Publicado en el diario Las Provincias. Domingo, 14 septiembre 2013

Claves para la regeneración de una sociedad civil libre (IV): Pensar y hablar en conciencia en una sociedad plural y democrática

Por Aniceto Masferrer. Profesor Titular de Historia del Derecho. Universitat de València.

Vencer el miedo para hablar en público exige siempre un cierto esfuerzo. Sin embargo, la experiencia del propio vencimiento y el hábito adquirido con el transcurso del tiempo pueden facilitar enormemente el control de esas tensiones, hasta el punto de que uno puede llegar a convivir con ellas sin demasiados problemas, ejerciendo sobre ellas un nítido control y pudiendo hablar, en consecuencia, con entera libertad.

Sin embargo, es innegable que la intensidad de esos miedos o temores pueden variar en función del tema sobre el que uno se dispone a hablar. No es lo mismo hablar sobre el acierto por parte de una directiva de fichar a un jugador de fútbol, que expresar el parecer sobre una cuestión académica en el aula universitaria, o dar la propia opinión sobre temas complejos y controvertidos en otros ámbitos sociales.

En esta línea, existen dos casos en los que probablemente la intensidad del miedo al que el ciudadano deberá sobreponerse será mayor, exigiéndole un vencimiento más grande, pero cuyo control le proporcionará, al mismo tiempo, una experiencia de libertad interior muy superior a la de quien es capaz de vencerse para hablar de temas banales. Me refiero al caso, por una parte, de quien sostiene un parecer no compartido por la mayoría o, como suele decirse, en contra de lo ‘políticamente correcto’, y, por otro, quien se atreve a desafiar el fundamento democrático como valor legitimador absoluto de lo bueno y verdadero.

Lo que se encuentra en juego en ambos casos no es baladí: la libertad de poder pensar y hablar en conciencia, sin faltar lógicamente al debido respeto a las personas. Hay quienes sostienen que ese respeto a las personas debiera impedir que uno dijera lo que, en conciencia, piensa. De este modo –piensan éstos–, sería preferible dejar de decir todo aquello que anduviera al margen de lo ‘políticamente correcto’. Si se pudiera, algunos incluso prohibirían que lo ‘políticamente incorrecto’ pudiera ser pensado, pero afortunadamente esto es muy poco viable jurídicamente. Veamos ahora el primero de ellos, dejando el segundo para otra ocasión.
Hace un tiempo, en una corriente conversación de sobremesa con algunos colegas, un profesor comentó que le había llamado la atención que el Gobierno hubiera aprovechado el “Día Internacional de la Mujer” para hacer una apologética de la reforma legal del aborto cuando se trata de una cuestión tan controvertida. Además –añadió–, existen otros campos en los que las mujeres padecen un trato desfavorable:
un porcentaje elevadísimo de las que están embarazadas pierden su puesto de trabajo, o no logran obtenerlo si lo están buscando. Lo que me dejó más sorprendido fue, sin embargo, el testimonio de una profesora, quien confesó lo siguiente:

“Aunque yo no soy nadie para juzgar ni decir a los demás lo que deben hacer, yo tan sólo diré que no hay cosa que me haya hecho más feliz en mi vida que la hija que he adoptado; y estoy convencida de que su madre biológica sería felicísima si supiera lo feliz que es su hija biológica. Y esto no hubiera sido posible si su madre hubiera abortado. Por mi parte, yo nunca he abortado ni pienso hacerlo porque hay algo que me dice, aunque no sepa cómo expresarlo, que aquello no está bien, y creo que si lo hiciera me sentiría muy mal”.

He de reconocer que su opinión me sorprendió por su forma de darla, respetuosamente y sin apasionamiento alguno, y por su sinceridad, pues dijo sencillamente lo que ella, realmente y en conciencia, pensaba y sentía. Su sencilla forma de expresarla y su sinceridad contrastan con la retórica, el apasionamiento y la marcada carga ideológica con la que estos temas aparecen en los medios.

En realidad, siempre he pensado que el tratamiento que se hace de cuestiones como la del aborto desde los medios de comunicación y desde la arenga política está ciertamente alejado de la realidad social, porque el ciudadano medio no afronta ni reflexiona sobre estos temas con la carga ideológica con que se suelen abordar en esos ámbitos. Si la clase política y los medios de comunicación, libres de las servidumbres de los intereses que les maniatan, procuraran reflejar el verdadero estado de la opinión pública de algunas cuestiones complejas como es el caso del aborto, asistiríamos a un sano y enriquecedor debate, bien alejado del estilo zafio, falaz, irrespetuoso y sectario al que nos tienen acostumbrados.

Y esto es lo que luego dificulta que uno, venciendo el miedo a ser incomprendido o rechazado, se atreva a hablar en público de estos temas. Ciertamente, abordar estos temas en público resulta más complejo, pero quien procura hacerlo, sin dejarse amedrentar por el –‘supuesto’– generalizado estado de opinión, experimenta una gran libertad interior y forja una personalidad madura, muy poco dependiente del ambiente que le rodea.

