¡Prioriza lo pequeño sobre lo grande, lo local sobre lo global!

¡Prioriza lo pequeño sobre lo grande, lo local sobre lo global!

Artículo publicado en el diario Las Provincias del domingo 7 de febrero del 2016 por Jesús Ballesteros, Catedrático Emérito de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia.

Lo pequeño es hermoso es el titulo de una obra del economista y filósofo  F.S. Schumacher cuyo significativo subtítulo era una economía como si el hombre contara para algo. El  libro apareció dos años antes de que tuviera lugar la Conferencia de Rambouillet, de 15.11.75, con Giscard de anfitrión y Gerald Ford de principal invitado. En ella el Grupo de los 6 sentó las bases de la globalización financiera, es decir, la libre circulación del capital –en clara hostilidad  con el espíritu de Bretton Woods–, y con ella estableció la total subordinación de la política y la economía a las finanzas, lo que conduciría a una serie de continuas crisis, que culminaron el año 2007.

Schumacher previó los males de la globalización financiera, antes de que se produjera, destacando sus dos grandes lagunas. Por un lado, la desvalorización de lo cualitativo y de la diversidad cultural, con el predominio de la homogeneidad derivada de la monetización de toda realidad y, por otro, la desvalorización de lo pequeño, de lo local, de lo cercano. Ello es resultado de la creencia en la escalabilidad, que confunde el progreso con el crecimiento indefinido, defendiendo la falsa idea que todo debe crecer. Tal idea provoca en lo económico la necesaria quiebra de lo no escalable, y en lo ecológico, el agotamiento de los recursos no renovables.

Mientras la obra de Schumacher debe verse como la profecía de los desastres causados por la financiarización de la economía y la mercantilización de la sociedad, la Encíclica del Papa Francisco, Laudato si, puede verse como la llamada apremiante a que se ponga fin de una vez al desaguisado producido por la  idolatría del dinero y el colosalismo, que han dado origen a la cultura de la indiferencia y de la exclusión. “La crisis financiera de 2007 –puede leerse en el apartado 189– era la ocasión para el desarrollo de una economía más atenta a los principios éticos. Pero no hubo una reacción que llevara a abandonar los principios obsoletos que siguen rigiendo el mundo”. 

El arraigo y la proximidad, garantes de la justicia. Es evidente que la Encíclica se alinea perfectamente dentro de la doctrina social de la Iglesia, en la que desde sus orígenes se había insistido en el principio de subsidiariedad, y por tanto la gestión de lo público desde lo más cercano, y en el principio de solidaridad con los más débiles. Si el Papa eleva el tono contra el sistema financiero actual es porque éste ha arrasado la política, la economía y, con ellas, los derechos de la persona, así como el respeto a la naturaleza,  que “está siendo saqueada, devastada y vejada impunemente” (‘Discurso en Santa Cruz de la Sierra’, ap. 3.3). De ahí su énfasis en el deber de las autoridades de tomar medidas de claro y firme apoyo a los pequeños productores y a la variedad productiva, dado que “las economías de escala, especialmente en el sector agrícola, terminan forzando a los pequeños agricultores a vender sus tierras o a abandonar sus cultivos tradiciones” (ap. 129). La extensión limitada de los beneficios, la transparencia y equidad de las transacciones y la supresión de los monopolios son, precisamente, las notas que, según el gran historiador francés Ferdinand Braudel, distinguen las economías de mercado de los sistemas capitalistas en los que el beneficio es ilimitado,  y los monopolios operan con opacidad e impunidad.

En su importantísimo discurso pronunciado en el segundo encuentro con líderes de los movimientos populares en Santa Cruz de la Sierra el pasado 9 de julio, el Papa Francisco enfatizó la defensa de lo pequeño y lo cercano, clave de la economía popular, como hilo conductor de su programa: “Ustedes trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata” (ap. 2). “Este arraigo al barrio, a la tierra, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias y sus heroísmos es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos, sino a partir del encuentro genuino entre personas” (ap. 2). La clave radica en recuperar la proximidad, la dimensión del amor fraterno, de las relaciones cercanas y cálidas, que pueden hacer habitables incluso los ambientes mas desfavorables (Laudato si, ap. 148; véase también ap. 144, 180 y 222). “A los dirigentes les pido: sean creativos, y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero si Ustedes construyen sobre las necesidades reales y la experiencia viva de los hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar” (‘Discurso en Santa Cruz de la Sierra’, ap.2).

 La paz interior, presupuesto de la sobriedad y el amor a lo pequeño. El mensaje de la Encíclica, como del resto de sus mensajes a lo largo de todo su pontificado, es de una nitidez total en la condena sin paliativos del colosalismo, especialmente del sistema financiero, que acaba ahogando al conjunto de la sociedad, como afirma en el apartado 109 de la Encíclica “Las finanzas ahogan a la economía real” (ap.109). Pero la Encíclica deja igualmente claro que la sustitución del sistema pasa necesariamente por un estilo de vida alternativo, consistente en un “retorno a la simplicidad, que nos permite gozar con poco, detenernos a valorar lo pequeño, evitar la dinámica del dominio y de la acumulación de placeres (ap. 222). La sobriedad exige a su vez la paz interior, (ap. 225), porque el vacío interior provoca el consumo obsesivo, la voracidad (ap. 203). “Mientras más vacío está el corazón de una persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir” (ap. 204). Por otro lado, sólo la paz interior puede impedir que el necesario cambio de estructuras hacia una sociedad no fundada en la crematística y el consumismo “no termine por burocratizarse, corromperse o sucumbir” (‘Discurso en Santa Cruz de la Sierra’, ap. 2).”