Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 1 diciembre 2013.

La política o el arte de la corrupción por Juan Alfredo Obarrio Moreno. Profesor Titular. Universitat de València.

La idea de que hombres corruptos se presentan como respetables se ejemplifica en un cuento de titulado La lección del Ladrón. Un rey de la India, deseoso de aprender todos los secretos del robo, hizo llamar a un famoso ladrón y le pidió que le diese lecciones. Éste se mostró escandalizado. Unos minutos después, el rey se dio cuenta de que le faltaba un precioso anillo. El ladrón fue encarcelado y condenado a ser empalado.

Por la noche, el rey, confuso por las protestas de inocencia mostradas por el ladrón, bajo hasta su celda, donde oyó rezar con fervor al prisionero. Convencido de su inocencia, decidió soltarlo. Una vez liberado, fue llevado ante el soberano. En su presencia, hizo aparecer el anillo de oro, colocándolo en su mano. El rey, muy sorprendido, le preguntó las razones de su comportamiento. Me has pedido que te diese unas lecciones –le dijo el ladrón-. He aquí la primera: un ladrón siempre tiene que parecer un ciudadano honrado, respetuoso con las leyes y las creencias. Y la segunda: es absolutamente esencial que afirme su inocencia, incluso contra la más extrema evidencia. ¿Quieres que demos la tercera lección?” Como diría Kipling, los ladrones escriben la fábula, pero los ciudadanos ignoramos su moraleja: aquella que nos enseña que al otro lado de la puerta, un anónimo político deja caer una plegaria a un curioso dios llamado dinero, poder y El término política es una antigua palabra griega que nos remite a una habitación colectiva y compartida de individuos que actúan, acuerdan, pactan y hasta traicionan sin miramiento alguno. Una habitación común en la que, con sorprendente frecuencia, los partidos suelen envilecer los principios y los programas que juraron respetar y cumplir.

Atrás quedaron eslóganes que hicieron anidar en la ciudadanía el desdén y la orfandad: desde el ya lejano “OTAN, de entrada ¡NO!”, hasta el más reciente y sonrojante “Por el pleno empleo”, o aquellas irrisorias promesas –siempre incumplidas- de bajar los impuestos. Es la teatralidad de lo político, de una política donde los actores y sus máscaras siempre escenifican una misma e inquietante obra que no responde a ningún género, sino que se halla a caballo entre la tragedia, el drama y la comedia. Pero por desgracia, la corrupción en la política no es una lisonja, ni siquiera una manifestación de cinismo, es -en palabras de Hannah Arendt- la banalidad del mal, de un mal que si no lo juzgamos y lo condenamos, no sólo fomentaremos su impunidad, sino que nos convertiremos en cómplices de una indignidad aún peor: la del silencio.

A medida que transcurren los años, todo hombre está obligado a sobrellevar la creciente carga de su historia. Entre los pliegues de mi memoria, la corrupción política forma parte de la conciencia del dolor, del oprobio, del engaño y de una frustración de la que todos fuimos, somos y seremos víctimas. Frustraciones, promesas e ilusiones mil veces incumplidas por una casta política que ha ido generando una tensa atmósfera de crispación, exteriorizada a través de la queja, del litigio, del reclamo y del reproche, de un hastío justificado, porque en el rencor sólo puede prevalecer aquella esperanza que reivindica y que, a su vez, señala la falsedad de una política, y de unos políticos, empecinados en diseñar territorios de ciencia-ficción, tan alejados de la realidad, como ellos de la verdad.

Me reconozco un mero espectador de esta comedia bufa, más versado en litigios de lecturas que en las zarabandas políticas; pero como tal, no quisiera dejar pasar la oportunidad de denunciar el cansancio que nos provoca el tortuoso laberinto judicial que nos propician ese mosaico de políticos, partidos y sindicatos dispuestos a presumir de un enriquecimiento conseguido de la manera más inicua, y cabe hacerlo antes de que lo desdibuje el olvido. Sé, como lo sabemos todos, que no es justo generalizar, que existe un buen número de políticos –quizá la mayoría- que no han venido a servirse de la política, sino a servir a una sociedad o a un proyecto; pero eso no es excusa para denunciar el encubrimiento, la opacidad o hasta la comprensión de las cúpulas organizativas de los partidos y sindicatos cuando la corrupción resplandece en las rotativas de los periódicos –de no hacerlo, nada ocurriría-, cuando no de la represión y la purga interna. Así ocurrió en el primer caso de corrupción que recuerdo. Corría el año 79 cuando un joven socialista, el concejal Alonso Puerta, se atrevió a denunciar la corrupción en las adjudicaciones del servicio de limpieza del Ayuntamiento de Madrid.

El muy “venerable” D. Tierno Galván no tuvo ocurrencia mejor que solicitar su expulsión del partido. Propuesta que fue acogida con satisfactoria obediencia. Era la época en que Alfonso Guerra declaraba que “Montesquieu ha muerto”, y con él el Estado de Derecho. Y a fe que tuvo razón. Luego vino Filesa, los Gal, los Naseiro de turno, los Gurtel, los ERE, los Bárcenas, las dietas de los sindicatos, hasta colmar una lista infinita que ni siquiera una calculadora nipona podría albergar, lo que me hace sospechar que el Coronel Kurzt tenía razón cuando afirmaba que el horror tiene rostro: sí, tiene rostro de corrupción.

Alexander Soljenitsin, buen conocedor de las miserias de la política y del ocaso de las ideologías, nos dejó una reflexión, que no por inquietante deja de ser menos cierta: “Por lo visto el hombre vacila y se debate toda la vida entre el bien y el mal, resbala, cae, trepa, se arrepiente, se ciega de nuevo, pero mientras no haya cruzado el umbral de la maldad tiene la posibilidad de echarse atrás, se encuentra aún en el campo de nuestra esperanza. Pero cuando la densidad o el grado de sus malas acciones, o el carácter absoluto de su poder le hacen saltar más allá del umbral, abandona la especie humana. Y tal vez para siempre” (Archipiélago Gulag). Nuestros políticos lo saben, pero algunos parecen disfrutar sumergiéndose por las cenagosas aguas de la corrupción.

Ese puede ser su íntimo placer, y esa nuestra desgracia.