Permítaseme volver ahora al ejemplo del testimonio de esa profesora de Universidad. Desconozco por completo la formación religiosa o ideológica de esta persona, ni –a diferencia de algunos– me interesa tampoco. Su testimonio me alegró sencillamente porque dijo lo que, en conciencia, pensaba, y esto no resulta frecuente. Soy del parecer que es preferible equivocarse pensando, actuando y hablando en conciencia, que no acertar bajo el yugo de un pensamiento que no responde a los dictados de la propia conciencia, sino a los de una presión social orquestada por unos cuantos que pretenden sustraer la conciencia de cada uno, introduciendo la suya, la cual, gozando del placet de lo políticamente correcto, resulta de obligado acatamiento, no admitiéndose enmienda ni discrepancia alguna. Es la tiranía del nuevo concepto de ‘tolerancia’, que dificulta la libertad de pensamiento y de conciencia, y que exige, a quienes quieran ejercerla, una actitud de entereza y gallardía que roza la heroicidad. No son estos tiempos para las medianías.

Desgraciadamente llevaba razón Henry Taylor cuando decía que la conciencia es, para una gran mayoría, una mera anticipación del parecer ajeno (The Statesman, 1836), y no lo que ellos piensan realmente sobre las cosas. De ahí el interés de algunos por conducir la opinión pública por algunos derroteros y no por otros. Y el que quiera actuar y hablar en conciencia, que dedique tiempo a pensar primero (lo cual no es fácil), y que aprenda luego a nadar a contracorriente, estando dispuesto a ser tildado de irrespetuoso, intolerante, recalcitrante y reaccionario. O se es heroico, pensando y hablando en conciencia, o se acaba refugiando uno en lo que otros han pensado, ya sea en conciencia o sin ella. He ahí un ineludible dilema vital que todos podemos –y debemos– afrontar. Y eso ocurre cada vez que uno logra un vencimiento que le permite hablar y dialogar con quienes no piensan como uno piensa.

Si uno –por comodidad, superficialidad o cobardía– renuncia a pensar y hablar en conciencia, deja de ser uno mismo y de llevar las riendas de la propia existencia, empezando a ser otro, como otro es el que piensa y el que habla. Y no hay cosa más incómoda que ‘tener’ que decir lo que otro ha pensado, y no lo que uno realmente piensa. En definitiva, cuando uno no piensa y habla por sí mismo, lo que hace es dejar contagiarse por el pensamiento generalizado, que suele mostrarse tan escaso de rigor como cargado de ideología.

Muchas veces pienso que si la sociedad, en su conjunto –y no sólo su clase política–, procurara actuar y hablar más en conciencia, se produciría una auténtica revolución social, de consecuencias difícilmente previsibles. A mi juicio, el problema de nuestra sociedad no consiste tanto en la excesiva pluralidad de pareceres, o en la existencia de ideas o ideologías diversas (cuando no antagónicas), sino en una falta de reflexión crítica sobre las ideas que impide, de entrada, el que sean propias; y si no son propias, son ajenas; y si una sociedad está compuesta por una mayoría cuyas ideas no son propias sino ajenas, estamos ante una sociedad cuyos individuos carecen de una auténtica personalidad o identidad personal; así las cosas, resulta fácil que, quienes dispongan de los necesarios resortes del poder (medios de comunicación, clase política, lobbies diversos y de signo distinto, etc.), aprovechen este contexto para manipular a una masa social informe cuya capacidad de análisis y reflexión ha quedado atrofiada o brilla por su ausencia. Esta realidad –esbozada aquí someramente, pero brillantemente descrita por Ortega y Gasset en La Rebelión de las masas (1930)–, ha adquirido una actualidad que resulta innegable para quien observe y reflexione mínimamente.

Sobran ideas e ideologías ancladas en intereses espurios o meramente personales que no gozan de otra legitimidad que la de coincidir con lo políticamente correcto, o aquellas otras que, adquiridas por mero contagio, rezuman superficialidad y tienen más de ajeno que de propio, careciendo de autenticidad alguna.
Veamos un ejemplo de ello. Asistiendo a un curso dirigido a profesores de universidad, me dejó un tanto perplejo un comentario del insigne académico que lo estaba impartiendo. Hablando sobre competencias en el quehacer docente, nos encarecía a estar preparados para cualquier evento que pudiera acontecer en las aulas: “Imagínense que están impartiendo clase en la Facultad de Pedagogía y un estudiante interviene en clase mostrando su disconformidad con que sus hijos tengan que compartir aula con inmigrantes y gente de color. No sé qué harían ustedes –comentó–, pero yo le expulsaría de clase y no le permitiría entrar de nuevo hasta que no cambiara de parecer, pues una opinión de este tipo va contra la ética, la democracia y la ciudadanía”.

Ciertamente, no comparto yo el parecer de este hipotético estudiante, pero tampoco me siento identificado con el de mi colega. No me parece que sea éste el modo de proceder ni de afrontar la disparidad de opiniones en un mundo plural como en el que vivimos, y menos que esto se haga al amparo de un supuesto código ético, democrático y de ciudadanía, cuyo fundamento no sea otro que el de la supuesta opinión de una mayoría. ¿Qué ocurrirá el día en que la mayoría sostenga que los más desfavorecidos son un estorbo? ¿O que no es prudente tener más de un concreto número de hijos? ¿O que no es ético expresar la disconformidad con respecto a una corriente presentada como moderna por los medios y la clase política?

A este hipotético estudiante yo le hubiera agradecido la pregunta, al tiempo que le hubiera felicitado por tener la gallardía de pensar y expresarse públicamente –en un tono respetuoso– en contra de lo políticamente correcto. A partir de aquí, hubiera procurado suscitar la reflexión, el análisis y la discusión entre los demás estudiantes, proporcionándoles finalmente las razones por las que no comparto el parecer de quien había planteado la cuestión.