población blanca, dejando apenas rastro visible en nuestra tez, quizá en nuestro ADN. Igual sucedió con los celtíberos, romanos, visigodos, judíos, moros, franceses, italianos…, que vivieron entre nosotros, y son parte de nosotros: su sangre, sus ideas y sus costumbres perduran en nosotros sin que nos demos cuenta, porque hemos sido un pueblo moldeable y tolerante.
Pienso, sin más pretensiones, que nuestro antepasado prehistórico supo eludir el oso, incluso a veces vencerlo, pero pudo sobrevivir.