Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 4 agosto 2013.

¡Buscad al culpable! por Carmelo Paradinas. Abogado.

La teoría general de la culpabilidad es, a mi juicio, la parte más compleja y delicada del estudio del delito e, incluso, de todo el Derecho Penal. Entran en ella consideraciones que exceden de lo puramente jurídico, remitiéndolo a un segundo plano. Al investigar la culpabilidad de una persona, escarbamos en su mente, en sus intenciones, manifiestas o encubiertas, en sus más recónditas motivaciones, algunas por todos desconocidas e insospechadas; en sus patologías más extrañas y acaso repugnantes; escarbamos en sus genes y en cómo esos genes interfieren en su conducta. En una palabra, escarbamos en lo más profundo de su ser, entendiendo por tal su cuerpo y su alma.

En las últimas décadas del siglo XIX, un penalista italiano, Cesare Lombrosso, lanzó la teoría del delincuente nato. Según él, determinados individuos vienen al mundo no sólo con la irrenunciable e inevitable condición de delincuentes, sino que han de arrastrar el triste “sambenito” de llevarlo impreso en sus características corporales. El delincuente nato se olvidó ya hace mucho, pero los avances científicos producidos en el siglo y medio que nos separa de Lombrosso nos han traído realidades científicas, inimaginables para el penalista italiano, pero que parecen darle algo de razón. Se ha averiguado en qué parte del cerebro residen los instintos criminales y mediante fármacos, se podría actuar sobre ellos. A otro nivel de cosas, ya se ha intentado con los adictos a las drogas. Incluso, dicen –escalofría sólo pensarlo– que una lobotomía permitiría extirpar la parte dañada.

Diariamente jueces, fiscales, jurados y personas responsables de juzgar las conductas de los demás, conocedores de las leyes que han de aplicar y, con detalle minucioso, de los hechos que a esas conductas han rodeado, dedican horas y desvelos a alcanzar el adecuado nivel de justicia y equidad en sus sentencias y dictámenes.

Pues bien, si echamos una ojeada a nuestro alrededor, tendremos la impresión de que esa supuesta importancia es una fantasía y que juristas e investigadores podían ahorrarse todos esos esfuerzos y dedicarse a otra cosa de mayor utilidad. Porque resulta que determinar la culpabilidad de las personas, en cualquier ámbito que se produzca, es algo tan sencillo que está al alcance de todos, incluidos aquellos que con dificultad son capaces de hacer una “o” con el proverbial canuto.

Se critica airadamente esta decisión judicial porque se quedó muy corta, la de más allá porque se pasó de larga, a los jueces en general porque se dejan llevar por influencias ajenas a la ley… Puede que en ocasiones tengan razón –lamentablemente, en no pocas, la tienen–, pero básicamente hay que reconocerles, y con ellos a todo el que tiene la misión de juzgar conductas ajenas, la extraordinaria dificultad que su función tiene y concederles el margan de confianza que no negamos a otro profesionales que intervienen en nuestras vidas. Porque eso es lo que son quienes juzgan, profesionales, no una especie de brujos o chamanes que alcanzan la justicia por influencias esotéricas.

Pero esa especie de justicieros espontáneos no se contentan con criticar, sin conocer con detalle los hechos, las decisiones que, conociéndolos en profundidad, los profesionales toman. Cuando un acontecimiento luctuoso merece su indignación, se dedican a buscar frenéticamente un culpable, esté donde esté. Con la velocidad de Internet, recorren –y se saltan– jurisdicciones, jerarquías, escalafones, hasta dar con ese culpable. Y si no lo encuentran, igual da: arremeten contra la cabeza visible. Y así, una desdichada mala práctica médica cometida en un rincón de nuestra geografía, acaba con la iracunda petición de dimisión del ministro del ramo e incluso del presidente del Gobierno.

La experiencia me ha demostrado, hace ya tiempo, que estas personas intolerantes con las responsabilidades de otros suelen ser las que más tolerancia necesitan. Estos justicieros espontáneos, como les he puesto de sobrenombre, llevan a la práctica aquel reproche que Jesús de Nazaret hizo a algunos contemporáneos suyos: “Veis la paja en el ojo ajeno y no veis la viga en el vuestro”.

Parece lógico que personas con tanta finura de criterio a la hora de buscar culpabilidades ajenas deberían ser de una exquisitez enorme a la hora de admitir, evaluar y corregir las propias. Pero no es así. La paja del ojo ajeno, sí la ven, pero la viga del propio, ni la notan. Y cuando llegan a admitirla, porque su tamaño ya no les permite negarla, se acogen a esas sufridas eximentes: “Es que yo soy así”, “es mi carácter”, “es que a mí ya no hay quien me cambie”…Eximentes que, evidentemente, no sólo no aceptarán para los demás, sino que, con toda razón, les servirán de nuevo motivo de indignación.

Pero hay algo más; algo muy importante. Estos juicios espontáneos y muchas veces virulentos sobre culpables, presuntos culpables, imaginados culpables o inventados culpables –que de todo hay–, no siempre son tan espontáneos y sinceros. Con mucha frecuencia, se trata de calculadas campañas de acoso y derribo contra rivales políticos o ideológicos, con la nada desinteresada intención de quitarles de donde están y ponerse ellos.

Y una vez logrado esto, ellos actuar con la cómoda tranquilidad de quien ignora, ya por sistema, la viga de su propio ojo.