Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 16 diciembre 2012.

Vivir sin conciencia por Juan Alfreo Obarrio. Profesor Titular. Universitat de València.

Entre las obras que mejor definen la condición humana, seguramente Macbeth sea uno de los ejemplos más lúcidos y representativos. En ella, Shakespeare nos relata cómo Macbeth, para alcanzar la corona de Escocia, planea el asesinato del matrimonio real, huésped en su propio palacio. Macbeth, en connivencia con su mujer, asesina y obtiene el trono, pero la visión del cuerpo sin vida de Ducan despierta su conciencia, y con ella su vida alcanza las cotas más altas de la desesperación: su alma se convierte en “un potro de tortura insoportable”, lo que le lleva a proclamar su deseo por ver destruido el orden al que aspiraba reinar. Su conciencia, como su reino, es el triste preludio de su propia agonía.

Siglos más tarde, Nietzsche, para aplacar cualquier atisbo de conciencia, de un juicio moral que pueda rectificar el deseo de venganza o de un egoísmo lacerante, propugnó una solución aparentemente seductora: asociar a la conciencia todo aquello que pudiera oponer a los instintos naturales, los únicos capaces de otorgarnos la plena felicidad. En virtud de este criterio, sostuvo que el hombre no podía ser feliz porque estaba obligado a su conciencia, por lo que si ésta se suprimía, desparecía el hombre, para dar cabida al superhombre, el único capaz de aceptar la inversión de los valores, de levantar la máscara del deber moral, “esa artimaña del débil para dominar al fuerte”.

Desgraciadamente, gran parte de nuestra sociedad sigue anclada en las seductoras visiones del filósofo alemán, lo que nos ha conducido a modificar el centro de gravedad de toda una visión milenaria de la vida, de una herencia clásica que confería al hombre una voluntad y una responsabilidad, un conjunto de normas morales precisas que impedían la relativización del tiempo y el diluir de nuestras vidas. Es el mismo carpe diem que se refleja en la afirmación de Nietzsche: “Existe un dragón llamado tú debes, pero contra él arroja el superhombre las palabras yo quiero”, el que ha llevado a buena parte de los intelectuales a reverenciar y propagar ese modelo antropológico utópico de la armonía del placer, un modelo en el que nada de lo que los individuos hacen está bien o mal, “porque todos –como leemos en el guión de Hannah y sus hermans– se conducen según sus debilidades”. No en vano, Prout reconoce en sus personajes “el más grande de todos los vicios: la falta de voluntad que impide resistir a los malos hábitos”; hábitos, deseos o instintos que –en palabras de A. Hauxley- nos liberan de una patología congénita: el drama de la existencia humana.

Pero si somos capaces de rechazar nuestra proverbial pereza intelectual, de advertir que los deberes y las obligaciones han sido reemplazados por la seducción de lo efímero, quizá podamos comprender que “en realidad, vivir como hombres significa elegir un blanco –honor, gloria, riqueza, cultura-, y apuntar hacia él con toda la conducta, pues no ordenar la vida a un final es señal de gran necedad”. Esta sabía lección que leemos en La ética a Nicómaco sobre el sentido del obrar humano, nos ayuda a entender que la virtud no está en el éxito o en el gozo espontáneo, sino en el deseo de ser y en el ansía por saber, en la franqueza y en la abnegación de nuestros actos, en educar en la búsqueda racional de la verdad –no hay educación si no hay verdad que transmitir– o en asumir que nuestra existencia, como nuestra conciencia, se rige por una Palabra antigua e inmutable, que es capaz de conmover a quien la escucha, de enseñar a vivir al hombre contemporáneo, no como una isla alejada de su continente personal, sino como una fuerza iluminadora situada en el corazón mismo de su quehacer histórico.

Aunque seguramente esta cuestión requeriría de un estudio más amplio y paciente –lo que excedería del ámbito estrictamente periodístico–, no me resisto a terminar este artículo sin transcribir uno de los argumentos más elegantes que se han escritos sobre la dignidad de la persona. Lo hallamos en la obra Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, novela que le valió un Pulitzer y a Gregory Peck un óscar. En el diálogo que Atticus Finch sostiene con sus hijos sobre la defensa de un muchacho negro acusado de haber violado a una joven blanca, éste les imparte una inolvidable lección de integridad: “Tienen derecho a pensar así, y tienen derecho a que se les respeten sus opiniones, pero antes que vivir con los demás, tengo que vivir conmigo mismo, y la única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la propia conciencia”. Con estas palabras, Atticus enseñó a sus hijos, y nos enseñó a todos nosotros, a obedecer la única ley que de verdad rige el devenir de nuestras vidas: la voz de la conciencia.